Una nena parada en las vías, de mameluco blanco impecable en un mundo donde nada está limpio, con la palma extendida y el caballito blanco encima. Detrás, el vagón oxidado; delante, el agua encharcada entre los durmientes devolviendo intacto el pueblo que ya no está en pie. La mano no la dibujó tierna: la dibujó seria, mirando de frente, esperando a ver qué se hace con lo que ofrece. En un mundo que fabrica chicos-trampa, la lámina deja la duda abierta y no la resuelve, que es lo que hizo la crónica.

Entre las ruinas del pueblo espejismo —ese paraje donde lo que se ve en la superficie y lo que devuelve el reflejo del agua no coinciden— apareció Masha: una niña rubia de mono blanco que salió al paso del tren y le entregó a Shibuya un caballo blanco, como quien entrega un presagio.

El regalo vino con su prueba. En un microclima de luz y sol atacó un oso gigante de garras de acero; los del tren rechazaron a la bestia, pero Masha quedó al borde de la muerte. Shibuya la trajo de vuelta con las manos sanadoras heredadas del Ángel Rojo, y la apadrinó: en un mundo que fabrica niños-trampa, eligió creer que esta niña era una niña.

Su historia dejó una espina clavada: Masha tiene hermanitos cautivos en la casa maldita del pueblo, la misma que la banda incendió al derribar al Payaso. La crónica no dice qué fue de ellos.

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