Tras la traición y el misil que reventó su antiguo refugio, la banda de Kreider huyó al norte por el viejo cinturón conurbano, unos setenta kilómetros lejos de su base, hasta el linde de un bosque cercano al Lago y a los cruces de caminos de la Villa Albana. Allí, entre árboles densos, habían escondido su autobús blindado —reforzado con chapas que la gente donó, “la esperanza” grabada en el metal— y un coche camuflado. Creyeron llegar a casa segura. No lo era.

El complejo que rodearon de costado era el conglomerado de los Bosques Sanos: un enclave de matuselaides longevos, adinerados y regenerados, con cuarentena más laxa, baños milenarios, canteras y un campo de golf donde se paga sobreprecio por todo. Bajo esa fachada de parque temático romano-japonés late un negocio más oscuro: la juventud como bien preciado y como token, granjas de trata cercanas —“win a Lolita”, decían los panfletos—, y un juego de cacería humana televisado en circuito cerrado para clientes que pagan. Sobre la banda llovieron zumbidos de drones invisibles al radar y una lluvia de panfletos —“wake up, sleep and survive” / “lose your fire”— en lugar de misiles: no querían matarlos aún, los estaban esperando para el espectáculo.

Los cazadores tomaron posición detrás del autobús: seis o siete tipos enfundados en metal, cotas de malla y máscaras de gas, con un caddy artillado a modo de tanque lento, palos de golf, shurikens, sables y fusiles de contrabando —armas de ensamblaje propio, robadas al arsenal de la banda. Entre ellos, un muchacho neonazi advenedizo —el más vulnerable de todos—, y figuras de estrella del reality: American Ass, la francesa tuerta de dos espadas, el mexicano de las estrellas, el indio pendenciero, la hindú fatalista. Taito, el operador tecnológico de la banda, con su dron sigiloso y sus anteojos de realidad aumentada, leyó la trampa: era una cacería monetizada, un Battle Royale. Comprendieron que su supervivencia dependía de la teleaudiencia y de los likes.

Se desató la carnicería. El patrón Kreider cargó en su caddy contra el neonazi y lo derribó de un escopetazo; su propio camión terminó de aplastarlo. Shibuya, el referente, se lanzó solo como un samurái blanco, cortando enemigos en espiral. Fue un avance frontal contra posiciones parapetadas: golpe por golpe, murieron ocho de los suyos por cada dos caídos del otro lado. Zaa, la arregladora, se arrastró bajo fuego, se clavó una jeringa de adrenalina y hundió un cuchillo tumbero en el corazón de una tiradora, aunque cayó malherida —clavícula rota, sangre en el pecho. Taito, mientras tanto, sometió a punta de cañón de pulso a una joven cazadora con una tablet que dirigía las cámaras: soltó el aparato y huyó, y él tomó su carrito y se volvió invisible a los drones.

Con el frente asegurado y ofreciendo clemencia, la banda absorbió a los cazadores rendidos —yakuzas y ex-neonazis ahora idiotizados— y se replegó al interior del bosque, entre pinos milenarios, hasta un claro drúidico. Llamaron a Ángel García, la médica enamorada de Zaa, que llegó en moto tras el rastro de Gusano. Un intento fallido de aislar la señal delató su posición: los seguidores retro de Shibuya, los Flugers, transmitieron sin querer su ubicación al Maestro. Volvieron a estar en cámara. Un disparo en la noche, y García —que se interpuso— murió con la cabeza reventada. La banda quedó fijada, drogada con dardos, humillada en un show de humor negro: Kreider, obedeciendo la consigna viral “fuck the cow”, ordenó violar y ejecutar a Shibuya bajo los efectos de un alucinógeno. Al amanecer, masacrados y perdidos en el bosque, con la mayoría de sus hombres muertos, la banda sobrevive —y sobre Kreider pesa ahora la marca del traidor.

Vínculos