Hay Tierras que se cuentan por lo que sucedió. Esta se cuenta por lo que no. En el catálogo de los mundos figura con un número —212— y una herida en blanco donde otras llevan una cicatriz.
El agujero blanco
En el archivo de los mundos hay una que es la principal, la que los viajeros llaman Tierra Prima —616—, y a su alrededor un abanico de reflejos. Este es uno de ellos: la Tierra 212. Se distingue de todas las demás por un solo hecho, y ese hecho es una ausencia.
El 11 de septiembre de 2001, cuando el golpe ya venía en camino y los aviones enfilaban hacia las dos torres, algo detuvo y cambió la realidad. No fue que el ataque se frustrara: fue que el mundo entero, en un instante, cambió de fundamento. Donde otras Tierras conocieron un agujero negro —un colapso, una succión, una herida que se traga la luz— la 212 conoció su contrario: un agujero blanco, una boca que en vez de devorar expulsa. En ese punto todo se redujo al grado cero y se volvió una singularidad. De esa singularidad brotó la ciudad.
Nadie que lo vio pudo decir bien qué vio. Fue inmediato y automático: una visión en la que, de golpe, New York dejó de ser un lugar y pasó a ser una forma. Algunos hablan de algo fractálico —la ciudad que se repite a sí misma hasta cubrirlo todo—; otros, de una lente nueva puesta sobre el ojo del planeta. El resultado es el mismo: la cosmópolis se derramó sobre la Tierra y New York pasó a ocupar todo el mundo.
New York es el mundo
Decir el mundo y decir New York pasó a ser lo mismo. No es que las diferencias geográficas se hayan borrado —siguen existiendo Seattle bajo su lluvia, Europa, Asia, Rusia, Brasil, el desierto donde emergió el hierro—, ni que los conflictos culturales se hayan apagado. Es que todas las capitales fueron rehechas a imagen de una sola. El arquitecto de las dos torres —el que las levantó la primera vez— pasó a ser el arquitecto del mundo, y su firma se repite en cada capital como se repite un salmo.
En el centro de esa geografía única siguen de pie las dos torres, muy cerca de la casa de las naciones. Son el centro del mundo ahora: se dice que a veces vibran, cantan, laten —como si el punto donde no cayeron guardara todavía la memoria de la caída—. A su alrededor gira el resto: una América que es galaxia, un continente que se volvió planeta. Mérica, Mérica. Y no faltan los que especulan por qué el mismo prodigio no habría de alcanzar, algún día, a los otros planetas.
La doctrina Monroe
Gobierna esta Tierra el presidente Doc Monroe, y su nombre no es un azar: en él se cumple, llevada hasta el final, la vieja doctrina Monroe. América para los americanos dejó de ser una consigna hemisférica para volverse literal y total: todo el mundo es América. Sobre esa presidencia se tiende la casa de las naciones unidas, que ya no reúne países soberanos sino provincias de una misma cosmópolis.
La asimilación no fue del todo pacífica ni del todo violenta. Hubo conflictos, sí; hubo ataques quirúrgicos contra quienes podían encabezar la resistencia —pero siempre acompañados de pruebas de que esa gente ocultaba terrorismo o corrupción en sus propios gobiernos—. Una doctrina del terrorismo hecha global, con relativamente poca sangre y mucha demostración. Quedaron, aquí y allá, zonas de resistencia y bolsones de lo no asimilado; pero la superficie del mundo se allanó bajo un mismo ideal.
La prevención del crimen
El corazón de esta Tierra no es el castigo: es la prevención. Como en aquellas fábulas donde se detiene al criminal antes de que cometa su crimen, la 212 organizó su vida entera alrededor de la idea de ver venir el mal y cortarlo de raíz. No un golpe de represalia sino un golpe preventivo —y mucho más preventivo que cualquier represalia—: se fue a buscar a los enemigos a sus cuevas, en Islamabad, en las montañas de Afganistán, y se los desarmó antes de que tuvieran ocasión de hacer nada.
Sobre ese suelo se levanta el orden cotidiano. Vela por él una red de agencias y cuerpos de inteligencia —los Búhos Nocturnos, entre ellos— que rastrean no solo lo que se hizo sino lo que va a hacerse, y que son, de hecho, el monopolio de la violencia legítima en un mundo sin fronteras. Es un régimen positivista y libertariano a la vez: cree en el orden medible y en la libre iniciativa, y sospecha por igual del desorden y del Estado que sofoca. El costo de esta paz tiene un nombre incómodo: para que el crimen no suceda, hay que vigilarlo todo, siempre —y la vigilancia, cuando se equivoca, cae sobre gente que aún no hizo nada.
Los que iban a ser héroes
En cualquier otra Tierra habrían sido las víctimas o los mártires del 11 de septiembre. Aquí no murieron —y por no morir, se volvieron algo más. Los bomberos que habrían entrado a las torres a salvar gente, los que iban a morir como héroes, encabezan hoy el escalafón: es como si el mundo hubiera sabido de antemano lo que estaban por hacer, y los hubiera premiado por un sacrificio que la 212 les ahorró. Muchos de ellos, junto con todos los que manifestaron alguna capacidad especial —poderes, o entrenamientos, o el crédito de una gesta que no llegó a ocurrir—, fueron reclutados en las fuerzas que patrullan este mundo.
Así, los superhéroes de la 212 no son forajidos románticos: son, en buena medida, policía. Los campeones establecidos de la Liga_de_la_Libertad mantienen el mal a raya con estatuto oficial; el Centurión encarna, como un soldado de la nueva Roma, la disciplina de la ciudad. Pero hay grados en esa luz. No todos los que sirven creen en la historia oficial; algunos hablan por lo bajo de Búhos Nocturnos fascistas, y otros prefieren los márgenes: ser investigadores privados —un ojo privado, un private eye que es también un yo privado—, de los pocos que pueden mirar el mundo con una visión distinta a la que dicta el sistema, y que trabajan la zona gris que no es del todo antiterrorismo ni del todo crimen.
Un mundo de corporaciones y dioses
Bajo la política de prevención se tiende otro poder, más callado: el de las grandes corporaciones que gobiernan las ciudades del mundo. Es una Tierra meritocrática y plutocrática, de plutocracias por doquier, de libre mercado y competencia —hasta hay antitrust, y disputas de cazadores de recompensas que recuerdan a los viejos Pinkerton del petróleo sangriento—. Y es, curiosamente, un panteón postmoderno: las corporaciones se ponen nombres de dioses griegos y romanos. Marte Sociedad Anónima, dedicada a la tecnología aeroespacial, el armamento y las comunicaciones; Mercurio; y otras tantas, reunidas bajo el signo de los Errantes, el culto planetario que compite consigo mismo pero converge en un solo ideal: normar lo que se hace. Custodian su cielo agencias como la de Ícaro —los que vuelan, dice el nombre, demasiado cerca del sol—.
Ese panteón no es solo un chiste de marca. Hay quienes lo toman en serio: magnates que sostienen, como Samuel Giles, que el mundo actual es demasiado materialista y necesita volver a creer en dioses que inspiren respeto —y que financian, en la zona gris, la búsqueda de la ambrosía, el alimento de los dioses, la sustancia que promete volver divinos a los hombres—. Que la caída no haya sucedido no significa que el mundo esté en paz consigo mismo. A pesar de los dioses de mármol siguen habiendo cultos nocturnos, drogas, amor, y aun conversiones extrañas al margen del relato oficial.
La espada sobre la ciudad
Sobre toda esta perfección pende una amenaza que nadie termina de nombrar. Como la espada de Damocles suspendida sobre el comensal que festeja, el futuro que no llegó sigue ahí, esperando: el porvenir en que se destruyó el centro de la cosmópolis, con su guerra y su devastación a cuestas. Y hay una idea que ronda a los que saben: que tanto poder expulsado por el agujero blanco —tanta caída suspendida— algún día se paga. Unos sostienen que ese día no llegará jamás, porque todo está bastante controlado. Otros preguntan, en voz baja, si de veras es así.
Lo que la superficie ordenada esconde persiste debajo del pavimento. Persisten los guetos preventivos para musulmanes —barrios de segregación levantados en nombre de la misma prevención que salvó las torres, de los que salieron los Abdullah y de donde el padre de tantos fue a desaparecer—. Persisten los barrios post-Harlem, las pandillas, los rumores de epidemias bajo las alcantarillas. Y persisten los pliegues fuera de la hora, como el pliegue de Queens, dobleces del mundo donde la vigilancia se pierde y lo reprimido sigue latiendo. La Tierra 212 es, al final, dos mundos a la vez: la forma pulida que se muestra —la New York que se volvió planeta— y el fondo vigilado, segregado y doblado que sostiene esa forma. Sobre ese doble suelo camina la campaña.
Vínculos
- New_York_Platonica — la ciudad ideal que este mundo aspira a ser
- Doc_Monroe — el presidente en quien se cumple la doctrina Monroe
- Buhos_Nocturnos — la red de inteligencia que sostiene la prevención del crimen
- Liga_de_la_Libertad — los campeones establecidos, superhéroes con estatuto oficial
- Centurion — el campeón de la ciudad, encarnación de la Nueva Roma
- Errantes — el culto corporativo que norma lo que se hace en el mundo
- Marte_SA — una de las corporaciones de nombre divino
- Icarus_Space_Station — la agencia de los que vuelan cerca del sol
- Samuel_Giles — el magnate que quiere devolverle dioses al mundo
- Delivery_de_Ambrosia — el alimento de los dioses, promesa de divinidad
- Pliegue_dimensional_en_Queens — un doblez fuera del tiempo, margen de la vigilancia
- Familia_Abdullah — salidos de los guetos preventivos de esta Tierra
- Ifrit_Jamal_Abdullah — el velocista, uno de los que miran el mundo con otros ojos