
Alejandría
«Nací en la ciudad cronomante por excelencia.» — palabras de un hijo de la ciudad, recogidas en el archivo
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se atraviesan; Alejandría es de las que atraviesan al visitante. Es «el puerto mayor y más antiguo del mundo», «la ciudad crónica por excelencia», y quien escribe esto lo hace con la parcialidad inevitable del que la lleva en el nombre. «Una ciudad que está en el borde del desierto», y sin embargo «es muy fértil la zona»: desierto de un lado, mar del otro, y la ciudad exactamente en la juntura. «Es una ciudad muy tostada»: calor, «crepúsculo rojo», un cielo «que no suele estar cargado de vuelo» salvo «pájaros o algunas gaviotas». Ese rojizo del cielo, dicen las voces antiguas, son «ecos de la antigua gema que allí estuvo».
Itinerarios y puertas
Las maneras de llegada son distintas, y conviene saberlas antes de partir. Desde Cartago —mil quinientos kilómetros de distancia, el extremo opuesto de la ruta principal— se llega en catorce días por mar, o en noventa y cuatro largos días por tierra. Desde el Oasis de Siwa, un día de vuelo atravesando la noche. Otros itinerarios del ciclo la ponen a tres semanas, o «en un mes». Hacia el norte parte la ruta a Grecia, la isla Euca y España.
El que viene por tierra encuentra dos puertas principales: la Puerta de la Luna, al occidente, lado izquierdo, y la Puerta del Sol — aunque «si vos vas por la costa, no hace falta que pases la puerta». Adentro ordenan el tránsito dos vías: la Canópica y la de la Soma, las dos calles fundacionales cruzándose sobre la colina, en el centro. Y aquí el catastro tropieza consigo mismo: el terreno es «muy plana», y a la vez la ciudad está «como en medio de una colina y un cruce de caminos». Que el viajero decida con sus pies si la colina es el único accidente de la llanura; el archivo no lo dice.
El que viene por agua no necesita puerta: «su faro lo llama a través de la noche».
El faro
En la punta de la costa, sobre una construcción «que le gana un poco de terreno al mar. Por piedras y también tierra aplanada. Y alguna sustancia que parece ser algo parecido al concreto», y «construido sobre mármol», se alza el edificio que domina todo el paisaje. En su parte superior «tiene como ocho ventanas… las ocho direcciones». En la cima estuvo «la estatua de Poseidón con el tridente» — estuvo, dice el registro, y este cronista no sabrá decir si sigue arriba. Se le atribuyen «doce valantes», forma que nadie ha fijado. Ha recibido ataques.
Sobre su altura, las escuelas disputan: unos hablan de «una torre que se eleva a unos 40 metros por sobre el nivel del mar»; otros juran que a «120 metros de altura llega». Tres veces la diferencia; no se concilia, se anota.
Pero el faro no es solo señal marítima. «Contenía en su interior todos los grandes objetos de la ciencia y de la magia juntos, y así se probaban», y «el faro es un foco para poder viajar hacia otros tiempos». Junto con la Torre Eiffel y el Faro de la Isla de la Serpiente, los tres «apuntan alguna posición estelar»: una triangulación cuyo objeto es el viaje temporal. Bajo el faro corre además la leyenda del Cangrejo de Cristal, del que solo se sabe que «una serie de terremotos marcaron tanto su comienzo como su final».
La biblioteca y su caverna
En la parte elevada está la biblioteca: terraza, patio, pilones grandes con banderolas permanentemente activas. «Es una sorte de templo, porque la parte de la biblioteca que está en pie, es parte de un templo adosado.» Adentro «no hay polvo en la biblioteca, es un lugar donde se copia»: una sala de copistas «con grandes rollos» sobre «una suerte de pupitres». Guarda también «otro tipo de bibliotecas que son más difíciles de entender, de literatura oral, lo cual casi es un oxímoron». Hoy está cerrada al acceso del público.
El complejo tiene dos mitades opuestas: «ese lado está todo civilizado» —con tronos— «y acá es una caverna». La caverna es prisión. A los reclusos se los baja con «una serie de poleas» y «una especie también de jaula de hierro» de plataforma; el mecanismo no usa magia, es ingenio romano. Sobre cuántos bajan por vez, la misma voz dice «de a tres, tan apretados» y «de a uno»; quede la contradicción como está. La comida incluye «unos dátiles» y vinos especiados.
Saber arriba, castigo abajo, en el mismo edificio. Ese es el eje moral de la ciudad, el mismo que declara su insignia —la que lleva al costado su carromato enorme, «como doble», tirado por dieciséis bestias—: «un barco con una balanza arriba». El comercio y el mar, con la justicia encima.
Palacio, Museo, catacumbas
El palacio «tiene lo mejor de lo griego y también de lo egipcio: columnas gigantescas con las cúpulas», inscripciones interiores rojas con «todos los decanos y los seres, las criaturas de los escorpiones», esculturas de «griegos disfrazados de egipcios» y de romanos a caballo con armadura romana atacando. Ciertas áreas tienen paredes de plomo.
El Museo Grecorromano es un edificio cúbico de piedra con minaretes y una torre, seis áreas, «una especie de pórtico externo en el centro», y estatuas de dioses grecorromanos, de Anubis y de Sobek, «que es ni más ni menos que un dios cocodrilo». Cerca están las Catacumbas de Kom el-Shoqafa. Cómo se ubican entre sí palacio, Museo, catacumbas, Gimnasio y barrio judío respecto de las dos vías y de la colina, el archivo no lo traza; el viajero deberá preguntar en la calle, como todos.
El mercado y la moneda
«Hay todo lo que quieran. Drogas y mujeres.» Se bebe «una cerveza muy espesa» servida en jarras. Bancos británicos, franceses, italianos y americanos operan en la ciudad; en la capa moderna hay «hoteles europeos con minaretes de mezquitas a lo lejos» —El Majestic, El Defense— y «las torretas para los muecines y el canto de la oración». El barrio judío alberga especialistas capaces de conseguir lo que no se consigue en otro lado, «afincados alrededor del Fabuloso».
En el año 260 coexisten dos numerarios, uno nuevo y otro antiguo de oro, y la tasa de cambio es materia de disputa entre las fuentes: una dice «330 monedas… son tipo 3300 monedas de oro, equivalen a las 330 del viejo numerario»; otra habla de «33 que equivalen a 330». Quien cambie dinero en Alejandría, que regatee: hasta el archivo regatea.
La ciudad del saber
«Alejandría es la ciudad del gnosticismo» y «fue el seno del judaísmo de la cábala helenística» y de todas las místicas antiguas. Allí se educan los maestros del viaje temporal, y «de ahí son legión los hechiceros que han aprendido algo»; hasta en Florencia se dice que «a veces de Alejandría venían sabios y sabían cómo viajar en el espacio y en el tiempo». El Gimnasio, contra lo que su nombre sugiere, «es como si fuera el lugar de la cultura, del saber y de la búsqueda espiritual».
Una advertencia práctica para el hechicero visitante: «el equilibrio de magia era» tal que casi todos la reconocen. Los guardias «van a saber que estás diciendo algo que para ellos es magia, estás haciendo hechicería» apenas oyen las palabras extrañas. Recitar en voz alta delata.
Fe, ley y cerco
«Hay un papa que es el primer papa pero no es de Roma. Es de aquí, es un patriarca. Es el patriarca de Alejandría. Se llama Dionisio. Como verás su nombre es griego.» Cristianismo y judaísmo conviven: «lo que se sabe es que ambas cosas existen». Un patriarca «se escapó hace 15 años al desierto» durante una persecución religiosa.
En el año 260 la ciudad está bajo ley marcial —«Aprenda a respetar las órdenes. Estamos en ley marcial»—, con la flota propia saliendo al encuentro de naves enemigas que hacen «un cerco alrededor de la ciudad» con catapultas cargadas. El nombre del enemigo naval llegó al archivo tan estropeado que no me atrevo a escribirlo; con Palmira la tensión es permanente, «pero no en guerra». En otro momento el toque de queda se ha levantado y «hay como una rebelión en las calles». La ciudad puede ser sellada por completo. Los Reguladores la usan como punto al que mandar y reunir gente.
Las otras Alejandrías
Hay una sola Alejandría en el mundo físico, «en la punta de lo que es la costa de Alejandría», «contigua a Egipto, pese a que está en Egipto, técnicamente»: «una ciudad de las más griegas de Egipto», y «muchos la consideran una ciudad griega, del mundo helénico». En su seno conviven «judíos, griegos, romanos, por supuesto, y también egipcios nativos», más gente venida «de Libia, de Túnez, incluso tal vez del lejano Marruecos»: «puerto gigante bastante cosmopolita».
Pero la ciudad de los sabios no se conforma con un solo suelo. Alejandría-Virginia es «una replicación de la ciudad de los sabios que es ni más ni menos que Alejandría», sede de sabiduría de aquel estado, ciudad de conocimiento donde hay profecías sobre qué fuerzas traen la aberración. Existe una Alejandría crónica en un tiempo ucrónico distinto —donde «esto pasó en 1120»— y un portal Alejandría Luminosa que «está cerrada. Porque hay guardianes». Quiénes son esos guardianes, nadie lo ha dicho.
Fortuna de la ciudad
Alejandría «es lo que Roma necesita para sobrevivir»: el patrón contra el que se mide la incidencia de cualquier otro sitio. Es el destino declarado de la misión —«Tenemos que ir a Alejandría»— y a la vez el blanco del antagonista: Marcos el Mago «está pensando en llegar muy profundo para salir rápidamente en Alejandría y devastarla como una venganza personal», con «una toma del poder de la biblioteca que hoy existe». La biblioteca ya ardió una vez «en la época de Julio César», y una profecía sostiene que volverá a arder: «ustedes piensan que si van hasta la ciudad de los sabios entonces esta será más sabia, pero es mentira: arderá con el fuego». Consuelo parcial: «se transfirió la parte importante de la biblioteca de Alejandría antes de que fuera destruida».
Su prestigio, sin embargo, no es perpetuo. En el año 1055 vive bajo el Imperio Bizantino. Bajo el dominio árabe, hacia 1769, «está decaída… es débil, decadente» y «Alejandría es a veces solamente un lugar veraniego de segunda en este momento». En 1891 los británicos «la toman fuerte», y esa toma es el contraataque de los Devils, con Alejandría como puente final de aquella gesta. Un cortesano «de mucho carácter», Timágenes, entregó la ciudad sin batalla: «entonces no ocurría sangre». La ciudad, como se ve, sabe caer sin romperse; es su oficio más antiguo.
De fundaciones y de nombres
Alejandro Magno la funda sobre el pueblo de Racotis, inspirado por Amón, tras el augurio de las palomas que se arrojaron a comer su grano. Pero el archivo registra también «la primera Alejandría» fundada por Pablo con Halim, un sirio. ¿La misma ciudad en distintas capas de tiempo, dos ciudades, dos versiones del mito de origen? Las escuelas no lo han zanjado, y este cronista —que tiene en el asunto más interés del que conviene confesar— tampoco lo hará.
Porque el archivo dice de Pablo dos cosas. Que es residente y contacto obligatorio de la misión, «esa es la más aliada nuestra», único capaz de revelar los secretos del libro mágico, con un conocimiento sobre el tiempo que es central. Y que existe «un tal Pablo de Alejandría, maldito», rival ligado al robo de los saberes del fuego, a la traición de formulaciones mágicas y al atentado contra los Reguladores. Si son la misma entidad en distintos momentos o dos figuras, las voces no lo establecen. El lector juzgará; el que firma se abstiene, por razones que el lector también juzgará.
Rondan la ciudad, además, sus espíritus: «algunos recientes que lo siguieron desde Alejandría. El marido de una de sus compañeras muertas». Y de aquí partió San Marcos en su viaje; también Basílides de Alejandría, el gnóstico, fue consultado aquí sobre la persistencia de la guerra en el mundo.
Advertencias del cronista
Quedan preguntas que el archivo no responde y que un hombre honesto debe dejar abiertas. La altura del faro —cuarenta o ciento veinte metros— sigue sin dato firme, y con ella la escala de todo el puerto. Qué son los «doce valantes» del faro: personas, estatuas, dispositivos, plataformas — nadie lo fijó. Si el faro sigue en pie en el presente del ciclo, y si Poseidón corona todavía su cima, los registros callan: dicen «estaba». Alguien fue expulsado —«Lo echaron de Alejandría»— y no sabemos quién. La conversión exacta entre los dos numerarios, la naturaleza del portal Luminoso y sus guardianes, el trazado interno de palacio, Museo y catacumbas, y cuántas almas viven bajo el crepúsculo rojo: todo eso falta. Ninguna cifra de habitantes, para la ciudad más contada del mundo. Hay una melancolía en eso que no voy a disimular.
Véase además: Pablo · Marcos el Mago · Reguladores · Poseidón · Cangrejo de Cristal
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.