Clave que los altos programadores —Jean-Marie entre ellos— dejaron encriptada en el barrio de Shibuya, «el jardín de los senderos»: una sola palabra capaz de desactivar el nodo. Cuando por fin se pronunció, hizo lo que ningún arma había hecho: apagar Internet por primera vez en diez años. Que la llave contra la biblioteca total fuera un nombre de bibliotecario no es ironía sino justicia: la historia completa de esa palabra —y del hombre que la habita en más de una trama del Archivo— se cuenta en Borges, la palabra que apaga.

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