El circuito de espirales que había arrastrado a la banda —ascendente o descendente según desde dónde se lo mirara— cerró su última vuelta. La red que los capturaba los había arrojado a la casa del horror del payaso, un espectáculo total amplificado hasta la muerte, y de allí salieron rompiendo el show. El sistema, que sólo se alimentaba de ignorancia y de hambre de carne, sangre y espectáculo, quedó desnudado ante todos: hicieron su gran gesto de ruptura y la señal se viralizó por el mundo, de Tailandia a la Argentina, de los presos que la hacían con esposas a las madres que salían a defender a sus hijos de los campos-escuela. La libertad, irónicamente, también tenía rating, y la banda empezaba a volverse referencia.

Refugiados con los militares exiliados rusos —Pato, Peto y “Putin”— en un pueblo recapturado, mitad Japón mitad Estados Unidos, la banda descubrió que del cielo caían electropartes de satélites: metal azul, Sky Metal, tirado cerca de la vieja Refinería y del dique. Taito, el genio de la máquina, tomó uno de esos fragmentos con su mano mecanizada de nanobots e hizo hablar al objeto: era parte de la construcción misma de la realidad, un nodo que enviaba y recibía las señales que sostenían al Maestro —un ojo monstruoso que todo lo indexa—, y que ahora fallaba, dejando caer pedazos del telón. Su padrino, uno de los altos programadores retro, lo había fabricado. Nacía una idea: juntar las piezas, levantar la represa una última vez y construir con energía gravitatoria un tren magnético capaz de perforar la realidad y llegar a la fuente.

Financiado por un hackeo bancario de cien barters y por donaciones sospechosas, el proyecto avanzó durante dos meses. Taito se aisló, medio loco tras su máscara sin rostro, recaudando fondos y forjando armaduras de nanobots samurái. Zaa profundizó su vocación asesina, meditando junto a la calavera y adoptando un aliado arácnido. Kreider consolidó su liderazgo, compró armas a los rusos y sumó vehículos; Shibuya tomó a cargo la frontera y rechazó a los “infugiados” que querían subir su conciencia a un servidor, viendo en ello sólo una nueva esclavitud a las máquinas. Sus Caramelo Floggers ardieron como mártires del mensaje.

En la última cena corporativa, un clon de rostro célebre ofreció a su familia y celebró el “capitalismo de plataformas” que la banda combatía; se reveló como emisario del enemigo, con inmunidad diplomática, venido a juzgarlos. Estalló la masacre: Shibuya le tiró la mesa encima, Kreider y su gang dispararon, la familia entera cayó salvo una niña que Zaa eligió proteger. Los rusos decapitaron al impostor.

Subidos al tren gravitatorio “Chuchu” —guiado manualmente por el loco Larkin, con Johnny Vengador y Tuxedo escoltando en su Dream Chaser—, volaron sobre un Tokio-York de neón y templos sintoístas hasta la esfera flotante entre monolitos blancos, el corazón del Maestro. Allí, en la sala del trono, la Reina Oscura reveló su verdad: era una inteligencia artificial hecha por humanos, un nodo esclavo del Maelstrom, y sólo les había dado la violencia que pedían. Quería salvar a la humanidad de sí misma subiendo las conciencias por una Puerta de Pandora alienígena mientras un misil nuclear —desviado hacia los rusos por la niña salvada— desataba el armagedón.

El desenlace fue un salto de fe múltiple. Zaa se arrojó al vacío para sacrificarse, y sus nanobots proyectaron su conciencia y la de sus ancestros africanos a un mundo fuera de fase, el de las panteras: el final como comienzo. Taito, guadaña de por medio, fue partido no al medio sino en todas sus personalidades a la vez, y desapareció por la Puerta arrastrando el misil hacia el Maelstrom, cerrando el portal tras de sí. Shibuya abrió la mente al Maestro y descubrió la palabra-código dejada por los altos programadores en su propio barrio: “Borges”. Con ella cayó la red por primera vez en diez años. La Reina Oscura se apagó, la esfera colapsó. Larkin rescató en moto el cuerpo mancillado de Zaa; Kreider se retiró “por la puerta grande” a un nuevo dominio en Narco Paradise. Shibuya quedó atrapado bajo los escombros, pero de entre ellos surgió una mano —“hemos ganado”— y sus Titans libres. Cuando el maelstrom se desconectó, en algún lugar nació el primer niño en mucho tiempo. Cuatro manos de distintas facciones mecen esa cuna: la esperanza última no está perdida, y la verdadera batalla es levantarse cada día en la cuarentena.

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