Llegó a la última cena con su familia entera, la sonrisa fabricada y el rostro prestado de un viejo ídolo del cine: el emisario clonado, embajador del enemigo con inmunidad diplomática del “capitalismo de plataformas”, venido en persona a juzgar a la banda que se había atrevido a romper el espectáculo. Brindó por el sistema que sus anfitriones combatían, celebró la mercancía en que el mundo se había convertido, y se reveló por lo que era: una copia con credenciales, la cara amable de la máquina.

La cena terminó en masacre. Shibuya le dio vuelta la mesa encima; Kreider y su gente abrieron fuego; la familia entera cayó, salvo una niña que Zaa eligió proteger — decisión que tendría su propio precio, cuando la pequeña triangulara más tarde un misil nuclear hacia los aliados. Al impostor lo terminaron los rusos, a la vieja usanza: decapitado.

Quedó como emblema de lo que la banda enfrentaba: un enemigo que ya no manda ejércitos sino copias de celebridades muertas, con papeles en regla y la violencia tercerizada.

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