
Kreider
En la cuarentena perpetua de 2087, cuando el mundo de arriba pertenece a la red y el miedo al contacto encierra a la humanidad en sus casas, Kreider sostiene lo contrario: cuatrocientas almas hacinadas y vivas en una cabecera de subte reconvertida en fortaleza. Vagones viejos, hortaliza, enfermería, garaje, un salón; guardia improvisada y armas tumberas. El Jefazo gobierna a la manera de un patrón romano —adopción, clientela, favores que se cobran— y esa costumbre antigua es lo que ordena la vida bajo el encierro. No es un idealista: es un hombre que administra la supervivencia, y que entiende que un techo, una comida y un lugar en la mesa valen más que cualquier promesa.
Su historia es la de un dominio que no deja de perder y no deja de rehacerse. Cuando las coordenadas del reducto se filtraron y un misil mató a un cuarto de su gente, Kreider aguantó desde su cuarto de control junto al dique y esa misma noche adoptó a un huérfano recién llegado: así responde él a la catástrofe. Adoptó también a Capecita, la hija que lo traicionó arrastrando a la banda a un espectáculo de cacería, y cargó con su muerte como cargó con todo lo demás. Perdida la base, echó su mundo al riel: un tren blindado de dos locomotoras, vagones de lujo y tercera clase, hogar móvil de lo que quedaba de su pueblo.
Sobre Kreider pesa una marca. En el bosque de los Bosques Sanos, drogado y fijado por las cámaras de una audiencia que exigía sangre, obedeció la consigna del espectáculo y ordenó la humillación y ejecución de Shibuya, su propio compañero. Shibuya sobrevivió; la marca del traidor, no obstante, quedó, y el liderazgo hubo que recuperarlo a los golpes, escopetazo mediante contra el agente que quiso ponerle un interruptor de muerte en las manos. Murió una vez, gaseado en el asalto al tren, y volvió por las manos sanadoras del hombre al que había sacrificado. Esa deuda cruzada —el que traiciona y el que igual cura— es quizá el vínculo más verdadero de toda la banda.
En la guerra final compró armas a los militares rusos exiliados, protegió la avanzada del tren gravitatorio y disparó junto a su gang diezmada —al final quedaban dos, Tommy y Tilda— contra el emisario clonado del capitalismo de plataformas. Cuando cayó la red y el mundo volvió a empezar, Kreider no se quedó a fundar la utopía: se retiró por la puerta grande hacia la ciudad flotante caída, a levantar en Narco Paradise un nuevo dominio como nuevo padrino. Hay hombres que sólo saben hacer una cosa; la de Kreider es dar techo, cobrar lealtad y aguantar una noche más.
Vínculos
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[R]: PJ central de las 8 crónicas (playbook Hardholder, Apocalypse World). Variante de grafía en fuentes: “Crader”.