Nobiskrug
Al que llega a Jerusalén por el páramo, la ciudad no lo recibe: lo recibe antes otra cosa. Fuera de las murallas, al costado de una colina, casi subiendo, se recorta contra el crepúsculo la luz de una taberna ancha y baja. Es el Nobiskrug: «un lugar de muertos, un último rincón del mundo». La ciudad cierra, y el Nobiskrug es lo que hay del otro lado.
El paraje
El viajero lo advierte primero por el contorno, y después por los signos. Alrededor, páramos con niebla y humo a la hora del crepúsculo, y una arquitectura de tierra: «casi bunkers de tierra», con un aire que los cronistas registran sin poder explicar — «este lugar tiene algo alemán». La zona es prácticamente desierto y hace poco frío; pero el frío aumenta a medida que uno se acerca a la taberna, y ese crecimiento del frío sobre suelo desértico es la primera advertencia de que no se está llegando a una posada corriente. Al costado, establos de tierra, medio negros, de donde sale un piafar que a algunos les suena conocido. De qué bestias es ese piafar, el archivo calla; el que lo reconozca sabrá por qué.
El umbral
Se entra por una doble puerta —«una doble puertita»— y el piso baja: se desciende al entrar, hundido respecto del terreno. Adentro no hay cuartos ni divisiones: una barra enorme, una sola, que acomoda a todos en un mismo espacio bajo, sin intimidad ni separación de clases. Quienes viven ahí son endemoniados; quienes mandan son autoridades no muertas. No es sitio de población corriente sino punto de paso obligado para quien llega por afuera.
La aduana
El Nobiskrug es tres cosas a la vez: posada, taberna de una sola barra y puesto de frontera. La barrera tiene «un lugar para cobrar aduanas», y para pasar hay que pagar «un gastorio especial» — un cobro aparte, en moneda del lugar. Fue en ese cobro donde estuvo presente Virgilio, a quien se le señaló que «acá hay moneda». Los establos contiguos reciben las bestias que no entran a la ciudad y dan servicio de montura a quien llega o parte.
Todo el conjunto —barrera, establos, barra única— responde a una sola necesidad: la de un punto donde el viajero se detiene obligado antes de la muralla. La aduana lo frena y le cobra; los establos guardan lo que la ciudad no admite; la barra junta a todos los que esperan. Nadie pasa sin pagar, y quien no pasa se queda en ella. Por eso es umbral y no destino: marca el límite entre el mundo de los vivos amurallado y lo que queda afuera.
Reparos del cronista
Escribo lo que los registros permiten, y anoto lo que no. Cuánto es el «gastorio especial» y en qué moneda se paga, no consta: se dice que «acá hay moneda», pero no cuál ni cuánta. Se llama posada y no tiene cuartos; dónde duerme entonces el viajero —¿en la barra misma?— nadie lo ha dejado escrito. Tampoco quién cobra concretamente la aduana: si las autoridades no muertas, un tabernero, o un cobrador aparte. La distancia exacta a las murallas de Jerusalén no está fijada, ni qué se alcanza desde la colina que se ve al costado. El frío que crece al acercarse y la condición infernal del lugar están ambos registrados, pero ninguna voz los vincula, y yo no seré quien anude lo que el mundo dejó suelto. Y el rasgo «medio alemán» de esa arquitectura de tierra queda sin explicación: no se sabe si es estilo, procedencia de los constructores, o marca de otra cosa. El prudente pague, pase, y no pregunte de qué es el piafar.
Véase además: Jerusalén · Virgilio
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.