El Ángel Rojo ya estaba muerto cuando empezó esta crónica: un ángel sanador caído en aventuras pasadas, sacrificado, cuyo nombre-ritual quedó flotando en la memoria de los sobrevivientes como una plegaria. Cuando Shibuya llamó a la fe desde el tren, ese nombre fue la respuesta: nació el culto del Ángel Rojo, los Caramelo Flogger se reconvirtieron en su “pueblo”, una artista lo esculpió en tres dimensiones y un vagón rojo entero del tren blindado fue consagrado a su memoria.

Su legado más concreto son las manos sanadoras, que pervivieron en Shibuya: con ellas el referente trajo de vuelta a Kreider de una herida mortal y revivió a la niña Masha. El muerto seguía curando a través de los vivos.

Hubo, sin embargo, un epílogo cruel. En la casa del horror, entre los prisioneros de la secta de caucho, la banda halló una reproducción clonada del Ángel Rojo, cautiva como una pieza más del espectáculo. La copia murió acribillada. El original, en cambio, siguió intacto donde nadie puede tocarlo: en el nombre que sus fieles rezan.

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