La Dama

“De la Dama el cronista habla con la mesura del que no puede no hablar, y con la pudoricia del que sabe que ningún léxico va a alcanzarle. Procuraremos brevedad.”
Dos manos arrugadas, viejas, sostienen una hostia clavada por una cruz; un halo dorado y violeta rodea la elevación; al fondo, en penumbra, una figura petrificada en cruz —la Dama misma, antes del despertar, cuerpo dentro del cuerpo—. Las manos no se atribuyen en estas crónicas. Podrían ser de un sacerdote anónimo; podrían ser, según una lectura más generosa que el cronista no descarta del todo, de Henri La France en el instante mismo del ataque, sosteniendo lo que la Dama era para que la Dama pudiera volver a ser lo que sería. La mano de AKLdejó esa ambigüedad sin resolver, lo cual el cronista celebra: hay láminas que ganan al no aclarar.
Lo que es
La Dama —Nuestra Señora en boca del fiel, La Sagrada en boca del culto, La Dama del Dolor en sus avatares más altos, simplemente La Dama entre quienes la conocen y prefieren no nombrarla del todo— es la encarnación literal de la Catedral de Notre-Dame de la París Ucrónica de Antiterra. No es estatua decorativa. El edificio entero es su cuerpo: las naves son sus brazos, el ábside es su cabeza, los vitrales son sus ojos abiertos hacia adentro. Quien entra a Notre Dame entra en ella; quien la profana, profana el aire del lugar; quien la atraviesa con espada, atraviesa lo que ningún cronista de Antiterra había osado atravesar.
Tiene heridas en el rostro. Partes del rosetón —pedazos del vitral grande de la fachada— están clavadas en su cuerpo: el vidrio coloreado le atraviesa los hombros y el costado, marca de algo que pasó antes del despertar y que no se ha podido reconstruir del todo. La electricidad la recorre: una corriente —rayo continuado, pulso que no se interrumpe— sostiene la vida petrificada. El cronista, que ha estudiado las efemérides correspondientes, no ha encontrado todavía la conjunción astrológica capaz de explicar la fuente de esa corriente. Eso debería preocupar a alguien.
La advertencia que llegó tarde
Paulus —bajo el nombre Paul Claudel que adoptó por economía y por costumbre francesa— se acercó a Henri en una calle de París, hacia 1886 A.D.A., con la intención de transmitirle dos cosas: el Libro_Azul —llave del tránsito temporal— y la advertencia explícita: “la Dama dentro de Notre Dame es sagrada y el Gran Khan quiere profanarla”. Pablo alcanzó a entregar el libro. No alcanzó a terminar la advertencia. Graz’zt —la mano de seis dedos en el carro de las cortinas— lo atravesó en el medio de la frase.
La cadena del archivo es —y el cronista la subraya porque le importa— doble. Por un lado: la advertencia se cumplió en su forma máxima, exactamente como Paulus había temido, lo cual da una medida de su precisión astrológica y de su tristeza. Por otro: Henri se enteró del libro y del peligro antes de morir Paul, lo cual le permitió llegar a tiempo a la catedral, en el momento del asalto, para asistir a la Dama en la única forma en que la Dama puede ser asistida —estando ahí—. La cadena cierra. La cadena que cierra al precio de Paul Claudel es la cadena que despertó a la Dama; y la cadena que despertó a la Dama es la única que mantiene la catedral en pie después.
El asalto
La operación se montó con disciplina militar. Gran_Khan —vrock de dos cabezas, especialista en detención del tiempo, profesionalmente impecable— estableció el marco táctico: congeló a los Reguladores en el momento exacto del cruce de las naves, dejando a la catedral indefensa durante un período cuya duración los testigos no recuerdan con precisión porque los testigos no recuerdan nada del tiempo en detención del tiempo. Grazzt, sin descender más de lo necesario, ejerció sobre la Dama —el cronista lo ha dicho ya en otra entrada y prefiere no repetir el léxico— un género de devoción que no se menciona en homilía. Las gárgolas se desprendieron de los voladizos: tres diablos gigantescos, parte de la fábrica del edificio, se incorporaron como cuerpos de defensa, lo cual sugiere que el edificio mismo —la Dama, recordemos, es el edificio— reaccionó antes que los Reguladores.
Henri La France asistió. Cómo asistió no se ha consignado en estas crónicas con la precisión que la importancia del acto pediría; los testigos vivos dieron versiones distintas y los testigos muertos —que son la mayoría— no pueden corregirlas. Baste decir que la Dama no terminó de profanarse; que el rosetón terminó de clavarse en su cuerpo como marca permanente; y que del acto, la cristiandad antiterrana no se ha recuperado del todo, lo cual era, presumiblemente, el efecto buscado por quien lo ejecutó.
La resurrección con cicatrices
Lo que vino después no fue restauración. Fue incorporación con marcas. La Dama despertó como estaba: con las heridas en el rostro, con el rosetón en el cuerpo, con la corriente eléctrica atravesándola sin pausa. Quien la vio antes y la vio después no encontró diferencia en lo esencial: la Dama era ya, antes del asalto, la figura que el asalto produjo. El acto no añadió cicatrices: las hizo visibles. [La observación es paulina; el cronista la atribuye porque le parece, además, exacta. —Anot. del archivero del Plata.]
La Dama en Sigil
Algunos doctrinarios —y el cronista, por temperamento, no es de ellos pero los registra— identifican a la Dama de Notre Dame con la Dama del Dolor de Sigil. La identidad es plausible en términos cosmológicos: una sola divinidad femenina superior que se manifiesta en dos lugares simultáneamente —una rueda planar suspendida sobre un obelisco; una catedral parisina petrificada en piedra—, con dos cuerpos y un solo dolor. Los teólogos que sostienen la hipótesis señalan, como prueba indirecta, que ninguna de las dos perdona la profanación: Sigil borra del registro al que mira directamente a la Dama; Notre Dame conservó las gárgolas que reaccionaron contra Graz’zt como advertencia permanente. La simetría existe. El cronista no se aventura más allá.
Vínculos
- Catedral de Notre-Dame — su cuerpo de piedra
- Henri_La_France — el asistente en el ataque
- Paul Claudel — el que advirtió, antes de ser atravesado
- Gran_Khan — marco táctico y detención del tiempo del asalto
- Grazzt — quien ejerció el acto
- Libro_Azul — el libro entregado a Henri para que llegara a tiempo
- Sigil — donde, según algunos, también está y gobierna
- Antiterra — el mundo gemelo cuyo aire ella sostenía
Apariciones
- Anterior al cómputo — encarnación en piedra dentro de Notre Dame, en quietud aparente
- 1886 A.D.A. — advertencia de Paul Claudel a Henri sobre su sacralidad
- 1901 A.D.A. — asalto, profanación bajo detención del tiempo, despertar entre las gárgolas, resurrección con cicatrices
- Ciclo presente — sobrevive marcada; algunos sostienen que también es la Dama del Dolor de Sigil