Centurión

Hace decenas de años que nadie lo ve. Y sin embargo esta ciudad se levanta cada mañana bajo su sombra: una estatua gigante en la plaza que lleva su nombre, una armadura que camina por ahí puesta en otro cuerpo, y un rumor que hace las veces de sistema de seguridad — mientras se diga que «está dando vueltas por acá cuidando las cosas», la ciudad se comporta como protegida. Esta crónica registra las tres formas en que un ausente sigue mandando: la estatua, la armadura y el nombre.

El bebé de la cápsula

Llegó a la Ciudad de la Libertad de bebé varón, dentro de una cápsula — un LifePod. La ciudad lo adoptó y lo llamó Mark. En su identidad secreta trabajó como profesor de Historia en la Universidad de la Ciudad de la Libertad; en la otra, la pública, fue «el Hugo Fundador de la idea de libertad» y miembro fundador de la Liga de la Libertad — aunque el que quiera afiliarse haga bien en preguntar a cuál, porque «en Liberty y en Freedom, son dos ligas diferentes».

Su linaje verdadero apunta a otra parte: vino de un mundo donde Roma se expandió globalmente y nunca cayó. El motivo romano lo atraviesa entero — se llama Centurión, se lo asocia a la Nueva Roma, y hasta su rival lleva por nombre August Roman. Es, además, una potencia psíquica de primer orden; su nivel es la vara con que esta ciudad mide el peligro, y así quedó dicho: «no creo que te vayas a enfrentar contra ninguno como Centurión esta vez».

El traje azul

«Un chabón rubio, con un traje azul, replantado tipo Superman.» Los colores característicos son el azul y el amarillo — los mismos que luce el Curator Dron, coincidencia que esta crónica anota sin explicar. Es «el Superman de este mundo», con todo lo que eso implica para un mundo que no tiene otro.

La armadura merece párrafo aparte, porque es una pieza operativa por sí sola: «se frena en seco sola», «empieza a imprimir algo adentro», genera reconocimiento facial con proyección holográfica, y su sistema de defensa se dispara automáticamente sin que el portador lo ordene. No es un traje: es un examinador. No basta ponérsela — ella verifica.

La estatua que reemplaza a la montaña

En la plaza Centurión, al lado de las torres tripletas de Nueva York — porque «acá no hay torres gemelas, hay torres tripletas, les dicen pirámides» —, se alza «la estatua de Centurión», gigante, vestida con el mismo modelo de armadura que hoy portan los compañeros: el monumento es también el manual de la equipación vigente. Ocupa el lugar que en otras versiones del mundo tienen los rostros tallados en la montaña — aquí no hay Rushmore; hay Centurión. Otra estatua suya está en la Ciudad de la Libertad. Y consta en la crónica que, en un momento dado, la estatua «se empieza a mover» — lo cual, tratándose de este hombre, no debería sorprender a nadie.

También tuvo experiencias en las Islas Británicas — «esto sí está grabado» —, incluida la escena del Stonehenge y del golpe.

El hueco

«Hace tiempo no se lo ve, hace decenas de años»: veinte o treinta. Desapareció luchando contra Terminus — que algunas voces registran como «Tárminos», y del que se dice que se lo llevó a la galaxia. Sobre su suerte circulan tres versiones simultáneas, y esta crónica las consigna sin casarse con ninguna: que murió; que se lo llevaron a la galaxia; que sigue patrullando la zona. La diferencia no es académica. El mundo cambia cuando cambia su estado: mientras corra el rumor de la patrulla, la ciudad está protegida; el día que se acepte la muerte, la protección queda vacante.

Su desaparición es el hecho que define la época actual. Los héroes vivos operan en el hueco que dejó — con su armadura, y bajo su nombre.

La herencia

Porque Centurión, hoy, es un sistema de sucesión. Quien viste la armadura toma el nombre, y la armadura valida por sí misma a quien la usa mediante reconocimiento facial. Hoy la lleva Olimpo, y con ella se lleva el nombre de Centurión. La estatua fija la presencia; la armadura autoriza; el nombre es el cargo. Los tres juntos componen una herencia heroica, no un recuerdo.

Aliados, rivales, deudas

Dédalo protegió las cosas junto con él. Medea participó con Centurión en el Mechaner, «por dos razones distintas» — cuáles fueron, ninguno de los dos lo dijo. August Roman, su rival, apoyó en un momento dado a un presidente que después cayó. Y Terminus queda como el enemigo que lo borró del mapa — o del planeta, o de la vida, según qué versión se abrace.

Reparos del cronista

Este cronista escribe desde una ciudad y no está seguro de cuántas son. Los registros nombran a Nueva York y a la Ciudad de la Libertad sin decir nunca si son la misma con dos nombres o dos ciudades con estatua propia; el que viaje, cuente las estatuas. Tampoco está fijado qué es el Mechaner — ¿artefacto, evento, proceso? —, ni qué significa exactamente eso de «Hugo Fundador», ni cuánto del poder de este hombre era suyo y cuánto de la armadura. Nadie ha dicho de qué mundo vino el LifePod, ni si es el mismo donde Roma nunca cayó, aunque el traje entero lo sugiere. De las Islas Británicas queda constancia del registro, no del contenido: Stonehenge, la chica, el golpe — palabras que esperan su historia. Y quedan sin contar las armaduras de este modelo en circulación: si los compañeros las tienen por herencia o por copia, y quién las fabrica, es cosa que la ciudad todavía no confiesa.

Véase además: Olimpo · Medea · Liga de la Libertad · Nueva Roma


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