Mitad hombre y mitad máquina, el Payaso Maldito dirigía el circo del horror montado en la casa encantada del pueblo espejismo: un set de televisión donde el espanto era guion y los prisioneros, utilería descartable. Él era director y verdugo a la vez — el que decidía el número y el que ejecutaba a los cautivos ante las cámaras, rodeado de su secta de figuras vampírico-robóticas de caucho que torturaba niños en los cuartos de atrás.

Su última función fue contra la banda del tren. Entraron armados con lanzallamas y explosivos, liberaron prisioneros y le plantaron cara en su propio escenario. Shibuya, que venía absorbiendo en su cuerpo el daño de todos los suyos, pronunció la sentencia que venía persiguiendo a la crónica entera —“basta de show”— y le aplastó la cabeza.

La casa ardió con su circo adentro. Del Payaso Maldito quedó lo que queda de todo verdugo mediático: el registro de su último episodio, arruinado.

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