Bajan por el callejón con lo que juntaron —un espejo, un collar de perlas, una tabla, un cofre—; uno sonríe y otro llora.

Los niños de Savonarola, sus seguidores histéricos.


La otra mitad del poder del monje, y la más incómoda de mirar. Lo que él junta son niños y gente llorosa — y de ahí sale el nombre con que la ciudad los conoce: los que lloran.

No son público: son método. Son ellos los que llevaban a todos a desprenderse de sus bienes, casa por casa, para alimentar la hoguera. Una devoción de chicos aplicada a la tarea de vaciar los hogares de sus padres.

Y son la medida moral del propio monje. La noche del atentado, antes de que empiece la violencia, cierra los ojos y los manda a sus casas — y eso es lo que lo delata: sabía lo que venía. «Creo que lo supiste en el momento en que alejaste a los niños.»

Después del atentado, en el paneo de la ciudad en pánico, la imagen se da vuelta: los niños se fueron, y los que hacían llorar a Florencia ahora lloran, y sus ecos corren por calles extremadamente vacías.


Vínculos


En el papel

El cuaderno del arco es C41, donde están anotados Savonarola y la hoguera (p13, p15, p18, p74). [R] Los llorones como grupo todavía no aparecen con nombre propio en esas páginas: están firmes en la prosa jugada. A verificar en el cuaderno físico.


[R] — Capa asertórica de mesa. Entidad de CIUDADES INVISIBLES minada del cruce entre la crónica jugada y el cuaderno C41. Pendiente de cotejo con el cuaderno físico.