Donde el puente se derrumbó y los rieles quedaron tendidos sobre un cielo de agua, el paisaje deja de coincidir consigo mismo. Ese es el pueblo espejismo: una comunidad apocalíptica de reflejos engañosos donde lo que se ve en la superficie y lo que se ve en el agua no son lo mismo. Bajo el espejo acechan casas embrujadas; arriba, los rieles parecen vivos, hay esqueletos de trenes oxidados al costado del camino y microclimas que se abren de golpe — un claro de luz y sol en medio del desastre puede esconder un oso gigante de garras de acero.

Hay algo de Chernóbil en el pueblo, algo de la Zona vieja: la trampa disfrazada de inocencia. De entre las ruinas salió Masha, una niña rubia de mono blanco que le entregó a Shibuya un caballo blanco — y que casi muere en el microclima del oso antes de que las manos sanadoras la trajeran de vuelta. Sus hermanitos estaban cautivos en la casa maldita, porque en el pueblo espejismo hasta los niños pueden ser el anzuelo de algo peor.

En el centro de esa telaraña de casas gira la Rueda de la Fortuna, doblada en su reflejo. Cuando los rusos aseguraron el perímetro y la casa del horror ardió, el pueblo de los reflejos pasó de trampa a hogar: la base de la banda, con catedral construida, donde el tren blanco encontró por fin dónde detenerse.

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