Una semana próspera, dentro de lo que la miseria de la Zona permite, siguió a la reunión de expansión convocada por el patrón Kreider en su búnker subterráneo. La economía del complejo se mantuvo, y con ella la costumbre romana de adopción y patronazgo que ordena la vida bajo el encierro: en aquella reunión, Kreider incorporó a la mesa chica al genio Taito y confirmó ante todos que se venía una incursión al exterior. Willy Vision, hacker cada vez más ausente, intentó comprar el favor de Taito, no lo logró, y se retiró amargado; poco después él y las programodes se enclaustraron en los pisos inferiores, comprando toda la faralá disponible y arrastrando a su propio líder hacia un éxtasis de droga y programación del que no volvería entero.

En los días previos, la crónica de la calle ya había consagrado a Shibuya como referente. Su enfrentamiento con una operadora enmascarada de las OPT —vencida pese a vaciarle encima un cargador entero sin tocarlo— circuló por Eterngram deformado en poema de muerte, con frases robadas a un viejo poeta japonés sobre la flor que se marchita en su dignidad. La gente empezó a difundir su nombre con admiración y con miedo, mezclando su imagen con masacres viejas recicladas por unos medios sin gobierno que las regule.

Shibuya volvió al búnker con Cappecita, la hija adoptiva de Kreider, tras el tumulto del callejón, y la puso bajo vigilancia. Caminando como político en campaña, predicó a la comunidad una esperanza nueva —“dar con los ojos cerrados y recibir con los ojos abiertos”—, una vía distinta a la única Lolita Option que el mundo ofrece a las jóvenes. Cappecita, iniciada en esta visión, repetía sus frases; nadie sabía aún si por convicción o por terror.

Zaa, la arregladora, se recuperó de sus heridas gracias a García y volvió a estar operativa. Salió en avanzada con el Gusano de su equipo, cada uno en su moto, y coronó una colina sobre el conglomerado de los Bosques Sanos: la villa Albalonga junto a la Fons Egeria, sede del proyecto OPER del CEO Zíides, un complejo recontravigilado —unas cuarenta guardias en motos, ametralladoras, lanzagranadas y espadas— donde bajo carpas de falsa cuarentena se estabiliza, reeduca y prepara a niñas raptadas para el mercado. Taito, entretanto, armó pulsos electromagnéticos, granadas y cuarenta viejas máscaras de gas, y Zaa consiguió pólvora para trueque.

Al conectarse juntos al maestro —la red de todo lo que la cuarentena enferma—, Shibuya y Taito descubrieron que no era una trampa, sino que el enemigo también los cazaba: querían las caras y los nombres de las jóvenes huérfanas alrededor de Cappecita para insertarlas en la Lolita Option. En las profundidades de las programodes, Taito halló la cabeza aún viva de Willy Vision, colgada de cables al modo de una reliquia; el hacker mutilado profetizó “uno de ustedes va a morir hoy” antes de dormirse, y una de las chicas le entregó a Taito un CD con el secreto de mantener viva una cabeza.

La incursión partió en dos buses blindados y un auto rumbo a los setenta y cinco kilómetros de la villa. A mitad de camino, un misil caído de un cielo despejado volcó uno de los buses: heridos, astillas, muertos. Taito hackeó la frecuencia y falsificó “objetivo destruido” para ganar tiempo, y descubrió que sus propios celulares los delataban; ordenaron destruir todos los aparatos. Zaa, ensangrentada, quiso enviar de vuelta a sus heridos y casi desató un motín cuando un hombre de Kreider le encañonó a una de sus mujeres; Taito lo derribó con su arma aturdidora y coordinó la extracción de los heridos con el gusano. Los sobrevivientes siguieron hacia un lago de camping de ricos y famosos, cerca del complejo, y hallaron una cabaña abandonada con un perro mecánico y palos de golf. Allí vieron a dos de las japonesitas perdidas —Edo y Mertiolat— jugando al tenis con muchachos rubios. Y allí, al abrir la memoria de Cappecita, comprendieron la trampa: la cabaña era su propio reality, cámaras encendidas, y ella —siempre aspirante a lo más alto— los había arrastrado adentro. El lugar empezó a incendiarse como una arena de juegos del hambre, la teleaudiencia subiendo, y el grupo escapó corriendo, hambriento y desesperado, convertido en los nuevos gladiadores a las puertas de Villa Albalonga.

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