Amanece sobre el claro de un bosque oscuro, a unos ochenta kilómetros de la Zona, después de una noche de sangre. La banda de Kreider ha pagado cara su victoria pírrica: el avance sobre la refinería y el dique dejó un tendal de muertos entre los suyos, y sólo con la primera luz se descubre la verdad más humillante —todos ellos son actores forzados de un programa, Real Rebels, presentado por Chetty the Host, que anuncia al aire que hoy morirán rebeldes. Los cadáveres tienen nombre: Banana Fizz tomó su último refresco, García cayó con la cabeza reventada, y con Maggie se fueron Rubicon, Margot, Macaroni y otros compañeros de los primeros días. El neonazi de armadura medieval, en cambio, sobrevivió al metal.

Los drones que acecharon la noche se retiran sin descargar su carga; la tablet de la joven programadora que dirigía el ataque —a quien apodan Baby Mask— fulgura y echa humo tras quemarse cuando Taito la usó una vez de más. Ella, que perdió su trabajo y su rostro por culpa de él, se acerca con ojos gélidos y una máscara-parlante, y sella un pacto: el show debe continuar, y ahora ella es parte de la nueva familia. Willy Vision revela que su vínculo con esa gente era lo único legal que le quedaba, y renuncia: entra de lleno en la clandestinidad. Una cabeza metálica de los Jump Shooters cae en medio del campo, con un mensaje escrito en lápiz labial —“estás varada conmigo”—, cortesía de la Head Hunter, la mujer enmascarada que promete no cerrar el show sin la muerte de Kreider.

Kreider, cuyo liderazgo quedó en disputa tras haber mandado a Shibuya a un sacrificio televisado, debe recomponerse ante los suyos. Shibuya —herido, con su armadura oculta bajo el traje, dueño de varias voces— proclama que el show debe detenerse: no seguirán jugando de ratones en el laberinto de las máquinas. Un delivery de las audiencias, envuelto entre libros y golosinas, esconde a un bebé; Shibuya lo alza como padre y jura bautizarlo en la represa. Con la ayuda de un sujeto nuevo, Mighty Mongrel —caddie de un tal Ball Breaker y agente encubierto—, la banda recupera un lanzacohetes y un carrito de golf, y Willy Vision, conectándose al Maestro, arranca un mapa de la ciudad circular, del Canal de la Muerte y de la pista donde el avión CF-1000 lleva de vuelta a Cappecita, la nueva estrella del programa. Una granada de pulso electromagnético en una bolsa de plomo les compra unos minutos de silencio para tramar la fuga: fingirán ir a destruir el avión.

En la pista abierta descienden Ball Breaker y el CEO Thucydides, escoltados por un Contention Team de calaveras. Mongrel intenta forzar a Kreider a aceptar un kill switch como redención; Kreider le vuela la cabeza de un escopetazo y toma el control del misil. Estalla la batalla: Shibuya carga al bebé al pecho, recibe una lluvia de balas explosivas para protegerlo y cae inconsciente; Taito toma el control de cuatro drones y barre a los atacantes desde el aire; Kreider dispara el misil sobre la comitiva y queda malherido. Willy Vision, conectado al Maestro, hackea un caza Mirage y lo estrella contra la torre de control, cortando la energía del recinto y el show.

Suben todos al avión, ahora piloteado por Tuxedo Raver, un piloto-modelo comprado con dinero y cocaína que dice rumbo a la playa. En el aire, Zaa amenaza a Cappecita con una pistola que creía descargada; la joven, hija abusada por el complejo, fuerza el arma y en el forcejeo recibe un tiro en el pecho: Cappecita muere, cumpliendo su propia profecía. Taito, acusado de traidor, sella un boquete de despresurización desde afuera y se arroja del avión con paracaídas, pidiendo a su Mirage que lo recoja; termina separado del grupo, rumbo a un paraíso narco del Caribe. El avión, con Shibuya y Zaa despertando entre el dolor, las dos jóvenes japonesas, la bebé —a la que Shibuya llama Mi Ciela— y el cuerpo de Cappecita, se aleja sobre el mar. Kreider, rodeado de lo que queda de su gang, fuma y lee su libro azul.

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