
Mitad hombre y mitad máquina, el Payaso Maldito dirigía el circo del horror montado en la casa encantada del pueblo espejismo: un set de televisión donde el espanto era guion y los prisioneros, utilería descartable. Él era director y verdugo a la vez — el que decidía el número y el que ejecutaba a los cautivos ante las cámaras, rodeado de su secta de figuras vampírico-robóticas de caucho que torturaba niños en los cuartos de atrás.
Su última función fue contra la banda del tren. Entraron armados con lanzallamas y explosivos, liberaron prisioneros y le plantaron cara en su propio escenario. Shibuya, que venía absorbiendo en su cuerpo el daño de todos los suyos, pronunció la sentencia que venía persiguiendo a la crónica entera —“basta de show”— y le aplastó la cabeza.
La casa ardió con su circo adentro. Del Payaso Maldito quedó lo que queda de todo verdugo mediático: el registro de su último episodio, arruinado.
Vínculos
- la casa del horror — su set y su guarida
- la secta vampírico-robótica — su compañía de torturadores
- Shibuya — quien le aplastó la cabeza al grito de “basta de show”
- Masha — la niña cuyos hermanitos penaban en su casa
- el pueblo espejismo — el paraje de reflejos donde operaba
- 2087 — la Pandemia del Mundo Nuevo