
Orden del Temple
Itinerario de la orden, según lo asientan los registros: fundada en Jerusalén en 1120, sobre el quinto de la ciudad que le donó el rey; salida de Jerusalén ese mismo año; llegada a París hacia 1889. Entre un extremo y otro del camino —que ningún caballo ordinario recorre— los Templarios existen en el intervalo que va de 1055 a 1389. El que lea con atención notará que las fechas no caben en una vida de hombre. Esa es, precisamente, la materia de esta entrada.
Del voto fundacional
El primer compromiso, prescrito por el patriarca y los obispos para la remisión de sus pecados, fue «proteger las rutas y las vías tanto como pudiesen de las emboscadas, de los ladrones y los atacantes, en particular para la seguridad de los peregrinos». A eso se sumó la custodia de las reliquias —la Veracruz, la Lanza de Antioquía, y el Santo Grial disputado, guardadas «en el Temple y en el Palacio, que están al lado»— y el mandato de destruir «a los enemigos que buscan hacer caer al reino cristiano de Jerusalén». Están obligados, además, a dar cobijo a todo viajero que lo pida.
Se ingresa profesando la fe cristiana —quien no es cristiano no puede siquiera acercarse a la orden— y jurando vida de clérigo regular: castidad, pobreza, obediencia. Se rigen por la Regla de San Agustín, que juzgan insuficiente: buscan «una regla más específica, de guerreros por la fe que protegen reliquias», y para obtenerla marchan a Francia y ante el Santo Padre. Los votos fundacionales se prestaron ante el rey Balduino II, que en concilios permitió la fundación, pero la orden se somete a un solo poder, el del Papa; la lealtad del caballero es doble, «mi lealtad es con la orden y es con el rey», y se lo juzga con las leyes del Temple, no con las del siglo. Romper el voto sagrado —atacar a los templarios— es maldición.
En sus orígenes fue diminuta y nueva: «no lleva un año todavía la orden», recién sancionada, con dos fundadores legendarios y ceremonias de iniciación de veinte caballeros por vez. En su estado tardío está «muy reducida»: «la mayor parte está en Francia», sostiene casa en Chipre —el castillo de Limasol, a cuarenta o cincuenta kilómetros, donde «el principal de tu orden está sentado hace por lo menos 10 años»— y sede en Famagusta, con ciento cincuenta hospitalarios armados; ya «se perdieron todas las posesiones de los templarios y de otros caballeros cruzados» en Tierra Santa, los mamelucos ocupan Jerusalén, y de Florencia la orden fue corrida. Se espera al Ilkhanato para noviembre: los Templarios deben sacar todo antes.
Del hábito y las señas
El uniforme mínimo es «el tabardo blanco con la cruz roja»: túnica de cruzado con la cruz, capa blanca que cae por atrás, y «una tremenda espada que lleva a su lado izquierdo». La armadura porta «el signo de los Templarios» e insignias de la orden; que un veterano guarde «una gran armadura negra» cubierta y no la use es señal de rareza. Del cuello cuelga un colgante de reconocimiento. En la puerta se dan señas: un código de los Templarios y una contraseña —«díganos la contraseña, de parte de quién viene»—, y los secretos se estratifican por rango: la existencia del Castillo Oculto de la orden es cosa que un templario de bajo rango no conoce.
El sello de fundación es doble: «dos sobre un caballo, dos hombres montando». Y aquí el cronista debe registrar una disputa que las escuelas de la orden no han resuelto: la leyenda dice que los dos fundadores montaban el mismo caballo, y la regla dice que montar juntos está prohibido, como está prohibido darse besos, y que el propio sello está prohibido por la orden. Cuándo y por qué se prohibió lo que fundó, ningún registro lo declara. El estudioso hará bien en sospechar que la orden guarda en su sello, como en sus sótanos, algo anterior a sí misma.
De la casa madre
La sede es «una vieja mezquita en el medio de la ciudad, en la parte sureste», reformada «como si fuera una iglesia cristiana». El complejo «tiene muchos estratos»: patio de armas y patio interno de adiestramiento —espadas, flechas y arcos, escudos, «al estilo las justas»—; claustro en el Gran Temple; la cúpula número cinco, «donde está esa especie de mezquita»; cámara del tesoro; arcas donde se acumulan los artefactos; biblioteca; enfermería secreta con trampilla al subsuelo; caballeriza semi-subterránea; cementerio. El patio grande está lleno de carpas con trescientos a cuatrocientos refugiados. En el suelo hay símbolos hebreos de conjuración que en un momento «se dieron vuelta» y quedaron como estrellas. Cuelga una campana de mil kilos, «perfectamente trabajada con unos grabados del mundo ortodoxo», con badajo, cubierta de cadenas y cuerdas: carga energía a lo largo de un año y da sensación de santidad en ciento veinte pies a la redonda. Quién la instaló y por qué la encadenaron, nadie lo escribió.
Debajo corren catacumbas, subterráneos y pasadizos «de la época de los musulmanes y anteriores», y salidas que «tal vez solamente conocen los maestres». El edificio es más viejo que la orden, y sus estratos son puertas que la orden no controla del todo: por ahí entraron los demonios cuando «se abrieron grietas en el aire», por ahí se sale sin ser visto, y por ahí se baja al Laberinto.
De la banca y las cinco caras
De la ruta se sigue la casa fortificada al costado del camino; de la casa fortificada, el depósito; del depósito, el papel que lo representa; del papel, la banca de los reyes. Así la orden fue «transformada por su prosperidad en prestamistas sin intereses», de los que dependen los reyes de Europa, «por ejemplo los franceses». Sostienen «una suerte de hosteles, hospedajes con lugares mini fortificados» donde pasan la noche los tesoros que mueven, y un sistema de papeles: se depositan fondos en una casa y se retiran en otra presentando el documento. Prestan sin interés a empresas que favorezcan los intereses políticos de la orden, y controlan casi en monopolio «el mejor embotellamiento de ciertos aceites esenciales que curan» y las pociones curativas.
Por eso el complejo del Temple es a la vez cuartel, monasterio, hospital, banco y archivo: cinco caras de una misma promesa de custodia. «Los templarios en ese momento estaban súper vinculados a la economía»; si cae la orden, caen los depósitos, los papeles, la red de hospedajes y la liquidez de los reyes.
De la jerarquía y las costumbres
Gran Maestre, luego los maestres, luego los maestros. Al Gran Maestre lo designa el anterior, pero debe reconocerlo el Papa; debe haber siempre un segundo ya establecido «si alguien cae»; si el Gran Maestre muere sin designar, se reúne asamblea y el Papa elige. Ocupar la cabeza de la orden «te abre un abanico de posibilidades políticas» fuera de lo religioso y lo militar; algunos templarios ostentan además título noble. Entre los suyos se cuentan Luca de los Medici, el Comendador Rolando —de la pipa de hash que se comparte entre camaradas—, y un templario húngaro ligado a los magiares, «que no hace mucho todavía adoraban seres paganos»: prueba de que la orden recluta de pueblos recién ganados a la fe.
Oran, rezan y velan de noche; se cantan salmos; se bendicen las armas con un canto gregoriano «suave pero muy sostenido». Y el entrenamiento templario da dos privilegios reglados que el cronista consigna sin explicarlos: estar descansado y fresco «entre las dos y tres de la mañana» sin sueño prolongado, y disponer de los conjuros a partir de las ocho de la mañana.
De la sospecha y del sótano
Sobre el Temple corre la sospecha: formas no ortodoxas, matriarcales y gnósticas del cristianismo —de las que la cruzada albigense fue antecedente— y la adoración de Baphomet, «por la que condenaron a los templarios realmente en la historia». En el santuario de Baphomet hay templarios que pertenecen también a los del Laberinto: los Templarios de Marfil, rama subterránea asociada a los minotauros, que tienen minado el lugar donde mataron a su gran maestro, y que son los antagonistas principales de la orden pública — su sótano, si se quiere. Los registros solo dejan dicho: «son Templarios de Marfil y puede ser los minotauros, Los Originales eran los del Temple». Si son rama, herejía, antecedente o suplantación, no está establecido. Frente a todos ellos, en la París del otro extremo del camino, se alza la facción opuesta: los Asesinos del Viejo de la Montaña. Y hay templarios que aparentan lealtad a Jacques de Molay mientras sirven al culto.
Conservan libros sobre las Huestes Torcas. Fueron los guardianes que resguardaban a Kronamon, con expedición antigua a su cabeza.
Del tiempo
Porque el Temple guarda algo más que oro y reliquias: Pablo cedió y legó a la orden la capacidad de viajar por el tiempo, fundamento de los Templarios del Tiempo. Su misión, en esa clave, es «luchar contra los diablos, hacer del mundo un laberinto del tiempo». Así se entiende el itinerario que abre esta entrada: una compañía sale de Jerusalén en 1120 y llega a París hacia 1889, y los Templarios de Marfil «estuvieron involucrados en los dos». El Laberinto de los Templarios corre bajo París como las catacumbas corren bajo el Temple: la orden es la misma arquitectura repetida a escala del mundo.
Advertencias del cronista
Consigno lo que el archivo no fija, para que nadie lo dé por sabido. La ciudad-sede aparece nombrada de tres maneras —Jerusalén, Jerusalorium, Jerogloriorum— y no está dicho cuál es la forma correcta ni si las tres designan lo mismo. No hay nombre para el Gran Maestre de Chipre, «un poco fanático de tomar Jerusalén», ni para el maestro original del Temple «que fue cercenado», ni para los dos maestres perdidos en el ataque al Temple. La campana permanece sin función fijada —los registros hablan de «forma sagrada» y de conjuración protectora, y nada más—. No se conocen las tarifas del sistema de papeles, ni cuántas casas fortificadas componen la red, ni el texto del código de puerta ni de la contraseña, ni qué grados acceden a cuál secreto. La ubicación del Castillo Oculto es clasificada dentro del propio archivo. Y no consta si la orden obtuvo alguna vez la regla nueva que fue a buscar a Francia, ni cómo habría de articularse con la de San Agustín que aún sigue. El que escriba después de mí, que no rellene estos huecos: que los custodie, como la orden custodia los suyos.
Véase además: Balduino II · Jacques de Molay · Baphomet · Pablo · Kronamon · Luca de los Medici
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.