Florencia

«Se le puede ver hermosa desde las colinas de Fiesole.» — consejo de viajero, recogido antes de entrar por las murallas

Quien llega a Florencia llega dos veces: primero desde las colinas de Fiesole, donde la ciudad se ofrece entera —cúpulas, estandartes, el Arno «que corre desde ciertas alturas»—, y después por las puertas, donde la ciudad se cierra en callejones, campanas y torres. Es «una de las ciudades más grandes de toda Europa» en el año 1300: cien mil almas en vida urbana o semiurbana, tres murallas que se han ido expandiendo como anillos de un árbol, y en el centro una plaza mayor donde el poder, la fe y el dinero se pisan los talones.

El plano se lee por torres

El Arno parte la ciudad y los puentes la vuelven a coser —entre ellos el Ponte Vecchio; del otro lado, lavanderas y pescadores—. Alrededor de la plaza mayor se aprietan el Palacio Vecchio, la Señoría, las iglesias principales y los hospicios: quien está en el centro nunca está lejos de la autoridad ni del sonido que la convoca. Pero el plano de Florencia no se dibuja por calles sino por torres: hay «un lugar donde hay espacio para 6 torres grandes», las más importantes en manos de los magnates, y en una de las seis se puede estar recluido. Las torres son el resto material de un poder expulsado del gobierno, y por eso duplican el centro como su sombra armada.

No todo está entero. Alrededor de una catedral «medio vacía toda un tanto quemada» hay un barrio abandonado dentro mismo de las murallas; nadie ha dejado dicho por qué ardió ni cuándo. Y desde que Lorenzo se encerró, «la ciudad se puso un poco más oscura».

La Señoría por dentro

La puerta principal de la Señoría se alza «como una especie de enorme castillo»: puertas dobles «hechas con delicado hierro sobrepujado», cúpulas con vitrales de tintes amarillos y verdes, escaleras dobles, techo de vitros y cristales con frescos, paredes de piedra gris adornadas con tapices dorados, estatuas en nichos, una puerta doble de bronce al fondo y dos armaduras grandes. En la Sala de Justicia cuelgan espadas cruzadas contra la pared junto con escudos, y «algunos han estado tarados de golpes» de las justas que se hacían ahí nomás: la justicia florentina guarda a la vista las marcas de cómo se dirimía antes.

El Duomo se levantó «usando el Panteón de Roma como eje», con andamiajes internos: Roma como medida, Florencia como ambición.

Cómo se gobierna una ciudad sin reyes

Gobierno cívico sin nobleza: seis priores, elegidos por los sabios de sus artes y por todos los colegios de los distritos, gobiernan obligados durante dos o tres meses y rinden cuentas «a sus artes, a sus pares». Cada prior lleva el manto del oficio que le corresponde —el viñatero, el de la sede de los paños, el gobernador de las artes, el portastandarte—. Encima está el gonfaloniere de justicia, que ratifica compromisos, autoriza misiones militares y nombra vicarios «que van en representación a tomar posesión y guarda» de castillos; a quien controla un castillo estratégico se le da el título y el lugar. El cargo lo ocupa Salvestro de Medici.

La ciudad se ordena en artes mayores, medias y menores. De las menores se conoce la lista: vinateros, posaderos, vendedores de sal, aceite y queso, curtidores, armeros, cerrajeros, manufacturas de herramientas de cobre, carpinteros y vendedores de madera —«implica incluso los leñadores de los alrededores»—, más panaderos, ropavejeros, albañiles, carniceros, zapateros, peleteros, médicos e importadoras de especias. Los panaderos son «de los más revoltosos, de los más revolucionarios».

Las Ordenanzas dejaron afuera a los magnates —caballeros y nobles— y, hace treinta años o más, a las familias gibelinas que servían al emperador, vencidas en Campaldino. Los magnates siguen siendo «los reyes caballeros de las batallas», tienen riqueza y torres, pero están fuera del orden político: la política «ha sido dominada ahora por comerciantes». Se legisla por voto —una ley puede estar votada en octubre—, una facción sólo vuelve al poder si convence a la gente, existe un Concilio Este «creado para dictar normas adentro de Florencia», y un protocolo menor de defensa permite aplazar las votaciones cuando hay discrepancia entre priores. Sobre el nombre de este régimen, las escuelas discuten: unos dicen que «es lo más parecido a una democracia, es un gobierno cívico»; otros, «yo no me animaría a decir democrático»; y hay quien lo llamó lisa y llanamente «República Teocrática». Los tres juicios están registrados; ninguno ha vencido.

La moneda que manda

Se paga en florines de oro de la casa: 24 quilates, 3,5 gramos, San Juan Bautista de un lado y la Flor de Lys del otro, «lo que implica la Santa Trinidad; por eso se llama Florine». El banco de Florencia emite pagarés que valen como efectivo y están «bancados incluso por Unión». La economía florentina manda sobre el mundo: cerrarle la provisión de madera —como hicieron los Donati— es un acto de guerra, y establecer una ruta comercial en el Mediterráneo «generará más hombres, más armas, más comida» para Florencia e Italia. Y sin embargo se pasa hambre, porque «todavía nos están atacando las fuerzas exteriores» — quiénes son esas fuerzas, la ciudad no lo confiesa.

Blancos y negros

Lo que está en juego en las intrigas «es la paz de Florencia», y esa paz es frágil, política y se mide en jornadas: «20 días sin accidentes». La ciudad está partida entre güelfos blancos —los Cerchi— y güelfos negros, «llevándola a punto de una guerra civil»; para evitarla se exilió a los más importantes de ambos bandos. Entre los priores figura Dante, acusado de corrupción, de mantener bandas armadas y de extorsionar para que callaran y votaran; le queda un año más antes de no poder abortar su misión. De Lorenzo se dijo que llevó Florencia «a una falsa república, a una vanidad sin freno, con los diablos»; su encierro oscureció la ciudad. Y Savonarola agitó las calles, hizo las hogueras de las vanidades y quiso una república teocrática.

Guardias de la noche, criaturas del borde

Hay defensa nocturna y sobrenatural: el guardián de la noche —el Oficial Nocturno— hace un círculo con dos dedos y se sobreimprime, como una ilusión, la imagen de un santo cuidando la ciudad: los Fundadores de Florencia, «bajo su protección». Las campanas suenan fuerte a las seis o siete de la mañana, «como si hubiera sido un llamado a misa, a destiempo».

En los bordes vive lo que el centro no admite: en los islotes del río acampan bohemios «con alguna conexión con un plano inferior»; en el contado se habla de brujas, y de un diablo que «vuela por Florencia». La jurisdicción termina en un lugar de aduanas —«no muy lejos también empieza la ley de Florencia»— y ahí, a la vera misma de los edificios de aduanas, está la taberna Nobis Krug, «este lugar tan turbio»: el mundo turbio pegado al edificio que representa la ley. Hasta hubo quien ofreció ahí bebidas nuevas: un tal Casemiro «Pepsico», con su Pepsi «en Florencia Libre».

Itinerarios

El contado de Pistoia es «el alrededor de Florencia». Muguelo queda a unos 30 kilómetros al norte; Arezzo y el Casentino, a dos jornadas del otro lado de los afluentes del Arno; un castillo del norte, a dos días de viaje. Los Conti Guidi «han tenido su buen trato con Florencia»; con Milán, ciudad gibelina, hay «buenos tratos» hoy, aunque se admiten guerras pasadas. Hacia afuera: Milán, Roma, Venecia; y Chipre a diez días por mar, o por tierra pasando por Turquía y Anatolia —«un año», se dijo, como manera de decir—. De Campos Verde, tierra natal de Luca de los Medici, sólo consta el nombre y su vínculo con la ciudad. El clima es de verano con tormentas: sale el sol «de una manera extraña», se ven nubes, cae resolana, «podría haber algún arcoiris en algún lado», gotitas de lluvia pese al sol; y nevar, «en muy extrañas ocasiones ha nevado de verdad». La lengua común es el toscano, el vulgar.

Advertencias del cronista

Este cronista debe confesar la disputa mayor de sus fuentes: los registros fijan «Año 1300, exactamente. Clavado.», con Dante entre los priores — y a la vez ponen en la misma Florencia a Lorenzo encerrado, a Salvestro de Medici como gonfaloniere y a Savonarola predicando en las calles. Dos Florencias, o una sola con los siglos plegados como los anillos de sus murallas: las voces no lo deciden, y este cronista tampoco. Quedan abiertas, además, otras cuestiones: si las seis torres del plano y las torres de los magnates son las mismas; qué artes integran las mayores y las medias, de las que sólo se conoce la sombra; qué cargo es el «Conferente di Giustizia delle Arti» y en qué se distingue del gonfaloniere; qué alcance tiene el Oficial Nocturno como institución —los germanos hicieron de la ciudad un verbo, «Florenzen», y la competencia de ese oficio sobre tales costumbres no está establecida—; cuántas puertas y distritos tiene el plano, que se menciona pero no se despliega; por qué ardió el barrio de la catedral; y qué quiso decir quien dijo «Florencia donde has caído»: ruina literal, momento por venir, o figura retórica. El que viaje, pregunte dos veces; el que gobierne, cuente los días de paz.

Véase además: Milán · Chipre · Donati · Salvestro de Medici · Savonarola · Unión


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