Ciudades Invisibles

El que parte hacia el oriente por el camino de las caravanas lleva consigo un mapa, y el mapa miente por omisión: veinticinco ciudades no figuran en él. No porque el cartógrafo las ignore —están mapeadas, las veinticinco— sino porque el mapa no es el modo de encontrarlas. Se encuentran «allí donde van las encuentran, a veces afuera de los mapas normales, incluso más lejos de la ruta de la seda». Cinco tienen nombre dicho: Diomirra, Isidora, Teodora, Zenobia, Sofronia. «Son nombres de mujer.» Las otras veinte esperan que alguien las pronuncie.

Del desierto como velo

La invisibilidad de estas ciudades no es un prodigio: es una cuestión de escala. «Como el desierto es tan grande, si vos no vas con una caravana y demás no las ves.» La caravana, entonces, no es transporte sino órgano de visión: quien atraviesa el desierto solo, atraviesa un desierto sin ciudades; quien lo atraviesa ensartado en el hilo de la Ruta de la Seda, ve aparecer una por una las que el mapa calla. Las regiones donde se asientan conservan «los nombres viejos que tenían» —el territorio recuerda—, pero las ciudades mismas están ocultas y ennegrecidas, «ocultas a una manera tomada por la sombra de los diablos».

De la oquedad

Cada una de estas ciudades es hueca. No maciza: cuerpo vacío. Y esa oquedad es su condición y su desgracia, porque lo hueco se llena, y lo que las llenó fue la sombra de los diablos, que se «engancha» en el vacío como el viento en una campana. El resultado es una ciudad que existe con su nombre viejo y su región reconocible, pero ennegrecida por dentro.

Bajo ellas corre un mundo interior de cavidades y pasajes: «esto es un mundo interior, ¿se entiende? Pero que hay un agujero. Esa es la próxima ciudad». El agujero no es accidente del terreno: es puerta. Se sale de una ciudad por perforación y se entra a la siguiente. Superficie desértica que oculta por extensión; subsuelo que conecta por perforación. Las veinticinco no son una dispersión: son una cadena.

Del arte de despejarlas

No se las libera con la espada ni con el trámite. El procedimiento es otro: «a medida que vemos cada ciudad tomamos como una decisión medio filosófica de cómo despejarla, volverla a la luz». Cada ciudad plantea un problema distinto, y su resolución es una decisión. Los deseos son el instrumento declarado para liberarlas: veinticinco ciudades, veinticinco decisiones de cómo devolverlas a la luz.

Esto no es casual en su época. El ciclo de estas ciudades transcurre unos ciento ochenta o ciento noventa años después de Dante y del descubrimiento de los portales del Infierno, «en un mundo donde ya el individuo puede elegir perfectamente un camino». La libertad de elección del individuo y el método de despejar cada ciudad por decisión son la misma cosa vista desde dos lados: un mundo que aprendió a elegir engendra ciudades que solo se salvan eligiendo.

De que las ciudades caminan

Quien crea que la geografía es cosa fija, atienda: criaturas del tipo Oblivion «llegaron incluso a hacer que las ciudades invisibles, en algunas épocas pasadas a ustedes, se movieran y acabaran con ciudades». Una ciudad invisible puede desplazarse y, desplazándose, destruir. El mapa que las omite tiene, al menos, esa excusa: es difícil cartografiar lo que camina.

De los que las escribieron

Se dice que Marco Polo «escribió las ciudades invisibles con él» — asociado a la obra que las registra. Y se las nombra en relación con Florencia: «los de Florencia, las ciudades invisibles». Qué liga a la ciudad del Arno con estas veinticinco del desierto, la frase lo afirma pero no lo explica; este cronista transcribe el hilo y confiesa no saber de qué telar cuelga.

Advertencias del cronista

Mucho es lo que el archivo calla, y el viajero prudente lo sabrá antes de partir. No se ha resuelto qué significa exactamente que en lo hueco algo se pueda «enganchar»: si posesión, si control, si vínculo con otros planos, si otro mecanismo sin nombre. Faltan los nombres de veinte de las veinticinco. De ninguna ciudad hay descripción: ni arquitectura, ni tamaño, ni habitantes, ni siquiera si están pobladas o vacías —ciudades de las que se sabe que existen y no cómo son, lo cual es quizá la forma más pura de la invisibilidad. Tampoco consta cómo operan los deseos que las devuelven a la luz: quién los formula, con qué costo, cuántos por ciudad. Por qué todos los nombres son de mujer, los registros no lo dicen. Se ignora qué desierto es este, respecto de qué extremos de la Ruta, y qué significa en términos de camino andar «afuera de los mapas normales». No se sabe si el mundo interior de cavidades encadena a las veinticinco o solo a algunas, ni si el orden de la cadena es fijo. Y de las épocas en que los Oblivion las hicieron moverse, ni fecha ni lista de las ciudades que aplastaron. El que vaya, que vaya en caravana; el que vuelva, que traiga nombres.

Véase además: Ruta de la Seda · Oblivion · Marco Polo · Florencia


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.