Discutían por treinta y cuatro nombres mientras un reloj marcaba millones. Pero el que ha amado a alguien sabe que un número nunca cancela a otro: solo lo entierra.


La ciudad que ya no confía en sus guardianes

La noche cerró sobre una New York que llevaba una semana sangrando. No era ya el atentado que no fue —el de las torres que debieron caer y no cayeron—, sino una cadena nueva de golpes: la destrucción de la Garrafa de la que había nacido el hombre de queso, el ataque a Mercurio, y ahora esto, el asalto a la torre de Marte en el corazón del distrito financiero. Los medios más neutrales pasaban en loop las mismas imágenes de una hiperrealidad que se repite: las naves de la Liga de la Libertad —los que la calle llama Búhos Nocturnos— disparando sobre civiles, sobre la misma corporación que decían custodiar. Alguien había filtrado la podredumbre: un empleado del ecosistema de talentos de Marte, un tal Natal conocido como Crypto, había hablado de un gobierno corrompido y de las corporaciones-planeta, y lo habían implicado a la fuerza. Las calles de los barrios financieros se llenaron de manifestantes que ya no confían en naves que se disparan a sí mismas. ¿Quién vigila a los vigilantes? La vieja pregunta volvía a New York como un fantasma.

Las escenas de presentación: queso, humedad y una cápsula

La crónica se abre en varios cuerpos a la vez, como un cómic de tapas manchadas.

En el barrio de Santos, Chisman —el hombre de queso, hecho de leche cuajada y bacterias— había hecho crecer una torre de mozzarella de siete pisos, veintiún metros de queso que se iluminaban en la oscuridad total de los apagones como un faro absurdo. Se aparecía en cámaras, se declaraba monstruo, se declaraba víctima de esta locura: soy chisma, soy un monstruo. Un profeta de fermento en una ciudad que ya no distingue el arte contemporáneo del horror.

Más abajo, en las entrañas laberínticas de la torre de Marte, el propio Chisman descendía por un pozo que se hundía en las profundidades de Manhattan. Alguien, mal aconsejado, había ordenado disparar un torpedo a la línea de flotación del edificio, y por eso hubo tantos muertos. El descenso era un intestino serpentino de hierro, húmedo, con un resumar de agua que venía de las aguas oscuras del Hudson. Al costado se abría una grieta, y en la grieta, inscripciones antiguas: Frodo lives, three lions, garabatos de subterráneo. La grieta era en verdad un cilindro perfecto, un antiguo vagón, un tubo neumático de trescientos doce pies —noventa y cinco metros exactos— que no llevaba a ningún lado del espacio sino del tiempo. Al meterse en él, sintió que su propia materia quería volver a su época original, como el queso que anhela ser leche; una presión en la cabeza, un trasvase dimensional. Y cuando entregó al tubo el equivalente de su masa corporal —un pedazo de mozzarella—, el mecanismo respondió disparando hacia arriba, como una bala cargada en un cañón neumático, la cápsula que dormía en su fondo: a atravesar el techo y salir volando sobre la ciudad.

El cráter en Central Park y el hombre de otro tiempo

La cápsula se enterró en las colinas de Central Park, entre los animales espantados del zoológico que huían en desbandada bajo una esfera opaca y gris —un domo de defensa que había cubierto Manhattan al dispararse el proyectil—. Amanecía, pero la ciudad estaba a oscuras, vaporosa, cruzada de sirenas. Nadie se acercaba al cráter.

De la cápsula, forrada de terciopelo negro, salió no un alien ni un robot, sino lo más inesperado: un hombre. Pálido, de torso desnudo, pelo negro y mullido, un semblante casi anacrónico, de artesanía. Mi nombre es Eduardo. Soy un viajero del tiempo. Y tenía sentido: era una cápsula del tiempo, y él, Clix, había sido encapsulado bajo la torre de Marte, en el primer subterráneo neumático que se probó en New York, allá por mediados del siglo XIX. Venía de una edad de carruajes tirados por caballos, de hombres libres y hombres esclavos, de una nación partida en dos peleándose por la libertad de los esclavos. La guerra civil recién empezaba en su memoria. Al conservado viajero lo rodearon las fuerzas de seguridad; y a pocos metros, otro de los compañeros —un mono blanco pequeño con cuerpo de hombre, gabardina inglesa color crema y sombrero de detective con luces de neón rojas— salvaba a los animales del zoológico, estirando una mano de cien pies para envolver a una pantera que escapaba, muy al estilo de los cómics de los sesenta.

El único que se entregó

Mientras tanto, en la plaza que da a la torre de Marte, tres naves de los Búhos habían descendido a los golpes, dejando cadáveres y escombros. Sobre las calles caminaba, rompiendo el asfalto, una estatua de bronce de un centurión romano de trece o quince metros —el Centinela, la efigie de Centurión—: sin rostro y sin emoción, hacía control de daños, y fue a abrazar la torre de Marte para contenerla y que no se derrumbara sobre los civiles.

En una de aquellas naves, Ifrit —el pibe flaco de rastas atadas, kevlar flexible y tapabocas oscuro— venía sacando gente a velocidad imposible, uno tras otro, sin parar. Hasta que los que empezó a sacar dejaron de moverse. Tardó un rato en comprender que ya solo estaba sacando cadáveres. Rodeado de cuerpos, se le llenaron los ojos de lágrimas: eran treinta y cuatro muertos. Y entonces, como el héroe que no logra impedir la tragedia, se sentó, puso las manos atrás y dijo: me entrego. Su último gesto fue sacarse el grabador y romperlo contra el suelo.

Olimpo, el inmortal de rostro de mármol, hizo lo mismo desde otra nave: se levantó volando, hizo el gesto de rendición ante los que no sabían qué hacer con un tipo al que las balas le rebotaban, y se entregó también. Los principales guardianes se habían vuelto en contra y se disparaban entre sí; la confusión era total, la ciudad entera afectada. Los pocos héroes que quedaban en pie fueron cargados en celulares policiales, vigilados.

Los guardianes del tiempo y la acusación

En el precinto —una comisaría más tecnológica que policial— y luego en el cuartel de la Liga, los compañeros fueron interrogados de a uno. Los recibieron dos figuras de la cúpula. Una, un comandante idealista, rubio, de mochila-cohete a la espalda: Adrian Eldritch, Guardián del Tiempo, de los fundadores de la Liga, fiel al orden aunque no maligno. La otra, más turbia, un tal Doctor Monroe —que algunos llaman Doctor Tomorrow—, hoy señor del gobierno, venido de un mundo donde los nazis sí ganaron, y del que ya habían salido cartas que lo mostraban sucio.

Los guardianes miden variables obtusas, bizantinas: el clima, el vuelo de las aves, cualquier reverberación que se parezca a la mañana del 11 de septiembre de 2001. Y su veredicto era el mismo para todos: ustedes son la anomalía. Alguien entre ellos había torcido el tiempo, y esa herida estaba haciendo que lo normal fuese, otra vez, la destrucción de la ciudad. Faltaban además dos jerarcas de su triunvirato: uno de ellos, el Doctor Metrópolis, había desaparecido tras un encuentro fatal en un departamento de Queens —el mismo que los héroes conocían de sobra—.

Descendió entonces de una nave-búho negra un hombre con traje que volaba, capa ocre y dorada, posición de flor de loto: un místico con aire de Bowie en El truco final, el Doctor Extraño de esta Tierra. Ante él, el compañero sin cuerpo que habita otros cuerpos, Akasha, no se dejó medir: el guardián intentó leerle la mente y encontró que ese cuerpo no podía ser sondeado. Y Gatnik —que aquí se presentaba como el detective privado Gatnik, tarjeta en mano— empezó a armar su plan maestro, preguntando quién tenía el músculo para sacar del tablero a Dédalo, su aliado y valedor, del que solo quedaba un rumor de traición dicho a media voz por un tal Minos.

El pacto y el hilo dorado hacia otro tiempo

La conversación se volvió negociación. Los héroes ofrecieron lo que ningún guardián podía rechazar: la verdad de que el verdadero peligro no era su manzana, sino todo el planeta. Marte había invadido la Luna y estaba criando allí una criatura —el gusano hecho de la droga— que, una vez que terminara de comerse la Luna, se comería el mundo. La ambrosía que alimenta a esa cosa no estaba en el presente: estaba escondida en otro tiempo, en el tubo neumático bajo Marte, hacia mediados del siglo XIX, allí donde Clix había sido encapsulado. Recuperarla y destruirla era el único camino.

La Liga, midiendo, aceptó soltarlos bajo actas de colaboración, y prometió incluso interceder para liberar a Ifrit de la otra agencia. Los héroes tenían además la carta de recomendación de Dédalo para presentarse ante la Liga de hoy. Armaron una casa segura bajo un teatro arrasado del off-off Broadway, cerca de la boca de los túneles, operada por unos agentes coreanos: un pequeño centro de operaciones lejos de la explosión, a un paso del primer subterráneo de New York.

El beso en la última cena

Pero antes de bajar, los guardianes montaron una escena que era una traición envuelta en amistad. Trajeron al más joven del grupo a una mesa donde ya estaban Olimpo, Gatnik, Chisman, Akasha y un soldado con la coraza de Marte al que no terminaban de identificar. Como los romanos que esperan a que alguien señale al Cristo en el huerto, le pidieron al muchacho que indicara cuál de sus compañeros era la anomalía temporal. El beso de Judas.

El pibe no lo dio. Y la refriega entre los compañeros —contenida hasta entonces— estalló en esa mesa como una última cena. Porque alguien había cruzado una línea. Akasha, para abrir la puerta blindada de Marte, había tomado el control de la mente de un capitán y le había ordenado disparar un torpedo; y en esa explosión murieron los treinta y cuatro que Ifrit sacó ya cadáveres. ¿Le tomaste el control de la mente a alguien para intimidar a la gente? Akasha se defendía: no sabía que había civiles, estaba oscuro, ni siquiera miró; el mundo entero está lleno de daño colateral, dijo, la moral es un invento para controlar al mundo. Ifrit no podía perdonar la omisión: no es un inútil, él entiende qué pasa cuando se dispara a una nave con gente adentro. Olimpo, el más antiguo, invocaba a Hiroshima y las decisiones imposibles; el hombre de queso lloraba entre los dos bandos; y un reloj de la sala calculaba, frío, que un millón de personas moriría por hora si el gusano seguía creciendo. Discutimos por treinta y cuatro cuando hay millones. Nadie quedó absuelto.

En medio del choque, Akasha reveló lo que ya sospechaban: que él es, él mismo, la anomalía. Parte de la creación misma de este universo, una chispa infinita —no una mera circunstancia como las vidas que se apagaron en la torre—. La hermana muerta de la que habla el tiempo, el manto del Doctor tomado por otra, todo se enredaba en la misma acusación. Se retiraron del cuarto, algunos, entre gritos; se disolvió la comunión sin que se resolviera nada.

El descenso al túnel del tiempo

Reunidos al fin —seis siluetas maltrechas, como los del patíbulo— bajaron en fila al sótano de las ruinas de Marte, hasta la boca del tubo donde dormía la máquina del tiempo: la máquina de Beach, un dispositivo único basado en los primeros experimentos de transporte subterráneo neumático de New York, a fines del siglo XIX. Gatnik ató un cabo brillante: toda la infraestructura de la ciudad estaba pensada a partir de Coney Island, del modelo de un parque de diversiones; New York entera es un parque de atracciones soterrado. Y las paredes del túnel, bajo el parpadeo de la luz, mostraban inscripciones de dos edades —una reciente, los años setenta; otra, la del primer túnel neumático—.

El corredor no medía espacio sino tiempo: noventa y cinco metros que eran noventa y cinco años, o más, un camino ancho del tiempo. Gatnik le habló a un ladrillo —su don de conversar con los objetos, que solo pueden contar lo que ellos mismos vivieron— y el ladrillo confesó dos calores, dos dilataciones: una hacía una semana, cuando algo entró; otra hacía unas horas, cuando algo salió más adelante. La cápsula hiperbárica con la ambrosía había pasado por allí.

En la penumbra, junto a una estación que evocaba al revolucionario Kossuth, esperaba una figura con tricornio y linterna, un farero de los subtes que hacía señales como se hacen en la libertad. Jack de la Lámpara —Jack de los Cuchillos, también, Jack-o’-Lantern— era un enterrador, un funebrero espectral que sonreía con cara de calavera. Síganme. Y abandonad toda esperanza. Los llevaba, dijo, a su tumba, que antes fue un útero; a sus madres, a sus ancestros. Para él, aquellos héroes nunca tendrían que haber vivido más allá de la noche del gusano, la noche del quince de agosto: la Luna va a la Tierra, y él es el enterrador que viene a cobrar lo que quedó debiendo.

Los cuchillos de sombra

El guía se volvió verdugo. De la nada surgieron siete sombras, cada una con su daga: cuchillos místicos, penetrantes, de una New York muy sufrida de agujas doradas. La refriega fue brutal en el túnel. Akasha intentó paralizar al farero con su dominación mental y fracasó: la linterna mística lo protegía, y era un fantasma imposible de tocar. Olimpo, con toda su fuerza de dios, le pegó de lleno y no logró herir a una cosa que atraviesa la materia; y él mismo cayó, ensartado por la espalda, la garganta bloqueada, hundido en oscuridad y al borde de la muerte. Chisman quedó clavado por una daga negra que empezaba a consumirle el organismo. Otros cayeron detrás, muriéndose o semimuriéndose, agonizando entre las sombras que guardan la puerta del tiempo.

Fue Ifrit —el muchacho que siempre estuvo medio atrás, temerario en el fondo pese al miedo— quien enfrentó a la linterna. Recordó que jamás había sido cobarde: siempre puso su cuerpo entre los ataques y sus compañeros. Con esa temeridad ganada a fuerza de proteger a otros, hizo brumas contra la luz, y en un duelo de poderes opuestos apagó por un instante la linterna, dejando ver arriba, al fondo del túnel, la Luna como un destino. Ante el terror que exhalaba el enterrador, gastó de sí lo que hizo falta para no temer, y ayudó a arrastrar a los caídos. No pudieron vencer a los guardianes de sombra: solo escapar. Olimpo, recobrado apenas, cargó los cuerpos como un corredor que pasa el balón, agarró a los desmayados con las dos manos y se lanzó con ellos hacia el otro lado del portal, mientras las sombras los seguían con un susurro de oscuridad.

New York, 1870

Salieron por una alcantarilla a otra edad. New York, hacia 1870, nevada, oscura, entre inmundicia, mercados y gente en harapos: la ciudad que todavía tiene, como dijo el fantasma, cargo —cuentas pendientes con el tiempo—. Se descubrieron a sí mismos vestidos de época, arrojados a las arenas de los mares del destino, donde —dice la regla de la puerta de la Luna— bajo su luz las cosas cambian, y todos los puertos resultan ser el mismo.

La crónica se cierra en un friso de escenas de aquel invierno. Chisman, hecho pastor y jugador, recorría las casas de juego, y a la luz de la luna se hacía pasar por algo casi angélico, aceptable para los ojos de esa época. Dos niños en harapos arrastraban en un carromato un bulto tapado hasta la puerta de un carnicero de delantal ensangrentado: cinco chelines por un cadáver, y entre los cuerpos, uno cubierto de un polvo blanco, con ropas que no eran de ese siglo, tan quemadas que nadie lo notaba —el rastro de la cápsula de ambrosía—. En un rincón, un pequeño mono blanco de organillero, sin más compañía que su carromato de circo, hacía sonar unos platillos y se encariñaba en silencio con el simio recién llegado del futuro. Y sobre las calles, chicos que ofrecían su cuerpo por unos peniques, tironeando de la mano hacia los sótanos del opio y del olvido: sigan el hilo dorado.

Entre las visiones se abrió también el origen de Akasha, contado como un video de la creación: el hacedor golpea el martillo sobre el yunque para hacer nacer todo, y de las astillas de ese golpe se funde una cadena de ADN sin cuerpo humano, una resonancia que queda flotando por el tiempo desde el principio. La misma chispa que, dicen, alumbró la ciudad. Y en otro cuadro, un uniforme gris confederado, seis hombres negros encadenados con billetes al cuello tirando de una carreta, Lincoln preocupado, un documento, una espada: la crueldad de esa edad, la guerra que se venía.

Coda: el abogado de negro y la brújula rota

Un último flashback devuelve a Ifrit al cuarto de los Búhos, esposado. Golpean la puerta: un hombre negro, altísimo, casi dos metros, de traje impecable, deja una tarjeta y dice ser el abogado del joven —va a tener que hablar conmigo primero— y hace salir a los guardianes. Así se comprende cómo lo liberaron: llegó rápido, sabía. Y en algún lugar del cosmos gira una brújula rota, con una aguja que baila loca desde que se astilló contra el golpe —un pedacito de eje fuera de quicio, out of joint, señalando un mundo que perdió su norte.


Vínculos

  • Ifrit — el velocista; sacó treinta y cuatro cadáveres, se entregó, y enfrentó su miedo ante el enterrador
  • Olimpo — el inmortal; se rindió, cayó en el túnel y cargó a los caídos hacia el portal
  • Gatnik — el mono inventor, aquí detective privado; interrogó al ladrillo y ató el hilo del tiempo
  • Akasha — el viajero sin cuerpo; su dominación mental mató a los treinta y cuatro, y se reveló como la anomalía
  • Chisman — el hombre de queso, mind-controller que lee la Biblioteca Akáshica; cayó clavado por una daga de sombra
  • Clix — el viajero del tiempo encapsulado bajo Marte, venido del siglo XIX
  • Liga de la Libertad — los Búhos Nocturnos, guardianes del tiempo que acusan a los héroes de ser la anomalía
  • Adrian Eldritch — Guardián del Tiempo, fundador de la Liga, místico de aire bowieano
  • Doctor Monroe — el presidente sucio, venido del mundo donde ganaron los nazis
  • Doctor Metrópolis — el jerarca del triunvirato desaparecido tras Queens
  • Dédalo — el artífice valedor, sacado del tablero, hoy bajo sospecha de traición
  • Marte — la corporación cuya torre esconde el túnel del tiempo y cría al gusano
  • el gusano de la Luna — la criatura de la droga que amenaza con hacer caer el cielo
  • la máquina de Beach — el subterráneo neumático que es puerta al pasado
  • Jack de la Lámpara — el farero enterrador (Jack-o’-Lantern) que guarda el túnel con cuchillos de sombra
  • la ambrosía — la esencia divina escondida en el siglo XIX, alimento del gusano
  • Centurión — el Centinela de bronce que abraza la torre de Marte para contenerla
  • Queens — el departamento del encuentro fatal con Metrópolis
  • el Yunque del Tiempo — el golpe de cuya astilla nació Akasha
  • New York — la ciudad platónica, de 2035 y de 1870, sobre el mismo suelo

Capa lúdica [R]: Sesión 9 de Never 9-11 / Earth-212 (Mutants & Masterminds), campaña MYM. Presentes: Ifrit (velocista), Olimpo (inmortal), el Mono Blanco / Gatnik (inventor), Akasha (Acaya Paracitus, viajero que posee hosts) y Chisman —el hombre de queso, que es el mismo PC mind-controller registrado como [[Metropolis]] (alias Chisman / hombre de queso / Doctor Metrópolis); en S07 su arco de guardián “muere/desaparece”, pero continúa como PC—; se suma además Clix, un viajero del tiempo del siglo XIX encapsulado bajo Marte (probable NPC-guía; no reaparece en S10). Buena parte de la grabación es armado de fichas y charla de mesa, filtrada aquí; hay un salto de audio grande (~2:22–2:41) que TurboScribe llenó con un bucle de “yo tiraba”. Arco: secuelas del asalto a Marte (los Búhos disparan sobre civiles; 34 muertos por el torpedo que Akasha ordenó vía dominación mental) → escenas de presentación (Chisman y su torre de queso; su descenso al tubo neumático; la cápsula de Clix a Central Park; Ifrit y Olimpo se entregan; el Centinela de bronce abraza la torre) → interrogatorio de la Liga (Adrian Eldritch y Doc Monroe) que acusa al grupo de ser la anomalía temporal y monta el “beso de Judas” en la mesa de la última cena → pacto de colaboración y descenso al túnel del tiempo (la máquina de Beach) → combate contra Jack de la Lámpara / Jack-o’-Lantern y sus siete sombras (varios PJs caídos/dying) → huida a la New York de 1870, con el rastro de la ambrosía y escenas de origen (el mono de organillo, la creación de Akasha en el Yunque). Continúa desde S06 (gusano de la Luna, hombre-queso, Marte como corazón) y S02 (Yunque del Tiempo); empalma directamente con S10 (la New York de gaslight al otro lado del túnel, los mismos Jack-o’-Lantern). Nota de continuidad: el contexto entregado lista el slug [[Rael_y_Rey]] para el consumidor devenido gusano (las fichas vivas usan [[Rave_MYM]]/[[Blanqui_gusano_lunar]]), y [[Metropolis]] para el mind-controller/Chisman.