Sigil

Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.

En ANTITERRA

Itinerario: desde cualquier parte. Distancia: ninguna, o toda. Medio de transporte: una puerta, un portal, una llave — que puede ser una moneda que llevás en el bolsillo sin saberlo. Así se llega a la única ciudad del cosmos a la que «todos los caminos conducen», y a la que, «técnicamente, no se puede entrar».

La espina y la dona

«En el centro del cosmos se hace una espina gigante […] arriba de eso hay una dona»: esa dona es Sigil, suspendida en el aire, en la cima de la espina, flotando sobre el centro de las tierras exteriores. Y aquí el viajero debe detenerse a considerar la arquitectura del imposible: la espina es un lugar donde no hay magia; el centro de las tierras exteriores es un sitio donde tampoco hay magia ni conexiones planares; y sin embargo, «justo en el centro de donde tendría que no haber magia absoluta está toda la magia». Sigil es el único lugar del mundo donde existen no una conexión sino todas las conexiones. La Roma de los planos se apoya sobre el punto muerto del cosmos, y ese contrasentido no es un defecto de la ciudad: es su fundamento.

De ahí que no se llegue caminando. Abajo espera la caída, y la caída no perdona: «si vos te tirás o si desaparecés, te vas muerto». La puerta es el único camino.

El bulevar y la feria

Adentro, la ciudad está amueblada como ciudad. La calle principal es un bulevar, «muy buena», y ahí se da la feria; sobre el bulevar hay negocios y cositas, y todo un sector dedicado al comercio arcano: «toda esta zona es de magia, cosas mágicas que se venden». La luz es de interior sagrado — el lugar «parece estar embebido de luces hermosas y místicas de una iglesia. Y algo oscuro, también».

La población de calle incluye lo que en otras partes sería monstruo: puede verse caminar «un dragón con un hombre chanchita de la mano en una cafetería». Demonios, en cambio, no: «está mucho más civilizada la ciudad, es raro ver un demonio». El tráfico universal exige civilidad, no tolerancia. La ciudad produce además cultura material reconocible — hay lentes que en otros planos se identifican como «lentes parecidos a los de Sigil», y la figura de Claude Plat los usa a veces — y es, entre otras cosas, la capital de la moda del multiverso.

Puertas, llaves, sellos

Sigil funciona por puertas. Se entra y se sale por portales, y los portales se abren con llaves; una llave puede ser cualquier cosa, incluso una moneda: «la moneda era una llave de un portal y pasabas por una esquina». La otra vía es el sigil sigilórico — «los códigos, los sellos», «los signos, las marcas, un patrón determinado» —: quien lo sabe abre paso entre lugares, y en su forma de conjuro transporta a lugares que el que lo lanza conoce. Dentro del anillo, la magia de teletransportación funciona sin restricción alguna.

La misma palabra nombra a la urbe y a las marcas que hacen portales: Sigil es a la vez la ciudad y el sello que la abre. La ciudad es su propia llave.

La accesibilidad, con todo, no es constante: «hay momentos donde está activa y momentos donde no», y las puertas están abiertas o no lo están. Nadie ha dejado escrito qué gobierna esos ciclos. También se llega por proximidad planar: Shogtot «puede llegar a llevarlos cerca de Sigil». Y pesan sobre la ciudad tres prohibiciones duras: los dioses no pueden entrar — es el único lugar del cosmos que les está vedado —; «técnicamente, no se puede entrar a Sigil»; y el que se tira del borde o desaparece de la ciudad, muere o se disuelve.

El hundimiento y los trece años

Fue Eliseo quien, antes de la toma de Grecia por la oscuridad, eligió la altura: «se fue a Sigil, a fundar Sigil». Después vino el hundimiento — de qué mano, el archivo no lo dice — y la ciudad quedó «mucho tiempo así»: en la época de Flor era «todavía todo un grumo de tierra que hubo que volver a hacerlo», cerrada durante más de mil años, dos mil, tal vez tres mil en tiempo de la Tierra.

Hace trece años, los reguladores la reactivaron. Con ella se activaron los portales otra vez, y con los portales se ordenó el resto: «Sigil está reconstituida. Los planos. […] El cosmos está en orden». Se salvó de la peste. Estar en Sigil en aquellos días no era estar en una ciudad más: «estabas construyendo una ciudad, estabas siendo parte de la construcción del cosmos, tenías acceso al resto de la existencia del universo».

De la ciudad reactivada tuvo residencia Mauro Zanabria, que vivió ahí como mercenario; Ariel guarda con ella un vínculo propio, recibió llamado a Sigil y puede ser invocado a través de ese lazo. Y de dos habitantes solo quedó dicho esto: «se nos fueron dos».

París, o la parte poblada

Cuando los portales se reactivaron, «levantaron París para que tenga habitantes y que tenga constitución» — los planos «que es París» —. La obra pendiente se enuncia en esos mismos términos: «hay que subir a París y después ponerle a habitantes», y se dio para ella un plazo de una a dos semanas hasta que Sigil esté lista. Si París es un barrio de Sigil, su sostén, su doble o su parte poblada, es cuestión que las versiones no cierran, y que este cronista deja como la recibió.

La ciudad de las ciudades

Hay quienes trabajan sobre las ciudades invisibles con Sigil como destino final: cuando se sepan todas, se hará Sigil — porque «sigil quiere decir emblema», y ella es «la ciudad de las ciudades, la ciudad de las puertas» —, identificada con el Aleph, «la puerta de té», «el principio».

Contra todo esto opera una facción nueva, sin nombre registrado, que trabaja en contra del sistema entero: «está cerrando puertas, está tapando portales, destruyendo llaves», para mantener los planos separados. El viajero está advertido: la llave que hoy abre puede mañana estar destruida.

Advertencias del cronista

Dos disputas de versión atraviesan esta entrada y no me corresponde zanjarlas. La primera, sobre el estado de la ciudad: un testimonio afirma que «Sigil está reconstituida […] el cosmos está en orden»; otro, que «Sigil tiene que subir y todavía no está lista». Pueden ser dos momentos de la misma historia o dos escuelas sobre el mismo momento; el archivo no lo establece. La segunda, sobre el acceso: si «técnicamente, no se puede entrar a Sigil», ¿de dónde salen la feria, las cafeterías, los residentes? Falta la regla que hace excepción a la imposibilidad, y sospecho que esa regla es la ciudad misma.

Quedan además sin respuesta: qué hundió a Sigil y qué la sacó del agua; qué son los reguladores y con qué autoridad reordenaron el cosmos; quién enseña el sigil sigilórico y si pueden crearse sellos nuevos; cuánto cuesta nada en la feria ni con qué se paga, fuera de las monedas que son llaves; cómo son los lentes de Sigil y para qué sirven; quién es «la señora» ante la cual estuvo Ariel al recibir su llamado; quiénes eran los dos que se fueron. Y queda abierta la pregunta que el propio Narrador dejó formulada — «¿está Sigil o no está Sigil?» — cuya única respuesta registrada es «parece que sí está». Con eso deberá conformarse, por ahora, el que viaje.

En VALA

«Se llena con un millón de almas y se vuelve a la ciudad cosmopolita de las puertas.» — dicho de los que la vieron vacía y la ven volver

No busque el viajero a Sigil en ningún mapa de ningún plano: no está en un plano sino en el punto donde todos se tocan. Es el nexo del cosmos, y su forma lo confiesa: un Torus, un anillo cerrado sobre sí mismo, sin afuera. Una ciudad que solo se comunica con el resto del universo por puertas — y que por eso mismo pudo vaciarse por completo y clausurarse cinco años enteros, como en efecto ocurrió. Hoy se reconstruye y se repuebla, y el que la conoció antes no la reconoce del todo.

Aduana

Que el viajero no crea que se entra caminando. El acceso a Sigil es privilegio administrado: hacen falta «mis papeles, mis derechos para entrar a Sigil». Quién emite esos papeles y quién los deniega, el archivo no lo dice — pero la lógica del nudo lo exige: si en un solo lugar desembocan todos los planos, ese lugar necesita aduana. Y necesita cárcel: en uno de los barrios —se nombra el Ladies’ Ward— la prisión está a la vista, funcionando antes que el código. «Todavía no sabemos qué es portarse mal acá, pero está la prisión ahí.» La ley se aplica antes de estar explicitada; el visitante prudente actúa en consecuencia.

La ciudad que se levanta

Es una ciudad enorme «que está siendo construida, pero se construye de una forma»: arquitectura compleja, autos y barcos voladores circulando. Se conocen dos estados de la misma ciudad: la Sigil vacía —«Sogol vacía y fría», ya explorada— y la llena, con su millón de almas.

Esta encarnación trae novedades que el que estuvo antes debe anotar. Hay un lago que no existía: «hay un lago, boludo, adonde mira tu casa hay un lago». Es una poza expresiva «por algo, ¿no? Porque refleja todas las lucecitas que hay en el otro lado de la ciudad»: de noche devuelve entera la orilla opuesta, y por eso es de los lugares bellos de la ciudad nueva. Y hay portales internos, de un punto de Sigil a otro punto de Sigil —«cuando vos estuviste en Sigil no había portales a Sigil»—, con lo cual la ciudad se recorre por salto y no solo por calle. Lago y portales internos son el índice visible de que esta Sigil no es la anterior: el mundo está siendo rehecho desde su centro.

La ciudad nueva, además, está estratificada: «se está empezando a armar esta ciudad… pero viste que los dividieron en clases». Quién hizo la división y en qué clases, no consta.

El nudo de las puertas

Sigil funciona como conmutador del cosmos. Fue construida usando como semilla un portal del Epic con el que «podías hacer 64 portales en un lugar»: alrededor de esa densidad se levantó la ciudad entera. La ciudad está sembrada de portales, y todos exigen llave; sin llave, la Sigil vacía sigue siendo transitable, pero cerrada. De dónde salen las llaves y quién las guarda, es pregunta abierta.

De aquella era anterior de turismo planar circula todavía papelería vieja: brochures de paseos de los planos, con mapas para visitantes, del siglo pasado. Son escasos — se conocen dos.

Ficha catastral

La propiedad urbana existe y se compra: un terreno en Sigil se valúa en un millón de monedas de oro — cifra que Tormento ofreció como comprador. Un millón de almas cuando está llena; ninguna cuando está vacía. El resto de la geografía interna —qué barrios hay además del Ladies’ Ward, cómo se ordenan sobre el torus, dónde cae el lago respecto de la prisión— no ha sido levantado por ningún agrimensor que este cronista conozca.

Gobernación y decreto

El gobierno se organiza en facciones políticas a las que uno puede presentarse «a la gobernación», y la disputa es abierta: «hay una disputa por, digamos, quién maneja esto». La cuenta es simple: quien maneje Sigil maneja las puertas, y quien maneja las puertas maneja el tránsito de todos los planos.

Por encima de las facciones, la autoridad máxima legisla sin deliberación: «por decreto de la Dama del Dolor, no pueden vivir en Sigil» — dicho de los dragones azules, cuya falta no consta. Y hay una entidad que no permite que los dioses entren. Aquí las versiones se cruzan sin conciliarse: se afirma que en Sigil residen dioses y artefactos, que «hay pocos dioses que trascienden Sigil», y a la vez que la entidad les veda la entrada. ¿Son los residentes anteriores a la entidad? ¿Es la prohibición cosa de esta encarnación? ¿Se trata de dos categorías distintas de divinidad? Las escuelas no se han puesto de acuerdo, y hasta la cuenta misma de los dioses de Sigil es materia de disputa entre los que cuentan — sin número fijado.

Advertencias del baqueano

Acá conviene pisar el freno. Que el lago refleje lucecitas no vuelve amable al lugar: de Sigil quedó dicho que «eso siempre ha sido un reino del terror». El nexo no es un lugar seguro; es el eje del mundo, y los ejes cargan peso. Nadie ha explicado por qué la ciudad estuvo cerrada cinco años ni qué la reabrió; nadie ha explicado por qué apareció el lago, si es obra de la reconstrucción o consecuencia de otra cosa; nadie ha explicado el destierro de los dragones azules. De Sigil procede también el perro — el archivo lo consigna sin decir más. Y en sus calles se juega el teatro de los eventos mayores de la gesta, entre ellos los de La Jabalina. El que entre con papeles en regla, que igual duerma con un ojo abierto: en la ciudad de las puertas, toda pared puede ser una puerta que otro tiene la llave.

Véase además: Los reguladores · París · Ariel · Eliseo · La Jabalina · Dama del Dolor · el Epic · Tormento · Ladies’ Ward.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.