La oscuridad está en el principio, dicen; o hay algo en el principio que acaba con la oscuridad. Esta vez fue al revés: apagaron la luz para que nadie viera lo que la luz había empezado a mostrar.


El gran apagón bajo la luna del gusano

Nueva York, quince de agosto de 2035. La utopía platónica —la ciudad que treinta años atrás se salvó del atentado y desde entonces castiga el crimen antes de que ocurra— se hundió de golpe en tinieblas. Fue el gran apagón, bajo la luna del gusano, esa luna llena de cosecha que la tradición reserva para las noches raras. Primero el aliento contenido de las ratas; después la sensación de que la noche, que aquí es pura reivindicación de luces, se había vuelto un lugar sin fondo. ¿Por qué se apagó todo? Los compañeros lo sabían mejor que nadie: habían mandado misiles a la línea de flotación de una empresa importante, y esa empresa no era una empresa cualquiera, sino un pilar del statu quo —Marte Sociedad Anónima y el conglomerado de los Errantes, esas estrellas que siguen un patrón distinto al de las constelaciones, con su submundo de fachadas.

Estaban en el departamento de Ifrit, aquel piso del edificio de Queens, de crímenes nunca resueltos, sellado por los guardianes del tiempo, con las figuras de tiza todavía dibujadas en el suelo y su catálogo de antigüedades entre reliquias. Salvo Olimpo, que había ido a ver a sus padres en un pestañeo de velocidad y notó al pasar una figura cerúlea flotando sobre la ciudad —una especie de barquero, un resplandor—, el resto estaba adentro, paralizado frente al televisor que acababa de apagarse. Porque justo miraban el noticiero. Y en ese noticiero —levantado de una cadena de Chicago, sin chequear del todo, contra las presiones del gobierno— acababa de estallar lo que ellos mismos habían fraguado.

Lo que la ciudad acababa de ver

Días atrás, los compañeros habían hecho de las suyas. Interceptaron un coche blindado que salía de una mezquita y capturaron a un hombre suyo: el Doctor Cripto —al que llaman también el Embajador del Fuego—, un cuadro de Marte encargado de tejer las redes matemáticas y velar por la seguridad informática de OVNI, la inteligencia del conglomerado. Lo doblegaron, y a través del periodista Sovinsky —que solo pidió que no le comprometieran la fuente— lo hicieron confesar al aire, medio Pinocho, obligado a hablar porque le habían perdonado la vida. Ante las cámaras salieron las acusaciones: un circuito de droga ilegal, experimentos con humanos, el rapto de jóvenes, y sobre todo la presencia, cerca del ministro de Defensa, de unos hombres de secta que mostraban el anillo con el símbolo egipcio ampliado. Y algo más, medio conspiranoia: bases secretas.

El mensaje salió confuso, y la gente apenas tuvo tiempo de digerirlo. Porque enseguida se cortó toda la luz. La sospecha entre los compañeros fue inmediata y helada: está pasando otra vez. Como cuando no cayeron las torres. Como cuando los acusaron a todos. Las mismas fuerzas que treinta años atrás habían torcido la historia volvían a moverse, y esta vez apagaban la ciudad entera para que la verdad no pudiera verse.

La torre de queso en Queens

Afuera, la ciudad no ardía, pero temblaba. Volvían las luces por sectores —generadores privados, reflectores improvisados desde los edificios—, mientras las naves hover de la Liga de la Libertad, los Búhos Nocturnos al estilo de los guardianes de una vieja historia de vigilantes, salían a patrullar entre gritos, bocinas y choques. Los altoparlantes prometían lo de siempre: retrocedan, están siendo cuidados, todo está bajo control. Media hora de miedo húmedo, de agosto neoyorquino y luna de gusanos, sin que nada terminara de explotar.

Pero en Queens ocurría un prodigio. En una plaza, la torre de una vieja pizzería —una torre de mozzarella— empezó a iluminarse sola. Las bacterias que la habitaban, tocadas por la falta de luz eléctrica, entraron en una suerte de fotosíntesis y florecieron como el fitoplancton que enciende el mar de noche: un resplandor frío, alienígena, la única luz de todo el barrio. La gente corría hacia allí a comer queso gratis, y Akasha —el viajero sin cuerpo, que solo habita a quienes ingieren esa sustancia grasa— tendía sus hilos a través de cada boca que mordía el queso, presente y ausente a la vez, levantando la torre como un faro de neón sobre la ciudad apagada. Después dejó su asiento y volvió con los suyos.

La cinta magnética de Dédalo

Entre las antigüedades del departamento —bajo una mesita de caoba con motivos de pseudo-rococó— algo se activó con el apagón. Una vieja contestadora de cinta magnética, que la corriente ya no alimentaba, se prendió por su cuenta y empezó a girar entre ruido blanco. No era digital: era un piso magnético de algo grabado, imposible de piratear, un sistema tan primitivo que ninguna red podía tocarlo. Y en ese ruido había una voz.

Era Dédalo. El artífice había estado en ese mismo cuarto, grabando el mensaje durante la semana entera en que los compañeros anduvieron fuera del intersticio del tiempo, justo antes de que lo desconectaran a la fuerza. “Tengan cuidado —decía—. Están solos, y el enemigo es muy inteligente. Estoy muy lejos ahora. Voy a intentar volver.” Como el que deja dicho si estás escuchando esto es porque me pasó algo. Los compañeros ataron el cabo: a Dédalo lo estaban buscando, y a esta altura ya lo habían agarrado. El lugarteniente de la Liga, el único que mediaba entre ellos y la orden, había desaparecido. Estaban de verdad solos.

El consejo en la oscuridad

Se juntaron a pensar. El Mono Blanco —el simio de gabardina de catnip, sombrero de alas con luces de neón sobre su rostro blanco— propuso lo suyo: darle a Dédalo una Fighting Chance, dejarle en el pasado, como pura información, aquel rifle de anclaje —la escopeta de servicio que arrancaron a los científicos del primer laboratorio, en el bridal shop—, para que la realidad, al corregirse, se lo hiciera llegar. Akasha lo frenó con la ley de su arte: contra la corriente del tiempo no se cambia lo que ya pasó —si se intenta, o vuelve a suceder, o simplemente no se puede—; el viaje temporal sirve para observar, no para enmendar. Y sopesaron lo más hondo: si entregar todo a una sola corporación, que ofrece millones de posibilidades pero también un poder sin freno.

Olimpo cargaba con un recuerdo incómodo. Había sido amigo de Samuel Giles —cuando ambos eran magnates que compartían una filosofía—, y Giles le había hecho una promesa a Marte: que vuelan los dioses. Que la divinidad debía bajar a la Tierra. Olimpo lo había escuchado en su momento, aunque los demás nunca; y sabía que a Giles el camino lo había extraviado. Quedó flotando la duda que envenenaba todo: ¿estaba Giles al tanto de la droga que mataba, o alguien la soltaba a sus espaldas?

La segunda explosión: cae Mercurio

Apenas volvía la luz, la ciudad recibió el segundo golpe. Una explosión en el distrito financiero —el corazón corporativo, donde no solo está Marte sino también las Torres Trípetas y las sedes de los grandes—. No voló un avión, no cayó la ciudad, pero algo estalló, y el miedo, que recién se apaciguaba, volvió entero. Una doctrina del shock. Cuando los compañeros llegaron, a quince cuadras, vieron humo saliendo del estacionamiento y humo arriba: dos explosiones, como un eco de las torres gemelas, coches destruidos, ceniza, bomberos y forenses conteniendo a todos, la Liga rescatando en sus naves a los que en vez de saltar se subían al búho —aunque muchos, probablemente, ya habían muerto.

El edificio era de Mercurio, una de las corporaciones errantes: dueña de cerca del ochenta por ciento de las comunicaciones de la ciudad, el conglomerado de noticias, la red que mueve el mundo del habla. Y los compañeros comprendieron el mecanismo: ellos habían filtrado información delicada, la información se había movido por los medios, y alguien la había cortado de raíz volando al mayor proveedor. Sobre esa deducción, algo aún más extraño se dirigió al lugar: la estatua gigante de Centurión —el Centinela, el campeón caído contra Terminus, cuyo rostro repite la ciudad como un Monte Rushmore cosmopolita— empezó a moverse por su cuenta y marchó hacia el edificio roto. En el feed pirateado hablaban los Centurianos: todas nuestras comunidades sufrirán ahora la persecución que nos hicieron; malditas compañías; uno de nosotros traicionó. Los términos empezaban a sonar: terroristas.

Bruce, el que cambió de bando

En el departamento despertó, con el estruendo, Bruce —el que había sido jefe de seguridad de Marte, al que los compañeros habían doblegado noches atrás—. Se levantó vestido con un kimono y declaró que ya no estaba con ellos: me superó un hombre con más fuerza que yo. Un fallado, un perseguido de Marte, que entendía al fin que la única manera de dejar de ser perseguido era ver caer a la corporación. Le encargaron cuidar al Doctor Cripto: lo esposaron con unos billetes de por medio, y Cripto —que llevaba horas en su poder desde que lo sacaron de la mezquita a la salida de la oración vespertina— quedó convertido, poco a poco, en un cautivo reverente, un Estocolmo de traje. Si este cuarto hablara.

El asalto a la torre de Marte

El plan cuajó. Dos equipos. Volaron hacia la sede central de Marte —Olimpo cargando a los compañeros sobre una plataforma antigravitatoria, una mesa que se volvió asiento aéreo; Ifrit corriendo por las paredes a velocidad supersónica—, pidiéndose sigilo para no llamar a los Búhos en una ciudad de cielos cerrados, en zona de no vuelo, a las cuatro de la madrugada.

Cripto les había dado el mapa de adentro: los laboratorios verdaderos están detrás de las puertas de seguridad, abajo, más lejos de lo que él nunca llegó; y la persona de más alto rango que conoce con llaves para abrirlas es Charlotte Klein, la mano derecha de Giles, su asistente. Sabían de una experta en seguridad virtual, una mujer que predice ataques y levanta las mejores fortalezas de datos, y que en emergencias defiende el lugar de otra manera. Barajaron artificios dignos de la mesa: paracaídas de queso por el hueco del ascensor, enemas de queso por los conductos de ventilación, una armadura-torpedo del propio Gatnik lanzada contra la torre en paralelo mientras se inundaban los sistemas y se llegaba a la terminal de OVNI para que les abriera las puertas. Y Olimpo aportó su recuerdo de magnate: había estado, en una fiesta, en los baños romanos de la oficina de Giles, donde se jugaba con nanotecnología a la lucha antigua. Conocía una manera de entrar.

El duelo en el penthouse

Llegaron a lo alto. Tras el cristal negro del penthouse, entre luces de neón, una figura solitaria caminaba. Era Samuel Giles, poniéndose su traje —la versión de esta Tierra del hombre de hierro, una armadura de casco proyectado, mitad griego, mitad astronauta—, mientras de una cámara brotaban nanobots y de una estatua tomaba un escudo y una lanza. Aunque los compañeros estaban afuera del edificio sellado, su voz se les proyectaba: ¿quieren que vaya por las buenas o por las malas? Vinimos a conversar, respondieron. Giles tocó su traje, el cristal se abrió, y los dejó entrar; y con un gesto extraño, como si no le importara, soltó el escudo y la lanza.

Empezó el duelo, que fue de palabras antes que de golpes. Giles estaba inquietantemente tranquilo. Ustedes me robaron a mí —dijo—. No me conocen. ¿Quién no tiene un secuestrito en su vida? Y los compañeros le devolvieron la lógica: si sostenés que no fuimos nosotros los que te robamos, entonces tenés un problema interno; hay gente en tu compañía haciendo cosas que vos no conocés, porque no son vos. Mientras tanto, el Mono Blanco medía al enemigo con su superinteligencia —lo estimó apenas un novato, un superhéroe italiano de poderes contados— y rastreaba con la mirada el hardware, los módems y routers escondidos tras una enorme televisión semiholográfica. Y todo salía al aire: transmitían la escena en vivo desde el teléfono, un streaming para desnudarlo ante el mundo.

Pero Giles jugaba a otra cosa. En las pantallas seguían los Centurianos y sus lamentos de traición; se cerraron las ventanas del cristal —ahora estaban adentro, encerrados—; y entonces él mismo hizo saltar la alarma: ¡todos al suelo, suéltenlas! Aparecieron los soldados de la Liga de la Libertad y un par de superhéroes bajando desde arriba, y Giles, sereno, se ofreció a contenerlos mientras evacuaban el edificio —vuelto la víctima, el que protege, con un video cristalino que lo mostraba subiéndose a la ventana para que lo vieran, actuando su propia inocencia para las cámaras—. Estaba haciendo el show. Era un hijo de puta.

Y ahí la refriega dejó de ser un pulso de voces. El Mono Blanco convirtió su rifle en una motosierra láser y la hundió en el suelo junto a una pileta, abriendo un boquete que atravesaba el agua y bajaba a los pisos de abajo. Se contaron los tiempos —Olimpo, Ifrit, Akasha, Gatnik de un lado; Samuel Giles del otro, con su escudo y su lanza a punto de volver a su mano—. La noche quedó suspendida justo ahí, en el instante anterior al primer golpe, con la torre encendida por dentro y la ciudad apagada afuera.


Vínculos

  • Ifrit — el velocista; corrió por las paredes de la torre de Marte hacia el asalto
  • Olimpo — el inmortal; viejo amigo de Giles, cargó a los compañeros y recordó los baños romanos de Marte
  • Mono Blanco — el inventor simio; midió a Giles, rastreó el hardware, volvió su rifle una motosierra láser
  • Akasha — el viajero sin cuerpo; encendió la torre de queso de Queens y recordó la ley del tiempo
  • Dédalo — el artífice desaparecido; su voz quedó grabada en la cinta magnética antes de que lo capturaran
  • Samuel Giles — el CEO de Marte; se puso el traje de dios de hierro y montó el show de su inocencia
  • Marte — la corporación asaltada; su sede central, con sus laboratorios bajo puertas de seguridad
  • Errantes — Marte, Júpiter, Venus, Mercurio: el conglomerado planetario cuyo submundo tuerce la ciudad
  • Liga de la Libertad — los Búhos Nocturnos que patrullan el apagón y aparecen en la torre
  • Centurión — el campeón caído; su estatua-Centinela cobra vida y marcha hacia el edificio roto
  • OVNI — la inteligencia del conglomerado, cuya terminal es el objetivo del asalto
  • New York — la ciudad platónica apagada bajo la luna del gusano
  • Queens — el barrio del departamento sellado y de la torre de queso luminosa

Capa lúdica [R]: Sesión 8 de Never 9-11 / Earth-212 (Mutants & Masterminds), campaña MYM. Presentes: Ifrit (velocista), Olimpo (inmortal), Mono Blanco / Gatnik (inventor) y Akasha / Acaya Paracitus (viajero del tiempo). Arco: el gran apagón del 15 de agosto de 2035 bajo la luna del gusano, tras la confesión al aire del Doctor Cripto (capturado saliendo de una mezquita) vía el periodista Sovinsky → mensaje en cinta magnética de Dédalo, ya capturado, dejando a los héroes solos → segunda explosión: atentado a la torre de Mercurio (mayor proveedor de comunicaciones) para cortar la información filtrada; la estatua de Centurión cobra vida; irrumpen los “Centurianos” → Bruce (ex-jefe de seguridad de Marte) cambia de bando y queda al cuidado de Cripto → asalto a la sede central de Marte (intel de Cripto: Charlotte Klein tiene las llaves; baños romanos como acceso; objetivo, la terminal de OVNI) → duelo verbal y comienzo del combate contra Samuel Giles en su penthouse, con su traje de hombre de hierro. Corte al declararse la iniciativa. Buena parte de la grabación (de las ~2:00 hs en adelante) quedó ilegible en el audio, de modo que la crónica se detiene en el inicio del combate. Continúa desde S06 (identificación de la sede central de Marte como el corazón de la trama) y arrastra el hilo de S05 (el gusano de la Luna) y S03 (la ambrosía).