Al final de uno de los túneles que agujerean el reducto de Kreider hay una estación clandestina donde todavía se habla ruso. Allí viven los militares exiliados rusos —Pato, Peto y el que llaman “Putin”—, comandos soviéticos de otro tiempo devenidos traficantes: en la cuarentena de 2087 son la fuente de las armas grandes, y desde la primera noche del misilazo quedaron marcados como el refugio al que se corre cuando todo lo demás arde.

Fueron aliados de la primera hora y no fallaron nunca. Cuando el tren llegó arrastrándose al viejo parque de diversiones, los rusos aseguraron el perímetro alrededor de la Rueda de la Fortuna y la volvieron base, con catedral y todo; su heroína, Miss Kremlin —espada y armadura—, advirtió a tiempo del show que los productores preparaban. Proveyeron armamento, curación y explosivos; más tarde, tecnología y el tren mismo. En el pueblo recapturado, mitad Japón mitad Estados Unidos, dieron refugio a la banda durante los dos meses en que se forjó el tren gravitatorio.

En la última cena, cuando el emisario clonado del enemigo se reveló y estalló la masacre, fueron los rusos quienes lo decapitaron: justicia de comando, sin ceremonia. Y fueron también el blanco final: el misil nuclear de la Reina Oscura terminó triangulado hacia ellos por la niña salvada, y solo el sacrificio de Taito —que arrastró el misil por la Puerta— los salvó del fuego. Cuando la red cayó y nació el primer niño, una de las cuatro manos que mecieron esa cuna era, seguramente, una mano rusa.

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