Infierno

Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.

En ANTITERRA

Itinerario para el que baja: primero el cielo se tiñe de una tonalidad roja; después llega el rumor —«ruidos, de gritos, de gemidos»—; después la luz se apaga «como si era noche». Quien haya leído estas tres señales seguidas ya no está eligiendo el camino: el camino lo eligió a él.

Un solo plano, muchas puertas

No es un lugar remoto ni sellado. Es un plano descendente «que va hacia el centro de la tierra», uno solo, pero de acceso múltiple: hay una entrada cerca de Jerusalén —zona que existe tanto en Terra como en Antiterra—, y los Álamos Negros, en Antiterra, tienen entradas similares. De alguna ciudad quedó dicho, sin más precisión, que «esta ciudad está en infierno»; cuál sea, y si lo está por ubicación o por condición, el archivo no lo aclara.

Los viajeros lo cruzan como parte de una ruta ordinaria. Se entra y se sale: hay quien testimonia el ascenso —«sube, me ha sacado del infierno»— y hay quien no ha vuelto.

El umbral

Lo primero que se pisa son las playas del infierno. Desde ellas se ven, a lo lejos, una fortaleza y un portal; se entra por un portal de llamas. Este cronista lee en ese conjunto una sola frontera: el portal es la puerta, la fortaleza la vigila, las playas son el terreno donde llega quien acaba de entrar. No es un paisaje: es una aduana.

Se entra de tres maneras. Voluntariamente. Llevado por el portal de llamas. O como condena, y aquí la sentencia tiene una forma exquisita: «lo único que tengo que hacer no es enfrentarme a vos, aunque te podría destruir, sino dejarte pasar y entrar vos solo en el infierno». Contra quien se opone a la voluntad de la diosa, el castigo no es la espada del guardián: es la puerta abierta.

La cuenta de los círculos

El descenso es finito y —cosa rara entre los planos— cuantificado. Nueve círculos hacia el centro de la tierra, medibles en millas: «yo pude medir las millas de algunos de sus círculos», dejó dicho un viajero, aunque la cifra no quedó fijada. Otra tradición cuenta al menos siete, con testigos parados «en el borde del primer círculo». Las dos aritméticas conviven en el archivo como conviven dos escuelas de agrimensores que midieron el mismo abismo con varas distintas; este cronista no va a laudar entre ellas. Se registran además otros layers del infierno que hay que «abrir» — si son los mismos círculos con otro nombre o un segundo eje de la geografía infernal, nadie lo ha establecido.

Lo que sí es firme: la bajada está regulada. «No se puede ir más abajo sin pasar antes por el lugar del guardián.» Cada círculo tiene su guardián, y la verticalidad es custodiada de punta a punta.

El régimen del tiempo y del alma

Adentro corren días. Se puede descansar y recuperarse de combate —«pasa un día, sí, tienen que ir a descansar»—, pero el tiempo se dilata: una noche en el infierno equivale, para quien la vive, a una semana. Y la permanencia cobra: «su alma fue corrompida al estar tanto tiempo en el infierno». Toda estadía tiene costo medible; el umbral exacto de la corrupción, en cambio, no está medido, y esa asimetría —costo cierto, límite incierto— es quizá la trampa más fina del lugar.

Dos poblaciones, una guarnición

La población interna se divide en dos clases jurídicas distintas: los condenados, castigados por sus malas acciones, y los rehenes del infierno, prisioneros que no fueron condenados por culpa propia y se retienen como prenda. Esa doble población es lo que exige jerarquía en lugar de castigo uniforme: hay paladinos del Infierno, hay alarmas, y la fuga es un asunto político. El demonio que escapa es reportado a autoridades superiores y sujeto a castigo. Baphomet lo sabe: «escapó del infierno pero el infierno lo busca». La jurisdicción del plano no termina en sus círculos; se extiende hacia arriba, hasta Antiterra, en forma de persecución.

Entre los que no volvieron está Luca de los Medici, desaparecido allí. El archivo mismo marca la duda de si está muerto o retenido, y este cronista la conserva intacta, porque en un lugar que toma rehenes la diferencia entre muerto y retenido es, precisamente, la cuestión.

Las otras caras del pozo

Sobre el sitio donde reside Armagedón el archivo acumula figuras que no unifica: «están en el infierno que es un pozo sin fondo, digamos están adentro de ese volcán, tal vez es un nido de amor» — pozo sin fondo, volcán, zigurat y nido de amor, cuatro descripciones del mismo lugar. Y en el registro cosmológico babilónico, el camino del infierno está «hecho con una cortina de pleromas» — esos sirvientes del tiempo, la muerte y la eternidad. Si el infierno babilónico y el de los nueve círculos son el mismo plano, regiones de un plano, o planos que comparten nombre, el archivo no lo dice. Coexisten, como coexisten en toda biblioteca los mapas que no cierran entre sí.

Del aspecto general quedó una confesión de modestia que este cronista transcribe sin adorno: es «medio genérico». Los abismos verdaderos rara vez necesitan ser originales.

Advertencias del cronista

Quede el lector prevenido de todo lo que este mapa no muestra. No hay descripción física de los círculos individuales más allá del borde del primero, ni de la fortaleza por dentro, ni del rostro de los guardianes. No se registra con qué se paga, se negocia o se rescata a un rehén — y ese silencio, en una institución que vive de retener prendas, es el más elocuente de todos. No se sabe quiénes son las «autoridades superiores» ante las que se reporta una fuga, ni dónde está la cima de esa jerarquía: el plano que todo lo cuenta hacia abajo no deja contar hacia arriba. Y quede en pie la disputa de las escuelas: siete círculos o nueve, layers o círculos, pozo o zigurat. El que baje a medir, que vuelva a contarlo. Los que bajaron a medir, hasta ahora, o volvieron corrompidos o no volvieron.

En VALA

Toda guía de ruta empieza diciendo cómo se llega. Esta empieza diciendo que no se vuelve: la puerta «no se puede atravesar en la reversa bajo ninguna circunstancia», y los accesos que quedan están en desuso — «hace mucho que nadie se animaba a pasar por este lado». Uno de esos pasos, además, engaña: no da al primer nivel sino directo al quinto. El baqueano que firma esta entrada la escribe para el que va a bajar igual.

El embudo

«Un cono, invertido al estilo Dante, Divina Comedia»: una «larga espiral descendente hacia la condensación y el frío y hielo de las alas agitadas». A la vista parece «una gran caverna», pero «en realidad hay una cantidad enorme de territorio», y sobre todo él pesa «una noche eterna, pero hace calor igual». Son nueve niveles en círculos concéntricos que se estrechan, agrupados en «cinco peldaños que tenés que bajar», unidos por acantilados con escaleras talladas, puentes, y colas de almas que «terminan en algo que te tira por el aire y se precipita hacia el fondo». Por debajo de todo, antes del limbo propiamente dicho y del primer círculo, hay una antecapa del limbo donde esperan los indecisos.

La progresión es topográfica y moral a la vez: cada círculo corresponde a un pecado —el segundo a la lujuria, el cuarto a avaros y pródigos, el sexto a brujas, iras y furias—, y por eso el descenso es también sentencia. No es un decorado: «hay una ecología en el infierno». Y no trata a todos igual: «para algunos es casa, para otros es un desastre».

Conviene decirlo ya: no todas las escuelas de cartografía aceptan el embudo. Hay una versión que lo niega de plano — «no está dividido en niveles, a eso voy… es más bien territorio; esto sería América, esto es África» —, es decir, regiones que replican la geografía del mundo conocido. Las dos lecturas circulan; este cronista las anota y no arbitra.

Dónde queda, si es que queda en algún lado

Hay un solo Infierno y lo abarca todo: «No hay nada fuera de acá del infierno. Esa es la información que tienes». Limita con el plano astral —«el plano astral tiene su costado en el agujero, que es el infierno»— y en ese borde se abre «una zona de confusión». De vivos no hay casi ninguno, porque «acá no pasan vivos»; de almas y de ciudades, en cambio, está lleno, y las ciudades llevan «como si fueran miles de años» en pie. Define por contraste al resto del mapa: Vaitopia «no te recibe» si venís de acá, y el acceso a Sigilo «hacía rato estaba cerrado».

El juicio y el imán

Toda alma que llega pasa por Minos, «que juzgue con qué círculo le corresponde», y baja al que le toca: «nosotros vamos a ser separados al círculo que nos corresponde». Con él se ha llegado a combatir antes de caer al segundo círculo. La atracción no es capricho sino mecánica: «la ley del equilibrio constante es un imán que tira hacia abajo el diablo por tu pecado».

El cuerpo vivo, ahí abajo, pesa: «a diferencia de la mayor parte de los seres que están allá tiene pesos», y ese peso se siente como carga en la espalda — «la ley del receso», «un peso permanente que no puede saltar». Sopla además «un viento que les va quitando la vida». Las almas son masa ectoplásmica: intangibles de a una, pero «sí empuja cuando son muchos, son 23 más 23 más 23 son intangibles pero tienen fuerza», y «en la masa ectoplástica hay un peso».

Los círculos que esta guía conoce

El segundo es el del torbellino: «en lugar de la lujuria hay vientos, borrascas, lluvias de piedras», en un ruedo de al menos una milla de diámetro, con «distintas luces sincopadas que se ven como luciérnagas» y muy pocos lugares con reparo del viento. Sus condenados danzan con la cara cubierta por una calavera de animal, una calavera dorada, porque «una de las penas es la vergüenza». Entre esos danzantes se ha reconocido a Semíramis, a Cleopatra, a Helena.

El tercero es barro: «es como si fueran charcos», con aguas «menos cloacal que el resto de las aguas»; está un poco más arriba, y allí «llueve mierda». Del segundo al tercero median 33 metros de acantilado, salvables por «una escalera tallada en piedra». En otras zonas se levantan vientos y hay huracanes. Hay fortalezas —una mide 80 pies de punta a punta— y hay cuevas, único sitio de reparo: porque «en el infierno no se descansa», salvo que se consiga una.

Cada círculo tiene guardián asignado, antiguos y actuales, y el cargo puede quedar vacante. Del quinto: «¿y cuál es el guardián actual? Nadie».

Lo construido

El Infierno fue hecho: «lo que hoy conocemos como el infierno, eso lo hicieron los diablos, lo tienen los kings en Lucifer», y estaba vacío hasta que recibió las almas del universo de Vala. Sobre la geología punitiva se apoya esa capa construida: torres rojas, un coliseo con varios espejos negros gigantes que sirven de ventana al público de afuera, «una especie de estructura de mármol con dos pilares», «pozos de infierno» abiertos en el terreno, y en un esquema del plano, «los niveles, las piedras, mejor dicho, los cristales que se veían como bolas», usados para guardar algo dentro — qué, no se sabe.

Hay brumas, hay un río, y hay «puentes difíciles» para llegar a Dite, la ciudad donde opera la política y donde estallan las revoluciones. Porque el Infierno, con todo, es «un lugar de costumbres bien formales» — y quien rompe la regla fundamental queda proscripto en el acto: «todo el maldito infierno te viene a buscar».

La excepción a toda esta economía son las catedrales. Lo dijo Tell, guía en estos rumbos: «son los únicos lugares que hasta en el lugar más hondo y profundo mantienen su integridad y dan una luz en el infierno». En una catedral trasladada al Infierno se hizo el funeral del maestro Kisándal.

Morir adentro

Al que baja ya muerto, el Infierno lo tiene cobrado: «al ya estar muerto ya reclamaron su alma». Quien muere dentro «se vuelve una ceniza y cae río abajo hasta el próximo, donde se regenera». Pero en Dite la regla se corta en seco: «no hay resurrección ni siquiera por linterna… bajo ningún medio, es la muerte». La ceniza que regenera y la muerte sin apelación conviven en el mismo plano; el viajero hará bien en saber en qué jurisdicción está parado antes de arriesgar el pellejo.

La salida, que es disputa

Sobre el regreso hay tantas doctrinas como bocas. Una dice que «no se puede salir de ahí… bajo ninguna circunstancia» y que «no hay nada fuera del infierno». Otra, atribuida a Bolivia, sostiene que «solo hay dos posibles caminos para salir de este infierno» — sin decir cuáles. Y una tercera enseña que «la única manera para salir es hacia abajo»: que las almas «tienen que pasar los nueve niveles y se quedan liberadas». El precedente que se cita es viejo: Teseo intentó bajar y quedó atrapado, y solo se liberó cuando Heracles descendió por él. El descenso, en todo caso, no se mide en jornadas de marcha: entre capas se han contado tres historias seguidas de diez años cada una.

Advertencias del baqueano

Acá el que escribe suelta las riendas y confiesa lo que no sabe. Nadie ha conciliado los círculos con los territorios que replican regiones del mundo: si son dos lecturas del mismo plano o dos zonas distintas, queda abierto. Nadie ha nombrado los dos caminos de salida de Bolivia, ni enunciado la regla fundamental cuya ruptura moviliza a todo el Infierno. Del río no hay nombre, ni curso, ni certeza de que sea uno solo, aunque de él dependa el ciclo de la ceniza. Los cristales como bolas guardan algo —¿prisiones, reservas de alma, arquitectura?— y los pozos de infierno no se sabe si son accidente del terreno o castigo con forma de agujero. De los guardianes anteriores de cada círculo, y de por qué el quinto quedó sin nadie, silencio. Se habla de un «Infierno de Andes… que es en 1300»: si es el nombre de un Infierno particular o el eco deformado de otro nombre, este cronista no lo va a decidir. Tampoco si «la ley del receso» y «la ley del equilibrio constante» son una ley con dos nombres o dos leyes distintas. Y faltan por entero: Dite por dentro, las catedrales por dentro, y el primero, el quinto y el sexto círculo, de los que solo conocemos el pecado y la vacante.

Véase además: Jerusalén · Armagedón · Baphomet · Luca de los Medici · Guardianes · Dite · Minos · Vala · Plano astral


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.