La Zona es la región de origen de la banda: el pedazo de mundo donde la cuarentena de 2087 se volvió perpetua. Arriba manda el Maestro y su red; la mayoría de la población vive encerrada en sus casas, presa de un pavor absoluto al contacto, refugiada en la realidad virtual mientras afuera las calles se pudren. Algunos la llaman también el Maelstrom, porque acá la vorágine psíquico-digital que envuelve al planeta se siente más espesa que en ningún lado: la Zona es el remolino hecho territorio.

Los pocos que rompieron el encierro sobreviven en reductos como el de Kreider, madrigueras agujereadas por túneles que alguna vez tocaron Londres, París y una estación rusa clandestina. Es un paisaje de vagones muertos, galpones tragados por la vegetación como el vivero de subte, y arriba la Refinería y el dique que todavía laten. Hay algo de Chernóbil en todo: la sensación de que el desastre ya pasó y sin embargo sigue pasando.

De la Zona salió la banda hacia los bosques sanos, las ciudades flotantes y el corazón mismo de la red, y a la Zona volvió siempre. Punto de partida y punto de retorno, la región encerrada es la medida de todo lo demás: cada lujo de los matuselaides, cada show televisado, se paga con la miseria de los que quedaron adentro. Cuando al final cayó Internet y nació el primer niño en mucho tiempo, fue también acá, en la Zona, donde hubo que aprender de nuevo la verdadera batalla: levantarse cada día en la cuarentena.

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