En la cuarentena perpetua de 2087, el asentamiento de Kreider late bajo tierra en una cabecera de subte reconvertida en fortaleza: cuatrocientas almas hacinadas en vagones viejos, hortaliza, enfermería, garaje y un salón, todo apuntalado por una guardia improvisada y armas tumberas. El mundo de arriba pertenece al Maestro y a su red, el Maelstrom, que ha encerrado a la mayoría de la población en sus casas, presa de un pavor absoluto al contacto y refugiada en la realidad virtual. Los pocos que rompieron la cuarentena sobreviven en reductos como el de Kreider, agujereados por túneles que alguna vez tocaron Londres, París y una estación rusa clandestina.

Willy Vision, gurú informático rodeado de un séquito de veinte programadores drogados —el círculo de los A.K. Boys, entre ellos Madman, Tóxica y los músicos de Aloof Media—, presiona a los suyos para dar con la Head Hunter: una figura de leyenda que decapita a sus víctimas en el instante del éxtasis. Sus seguidores, convertidos en una antena psíquica y pagados en farafa, le revelan la pista: la Head Hunter caza a los soldados del Arcade Soldier Gamification Project —“Security is for Fun”—, gente enchufada en sus casas que, sin saberlo, sale a la calle a matar insurrectos y, si cae herida, aparece luego decapitada. El plan que emerge es tender una trampa: fabricar un cebo que atraiga una avanzada de esos soldados a un punto controlado.

Mientras tanto, Zaa, la arregladora, fabrica armas con el chatarrero Gusano y trafica remedios con la enfermera García; su enemistad con las gemelas Moxi & Bombón —a quienes una vez les falló una prótesis— sigue viva. Shibuya, referente querido del asentamiento, camina entre la gente repartiendo esperanza y los aforismos de su libro; pero en combate se disgrega en una multitud de personalidades —Kimi, la frívola; Jequima; el verdugo enmascarado de kendo—. Bajo ese rostro violento ya había macheteado a Chichimeca y a sus guardaespaldas en un callejón, dejando escrita en sangre la consigna “no pasarán”.

La trampa se activa, pero se vuelve contra el reducto: alguien —Madman, desde la oficina de los programadores— filtra las coordenadas del asentamiento al sistema. Un comando real desciende con sogas y granadas sobre el vivero de subte. Shibuya, entrando en su faceta de guerrero, aniquila a la primera patrulla de soldados-arcade, arrancándoles los visores para “liberarlos” de las máquinas, y captura a varios que despiertan aturdidos a su verdadera casa. Entonces aparece la Head Hunter en persona. Zaa, al ponerse un casco de realidad virtual frente a ella, contempla la otra realidad —la cuarentena eterna, sin reproducción ni futuro— y rechaza el orgasmo divino y la maternidad milagrosa que la Cazadora le ofrece; por primera vez la Head Hunter falla y solo alcanza a cortarle la garganta, dejándola desfigurada.

Un misil cae sobre las coordenadas filtradas: el complejo de Kreider vuela en parte, mueren niños y un cuarto de la población, Madman perece bajo los escombros. Willy Vision, colándose entre las ruinas, arenga a los sobrevivientes para que defiendan sus hogares y, abriéndose al Maelstrom, logra borrar las coordenadas del sistema —aunque dejando rastro en la Deep Web mientras persigue su propia obsesión. Shibuya, sedado por García con una jeringa, queda capturado y torturado por Moxi & Bombón, que rebotan sin fruto entre sus treinta personalidades. Al cierre, Kreider —a salvo en su cuarto de control junto al Dam— celebra que el reducto aguanta una noche más y acoge bajo su tutela a un joven huérfano recién llegado. Un día normal, corto y violento, en la cuarentena de 2087.

Vínculos