
Tras la carnicería del coto de caza —cuando cayeron la heredera mediática y sus esponsores, y ardieron cabañas y vehículos bajo los misiles cruzados— los sobrevivientes escaparon por aire. Un avión de tecnología extraña, pilotado por Tuxedo, un presentador de modales aceitados que le debía un viejo favor a Kreider, los levantó de la pista de aterrizaje enemiga con la niña rescatada a bordo. La huida no fue limpia: en pleno vuelo, una pasajera medio muerta, teñida con la sangre de la fallecida, intentó volarle la cara a Kreider; el disparo erró y estalló contra un mamparo, y el estruendo estuvo a punto de reventarle los tímpanos al bebé, que empezó a llorar. Ese llanto despertó a Shibuya, gravemente herido y desquiciado. Taito, por su parte, se había arrojado de la cabina en pleno vuelo, dejando plantado un rastreador para no perder jamás la pista del Mirage y del avión.
El aparato no dejaba de ascender. Entre las nubes, a seis mil metros, apareció lo que parecía un espejismo del cielo: cúpulas aéreas junto a montañas flotantes, un iceberg terrestre suspendido por turbinas y tecnología incomprensible, cubierto de contenedores de delivery. Era Narco Paradise, la ciudad de los magnates que se habían elevado por encima de la peste, la cuarentena y las propias Máquinas. El avión aterrizó en una mansión de las afueras, justo con el sol poniéndose.
En la aduana los recibieron con sopletes de mercancía —aquí la misma droga inmuniza y “entretiene” el virus— y una anfitriona coreografiada: “ante la duda, báñense en merca”. Un aduanero enmascarado, mudo y armado de un bastón detector, los pasó uno a uno. Kreider, patrón de un mundo subterráneo, se anunció como hombre de negocios y declaró tres barter de fortuna; los guardias de rojo, todos idénticos, resultaron ser clones de un mismo molde. Con maniobras arriesgadas colaron una katana bajo la camilla de Shibuya y al bebé escondido, hasta que los guardias —que habían visto el show por televisión— igual lo detectaron y le dieron atención médica. A Kreider lo alojaron en una suite de lujo, como al hijo pródigo que regresa; a los demás los trataron como su séquito.
Pasaron días oníricos de reclusión dorada, al estilo de una prisión de cortesía: esfera de contención activada y desactivada, helicópteros arriba, ninguna forma de conectarse. Recibieron por fin al señor del lugar: Pete Ketterstein, el amo de esa ala, un hombre-estatua marmoleado que se había operado el rostro a imagen de sus ídolos del cine y jugaba con caramelos sobre un escritorio de basalto negro, flanqueado por Luvina, la segunda señora de la casa —una visionaria tatuada de jena con alas de plumas— y por una mujer de melena corta, gélida. Ketterstein reconoció en Taito al “hijo pródigo” de un viejo proyecto de inteligencia, y ofreció a Kreider un dominio de nivel superior con industrias subterráneas: él reinaría en el cielo, Kreider en el submundo, distribuyendo el producto a los bajos fondos.
Abriendo su mente al Maestro, Shibuya vislumbró la trama oculta: la cábala del poder, Ketterstein como Keter, la corona de la luz, sosteniendo el statu quo mientras el virus se mantiene vivo a propósito —inventar la enfermedad, vender la cura— y descubrió además su propio pasado sepultado: un artista trans japonés del sur de los años cincuenta, náufrago del ciberespacio, único habitante de una Nueva York vaciada, ligado por la destrucción-como-arte al enemigo. Su advertencia velada al magnate encendió las sospechas.
Una semana más tarde todo se desmoronó. Raptaron a Zaa para una ceremonia de bodas macabra; el bebé desapareció de su cuna en plena noche de tormenta, reeditando un secuestro de otro siglo. Taito hackeó las granadas con su reloj-prodigio, liberó un gas somnífero, escapó de Troll a través de la ventana perdiendo su comunicador, y con el apoyo del guardaespaldas Lucky Few tomó el Mirage arrancándoselo a un mecánico-gladiador. En un duelo de misiles y bengalas sobre la fortaleza, lanzó al avión como un kamikaze contra una turbina. La ciudad flotante empezó a caer. Entre linóleos y paraguas colgados boca abajo, Shibuya interceptó los golpes que caían sobre sus compañeros, desarmó a los verdugos y abrió paso hacia afuera. Tuxedo, fiel a su vieja promesa, descendió su taxi aéreo, los recogió a todos —bebé incluido— y los devolvió a su viejo terruño con el aparato cargado de falopa. Nadie supo, salvo el archivo, que bajo los pedales del avión viajaban tres cintas comprometedoras.
Vínculos
- Jornada anterior: Quarantine_S4 · Jornada siguiente: Quarantine_S6
- Ciclo completo: MOC_Apocalypse_Quarantine
- Protagonistas: Kreider_QUAR · Taito_QUAR · Shibuya_QUAR · Zaa_QUAR