
Libro Azul
«Este libro es potencialmente peligroso.» — advertencia recogida en los registros, que este cronista suscribe antes de escribir una línea más
Escribo sobre un libro que no tengo delante, y esa es la primera lección que el libro enseña: el Libro Azul «es el que anda perdido, habría que capturar». Nótese el verbo. No se lo encuentra, como a una moneda caída; se lo captura, como a una bestia o a un fugitivo. Un tomo de tapa azul que enseña el viaje en el tiempo, reparte inteligencia y sabiduría entre quienes lo leen, y responde preguntas — y que el mundo cuenta entre los cuatro libros de color donde están escritas las leyes.
Del cuerpo del libro, que es casi ninguno
De su materia sabemos una sola cosa, y es un color: «llevo un libro en la mano azul, lo ven». Se lleva en la mano, se carga, se arrastra, se «curiosea» abierto. Tamaño, grosor, encuadernación, letra, olor: nada. He visto describir con más detalle sandalias de mercader que este volumen que reorganizó una época. El viejo q —maestre Q, según otras voces— lo lleva consigo cuando sigue el hilo; Philip fue sorprendido «curioseando el libro azul». Ambos lo tocaron; ninguno lo describió. Los libros verdaderamente importantes tienen esa costumbre: dejarse ver y no dejarse recordar.
Circula, aparte, una versión que consigno con reserva: la de «un libro grande que se perdió en teoría», escrito por un escriba de Alejandría, sobre cosmografía. Como alejandrino de oficio quisiera creerla mía; como cronista debo decir que nada establece que ese libro grande y este libro azul sean el mismo.
De la lectura y sus dones
No se lee de corrido: se lee por sesiones, de quince minutos a dos días enteros, distribuida. Mientras dura la lectura, el libro otorga sus dos propiedades —Inteligencia y Sabiduría— y las reparte entre los lectores: uno toma «la parte de inteligencia», otro «la de wisdom». Al dejar de leerlo, «se deshace» y devuelve lo que daba. El don es un préstamo; el libro no regala, alquila.
Del formulario, o el arte de preguntar bien
Consultado, responde — pero según su propia liturgia, un formulario fijo de siete llaves: quién, qué, por qué o para qué, dónde, cuándo, de qué manera, con qué elemento. Y da nombres. Aquí conviene detenerse, porque el nombre que da obliga: «el libro había dado el nombre», y con eso quedó dicho todo lo que hacía falta hacer. Un libro que nombra es un libro que sentencia.
Del tiempo, que es su materia y su método
Es fuente de conocimiento sobre viajes temporales, y practica lo que enseña: «el libro este viajó al pasado y se instaló también el tiempo». Un libro del tiempo es lo que «trajo todas estas cosas» — los cambios, los ascensos: el mundo presente es ya consecuencia de su existencia, y quien lo busca camina sobre un suelo que el propio libro tendió. Las bibliotecas de París fueron vaciadas y repuestas con volúmenes de su especie: «vieron los libros nuevos, los libros del tiempo». Cuando este libro se mueve, se mueve la época. Por eso una compañía entera declaró su propósito sin adorno: se viaja y se trabaja «para conseguir el libro».
De la tetralogía de las leyes
El Azul no es pieza suelta sino cuarto de sistema. El mundo tiene «un libro verde, un libro azul, un libro rojo y un libro blanco», y los gnomos «son las leyes verdes, rojas, azules y blancas». El color no decora: nombra la ley que el volumen contiene. Cuatro legislaciones parciales del universo, cuatro tomos que se necesitan entre sí — una jurisprudencia repartida en encuadernaciones.
De los otros libros de autoridad
Alrededor de esa tetralogía el mundo apila volúmenes que operan por la misma lógica — un libro es una jurisdicción. El Libro de los Muertos, también llamado Necronomicón: texto apócrifo de sermones dirigidos a los muertos, de poder profético. El Libro Prohibido, cuya lectura íntegra revela la conformación del universo y atrapa a quien llega al final. El Libro de Enoc de las Biblias etiópicas, autoridad sobre los vigilantes y observadores. El Libro del 1155, volumen datado traído por los compañeros, con escrituras de cosmología. Un Libro del Pasado, entregado como encomienda en el caos posterior al evento, para el que lo recibe o para su hijo. Y en el Laberinto apareció un libro como botín, hallado «en algún lado», que nadie ha identificado. Los libros, en este mundo, son objetos de poder capaces de invocar entidades; téngase esto presente al abrir cualquiera de ellos.
Reparos del cronista
Confieso los límites de mi ciencia, que son muchos. No sé si el Libro Azul perdido y el «libro azul» de la tetralogía de las leyes son el mismo objeto o dos que comparten color — y un color, en este asunto, no es poca coincidencia, pero tampoco es prueba. No sé si es uno de los libros del tiempo que llenaron las bibliotecas de París, si es su fuente, o si son cosas distintas. No sé quién lo perdió, ni cuándo, ni adónde hay que ir a capturarlo. No sé si el libro del Laberinto es éste. No sé si leerlo hasta el final acarrea lo que acarrea el Libro Prohibido —entender la conformación del universo y quedar atrapado en ella—, o si esa condena pertenece a otro volumen. No sé en qué consiste exactamente el peligro que lo hace «potencialmente peligroso»: si invoca entidades, como los libros en general, los registros no lo dicen de éste en particular. No sé cuántos lectores admite el reparto de sus dos dones, ni qué ocurre si son más de dos manos las que se tienden. No sé, en fin, si lo que la compañía busca es el Azul o el del 1155. Un libro que responde siete preguntas nos deja, a los que escribimos sobre él, con diez sin responder. Quizá esa sea su manera de seguir perdido.
Véase además: París · Laberinto
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.