El último tren de la crónica no corrió sobre rieles. El «Chuchu» nació de una idea de Taito cuando empezaron a caer del cielo electropartes de satélite —el Sky Metal, metal azul prístino que resultó ser materia de la construcción misma de la realidad— cerca de la vieja Refinería y el dique. El plan: juntar las piezas, levantar la represa una última vez, y con esa energía gravitatoria armar un tren magnético antigravitatorio capaz de perforar el telón del mundo y llegar a la fuente.

Dos meses llevó construirlo, financiado por un hackeo bancario de cien barters y donaciones de origen dudoso. El resultado fue menos un vehículo que una nave-ariete: una máquina hecha del mismo material con que el Maestro teje su red, apuntada contra el corazón de esa red.

En la incursión final, con el loco Larkin guiándolo a mano y los aviadores Johnny Vengador y Tuxedo de escolta, el Chuchu voló sobre un Tokio-York de neón y templos hasta la esfera flotante entre monolitos blancos, perforando la realidad hasta la sala del trono de la Reina Oscura. Fue el vehículo del desenlace: por él la banda llegó adonde ninguna carne conectada había llegado, y de ese viaje el mundo salió desenchufado.

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