Sigil

“No hay dioses, no hay reyes; sólo puertas. Los planos cambian; las puertas, no.” — inscripciones que el peregrino encuentra al pie de los faroles de Sigil, sin atribución, conservadas por costumbre.

La ciudad-rueda invertida flotando en el cielo —el anillo monumental erizado de torres, calado por mil ventanas, sin cuerda ni cadena que lo sostenga, lo cual es exacto— y en cambio, abajo, suspende el callejón y los faroles y los carteles en una perspectiva de quietud nocturna que el visitante reciente nunca encuentra. Sigil no descansa. Sigil cambia. El cronista lo aclara para que el lector no se haga falsas ilusiones sobre el realismo de la imagen, aunque debe admitir que la mano acertó con los carteles: “PLANES CHANGE, DOORS DON’T”, “NO GODS NO KINGS ONLY PORTALS” — son las dos sentencias que más se citan en la jerga de los nativos y que más exactamente la describen.

Lo que es

Sigil —en las lenguas mayores La Ciudad de las Puertas, en las menores La Rueda, en boca del peregrino cansado simplemente la Ciudad— es un anillo monumental suspendido sobre un obelisco de piedra vetusta cuya altura ningún astrónomo ha medido y cuyo origen ningún teólogo recuerda. La rueda flota con la cara interior hacia arriba —el visitante mira al cielo y ve calles, edificios, plazas; mira hacia abajo y ve el techo de la calle opuesta, lo cual produce, los primeros días, vértigos de los que se acostumbra—. No tiene puerto, no tiene ruta, no tiene aeronave que la alcance: la única forma de entrar y salir es a través de sus portales, cuyas llaves son objetos arbitrarios —una astilla de madera, una palabra mal pronunciada, un escarabajo seco, un anillo de cobre, un nombre que ya nadie recuerda— o condiciones específicas —amar a alguien que no se sabe ama de vuelta, pronunciar una mentira sin saber que lo es, doblar a la izquierda en una calle sin nombre—.

Cumple el rol de eje del mundo para toda la cosmología de planos exteriores; todos los portales llevan a ella, como todas las carreteras llevaron una vez a Roma —comparación que el cronista usa con la cautela del que sabe que Roma terminó por caer y Sigil, por lo visto, no—. Quien la pone en paralelo con la Nueva York medievalizada acierta en lo urbano. Quien la pone en paralelo con la Atenas clásica acierta en lo filosófico: Sigil es ciudad de facciones-doctrinas, igual que Atenas fue ciudad de escuelas.

Las facciones

Quince son las grandes, según los registros más antiguos —el archivero del Plata advierte que la cifra varía con el siglo, y que algunas se han disuelto y otras todavía no han nacido—. Cada una sostiene una doctrina total sobre la naturaleza del cosmos, y cada una la impone a sus miembros con un rigor que en la Tierra reservaríamos a las órdenes monásticas. La que más concierne a estas crónicas es el Harmonium —la policía orden-platónica de la ciudad, dura y razonable en partes iguales—, en la que los héroes del ciclo MC se enrolaron casi sin querer, llevados más por las circunstancias que por la doctrina. Que se haya enrolado un hombre cualquiera en el Harmonium sin entender bien lo que el Harmonium pide es —según los cronistas que llevan estadística— la forma habitual de pertenecer a él.

La Dama del Dolor

Por sobre las facciones, por sobre los doctrinarios, por sobre los magos y los demonios y los peregrinos —en silencio absoluto, en una soledad que ningún mortal ha sabido describir sin morir en el intento— gobierna La Dama del Dolor. No se le habla. No se le mira directamente. No se la nombra sin razón. Los que intentaron alguna de las tres cosas no figuran en las listas de habitantes vivos. El cronista anota lo que las listas anotan; no comenta lo que las listas callan.

Ella es la autoridad última de Sigil, y por extensión de las puertas, y por extensión —si las cosmologías más amplias aciertan, y conviene contemplar la posibilidad de que no acierten— del modo en que los planos se enlazan entre sí. Cuando Grazzt la profanó en el cuerpo de su réplica antiterrana, se rompió algo que ni la cristiandad antiterrana ni los doctrinarios de Sigil han sabido reparar.

Hipótesis de las múltiples Sigils

[El cronista la anota con todas las cautelas que la doctrina astrológica le impone, y advierte al lector que la hipótesis no goza, hasta la redacción de esta entrada, de la sanción de los maestros mayores. —Anot. del archivero del Plata.]

Ciertos cronistas modernos —y el oficio del cronista, recordemos, exige registrar también las opiniones que él mismo no comparte— sostienen que la Sigil que el peregrino visita no es la única. Habría, según ellos, una Sigil primerala nave madre, así la llaman, con un vocabulario que el cronista no se aventura a explicar—; los teletransportadores rudishva del Camino de Medianoche serían fragmentos de su sistema mayor; el Faro Brillante sería componente o eco; la cristalización de las máquinas habría sido el mecanismo de ruptura entre la nave madre y los dominios menores. Hay, en esa hipótesis, una Sigil por cada eje, una Sigil por cada época, una multiplicación de Sigils que se replican y se contradicen sin jerarquía clara.

El cronista, por temperamento y por estado, se inclina por la versión únicauna Sigil, gobernada por una Dama, suspendida sobre un obelisco— y atribuye la hipótesis múltiple al excesivo entusiasmo de los teóricos de las naves estelares. Pero deja anotada la posibilidad. Las hipótesis que se descartan demasiado pronto regresan como certezas en el ciclo siguiente, y el cronista, que ha visto regresar a Paulus mismo, no descarta nada con facilidad.

Vínculos

Apariciones

  • Continuamente, desde antes del cómputo. Ningún cronista ha registrado su fundación; ningún ciclo ha registrado su caída.
  • Episodios mayores en el cosmos compartido: enrolamiento de los héroes en el Harmonium; tránsitos de Reguladores antes del ciclo final de Antiterra; eco de la profanación de la Dama, sufrido a distancia.