
Shibuya
Antes de ser leyenda fue una persona, y esa persona ya había perdido un mundo entero. Shibuya es un artista trans japonés, náufrago del ciberespacio: en su pasado sepultado hay una Nueva York vaciada de la que fue único habitante, y un arte de la destrucción que lo ligó, sin quererlo, a lo mismo que después combatiría. De ese naufragio salió con lo único que no se puede confiscar: la palabra. Camina entre la gente del reducto repartiendo esperanza y los aforismos de su libro —“dar con los ojos cerrados y recibir con los ojos abiertos”—, y la gente lo quiere no porque haga milagros sino porque los mira, los toca y les habla como si el futuro todavía existiera.
Su carisma es real y por eso es peligroso. Sus hazañas circulan por las redes deformadas en poemas de muerte —la flor que se marchita en su dignidad—, y su nombre se difunde con admiración y con miedo. Adentro de Shibuya vive una multitud: la frívola Kimi, el intermediario Jequima, la matrona, Araki, y un verdugo enmascarado de kendo que emerge cuando hay que pelear. Quienes lo torturaron —las gemelas de la guardia— rebotaron sin fruto entre sus treinta rostros. Él no habla de eso como de una enfermedad ni como de un don; es, simplemente, la forma que tomó un hombre al que el mundo le rompió la identidad demasiadas veces.
Conoció la peor humillación que el espectáculo puede infligir —drogado, violado y ofrecido en cámara por orden de su propio jefe— y salió de ella proclamando que el show debía detenerse: no seguirían jugando de ratones en el laberinto de las máquinas. Adoptó a una recién nacida llegada como encomienda de las audiencias y la llamó Mi Ciela; recibió por ella una lluvia de balas con el cuerpo. Cuando llamó a la fe, la fe respondió: los Caramelo Flogger se volvieron el pueblo del Ángel Rojo, culto en memoria del sanador caído, y Shibuya heredó sus manos sanadoras. Con ellas revivió a la niña Masha y trajo de vuelta al mismo Kreider que lo había sacrificado. Absorber el daño ajeno se volvió su oficio: interceptaba con el cuerpo los golpes que caían sobre sus compañeros.
Al final, con sus fieles ardiendo como mártires del mensaje, Shibuya abrió la mente a la red total y encontró lo que los altos programadores habían dejado encriptado en su propio barrio, el jardín de los senderos: la palabra “Borges”. La pronunció, e Internet cayó por primera vez en diez años. Quedó atrapado bajo los escombros de la esfera, y de entre ellos surgió una mano —“hemos ganado”— y sus Titans libres. Si algo enseñó a su pueblo, lo dijo él mismo: les enseñó a dudar hasta de sí mismos.
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[R]: PJ central de las 8 crónicas (playbook Referente/Operator, Apocalypse World). Variante de grafía en fuentes: “Shibusha”.