Marcos el Mago

Quien escribe conoció el Serapeum antes de que este hombre lo deshonrara, y por eso pide al lector que lea despacio: hay sabios que enferman de saber, y de esa enfermedad esta entrada es el acta. No hay gremio ni orden de Marcos el Mago; no hay escuela que lo reclame ni cofradía que lo herede. Hay un hombre, uno solo y único en su especie, y basta.

El sabio que salió de la biblioteca

Vino de Alejandría —del Serapeum, de la biblioteca, del grupo de sabios y canónicos—, y de allí fue expulsado. Entre las causas de esa expulsión está la que ningún colegio perdona: desenterró muertos en la necrópolis de la ciudad. Desde entonces su lugar es la corte imperial, donde oficia como «el asesor, el hechicero del emperador» Aureliano — su principal asesor. Que nadie lo tome por un erudito descarriado más: «es un sabio malvado, no hay nada peor que alguien que tiene conocimiento y poder y que lo utiliza para mal». También se registra que vivió en las ciudades invisibles, «el lugar donde iban, por ejemplo, personajes como Marcos el Mago».

El cuerpo y el armazón

Es un hombre «alto, largo» y «chupado» —demacrado, seco—, de túnicas largas, «así medio extraño». Se desplaza en un barco animado, «mortífero, que es solamente un armazón metálico»: no una nave con casco y velas sino la osamenta de una nave, capaz de flotar «o moverse como araña», y que va «lleno de criaturas indignas del amor de Dios». Adviértase la simetría, que este cronista no cree casual: todo lo suyo es armazón sin carne — cuerpo chupado, nave sin casco, séquito de muertos. Una consolidación lo llama lich; otras voces lo dan enfermo, aunque no morirá de enfermedad. De qué sí muere un hombre así, el archivo calla. Consta además que «le pasó algo por estar demasiado cerca de la piedra»; qué le pasó, no consta.

Los tres oficios

Opera en tres registros a la vez. Como necromante, levanta huestes y «trae plagas y muerte a las ciudades». Como cortesano, es el centro mismo del poder: llegar a él es llegar al emperador, y enfrentarlo es enfrentar a la corte entera. Como pactante, hace tratos con diablos, busca la inmortalidad, y fue dominado en el infierno alguna vez — se dice incluso que «quedó atrapado en el infierno» durante la extracción de cierto libro. Su lealtad no es fiable en ninguna dirección: «Marcos el Mago, que había sido coaccionado por los diablos, acertó una pantomima de engañarlos a ustedes» — instrumento tanto como agente. Y negocia: se lo vio «negociando la salida con Torreón y con una ninfa», ofreciendo perlas negras como moneda.

Genealogía y nombres

Aquí la sangre y el nombre se enredan, como corresponde a un hombre que cambia de identidad como quien cambia de oficio. La cosmología de la Alejandría primitiva le da por esposo a Nefedo; otra voz lo presenta como ex esposo de Neferu — y esa versión choca con la escuela que da a Neferu como primera esposa de Khalim. ¿Un nombre mal oído o dos cónyuges? Las escuelas disputan y este cronista no dirime.

Hay más nombres. «Tal vez lo conoces con el nombre de Alfonso Vélez», dice una voz — identidad sugerida, nunca afirmada. Y está Persia: «un día me dijo me voy a Persia. Y se hizo Arsace, se hizo una dinastía». Un solo hombre, y sin embargo fundador de linaje: la dinastía arsácida como descendencia de quien no tiene súbditos vivos. Por qué se fue, cómo se hizo rey y qué relación guarda esa casa persa con su presente en la corte de Aureliano, el archivo no lo establece.

El peso sobre el siglo

Apareció por primera vez en el año 275 A.D.A., y se declara de él una antigüedad de mil años («estuvo muy contra hace mil años»). Desde entonces es el eje contra el cual el ciclo se mide: enemigo declarado incluso de terceros («ustedes se van a enfrentar a mi enemigo»), causa de cosas ya ocurridas —la expulsión alejandrina, la dinastía persa— y no solo obstáculo presente. El mundo se mueve cuando él se mueve: donde está él está la corte, y donde pasa él quedan plagas y muertos levantados.

Del otro Mago

No se confunda a este hombre con Simón el Mago, compañero de crónica, el de la espada cargada de electricidad y «cuatro imágenes alrededor», que anduvo con Pablo camino a Damasco. Las voces del archivo no establecen vínculo alguno entre ambos: son entidades distintas que comparten el título, y el título, como se ve, no obliga a nada.

Advertencias del cronista

Dos cosas debe saber el que busque a este hombre, y ninguna lo consolará. La primera: los itinerarios discrepan sobre dónde está. Una voz vacila —«Este tipo está ahora… No en Alejandría… Sino… En Roma… En Roma… O en Brindisi»— y otra corta tajante: «Marcos el Mago no está en Alejandría. Está en Brindisi. Con todo el emperador. Con la corte». Roma o Brindisi: solo una versión se afirma sin dudar, y aun así queda por conciliar cómo se está a la vez con la corte y atrapado en el infierno — ¿dos momentos de una vida larga, o una contradicción que el archivo arrastra? La segunda: buscarlo en un sitio es buscarlo mal, porque «parece tener magia para viajar además este tipo». Queda abierto, por fin, si «el señor mago del rey» que se registra en el séquito del Rey del Desierto es este hombre u otro; del barco no se sabe metal, tamaño ni cuántas criaturas carga; y de la piedra, ni qué le hizo ni si eso explica el cuerpo seco. Quien sepa más, que escriba al margen. Quien no, que no invente: ya inventa demasiado el propio Marcos.

Véase además: Alejandría · Las ciudades invisibles · Neferu · La piedra


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.