Devolvieron la miel de los dioses al frío del que había venido. Pero en la ciudad que nunca cayó nadie regala nada: hasta la piedad se cobra, y el que reparte el néctar exige saber de qué lado del tiempo estás parado.


La reunión en la oficina invertida

Dos días después del hielo de Alaska, la mañana clara de junio devolvió a los compañeros a la ciudad que nunca cae. El Mono Blanco los citó en su despacho —una agencia de detectives montada a propósito a la vieja usanza, con su cartel de Monkey Business y sus horarios pintados en la puerta, máquina de escribir sobre madera y luces de neón, en un edificio de Queens donde todavía se veían siluetas de tiza de crímenes viejos en el suelo. Uno a uno fueron llegando: Ifrit —al que llaman Javi, de kufiya blanca y roja que al volar se le estira en capa—, el rápido de máscara y placas, y por fin Olimpo, el inmortal de dos metros y rostro de estatua que esta vez llegó vestido, con la ropa que le había prestado la familia. Traían bananas y bagels, como se les había pedido.

En la oficina esperaba una contestadora analógica, imposible de rastrear, con cien mensajes de los que los habían contratado: voces muy amables que lamentaban no saber de ellos, que ofrecían acercarse “en el momento indicado” y recordaban, con dulzura, que las cuentas faltaban. Los borraron sin responder. Entonces el Mono Blanco pidió que pusieran la mano sobre la mesa. Aquella mesa de seis patas no era de madera: era teomórfica —materia ultratecnológica disfrazada de antigüedad—, y al tacto de las manos del grupo se encendió, marcó la huella de los presentes y giró el cuarto entero como un cono de silencio, una oficina invertida donde nadie podía escucharlos ni verlos. Del otro lado, para quien entrara, no quedaría más que una réplica holográfica y vacía del despacho. Blindados en ese pliegue, los tres hablaron a solas de lo que habían hecho.

El balance de una decisión

Repasaron en voz baja la cadena de lo sucedido. Habían sido enviados por los Errantes de Marte a recuperar un cargamento que unos científicos no habían entregado; en aquel laboratorio hallaron la ambrosía convertida en droga que mata, y en vez de entregarla decidieron retirarla del mundo. Olimpo la había separado del resto y el Mono Blanco la había llevado, en la esfera Cannonball Mark II, a la estación orbital Icarus, donde Dédalo —el Doctor de la Luz— la puso a resguardo lejos de la Tierra. Sabían ya que aquella miel era materia venida de las incursiones de Terminus, el enemigo cósmico contra el que se sacrificó Centurión.

Pero la decisión tenía precio. No habían cumplido el encargo; les debían su paga; y del norte, de Alaska, se habían traído una sospecha peor. En aquel silo —una vieja base de misiles reconvertida, propiedad de una fundación de Marte y custodiada por el coronel Jackson— habían visto cuatro cápsulas abiertas de las que habían salido seres superpoderosos, y el Mono Blanco había arrancado de las computadoras una imagen comprometedora: el anillo del director de Marte junto al presidente Doc Monroe y al ministro de defensa. Olimpo, además, guardaba un temor: que su decisión de devolver la miel al frío hubiera dejado morir a los que la necesitaban para vivir.

El cobro de Elizabeth Clay

Vino a verlos la enviada de la corporación: Elizabeth “Eli” Clay, la mujer de pelo azul que ya los había recibido con desdén la primera noche, ahora de blazer y traje ejecutivo. Traía los papeles del nuevo contrato para el primo de Ifrit —al que Marte había premiado con el catering de sus eventos— y traía también la paga. Con una sonrisa de hierro les aseguró que la corporación solo deseaba cumplir su parte del trato, y puso sobre la mesa cinco mil dólares en efectivo. Pero deslizó una advertencia: que esto no le agradaría a Samuel Giles, el director, y que sería bueno que ellos mismos se lo explicaran. Los héroes le pidieron una entrevista con Giles; ella, que decía no manejar su agenda, la concertó igual para esa misma tarde.

El encuentro en el campo de golf

Eligieron terreno abierto para el peligro: un campo de golf junto a Central Park, donde esa noche se montaba un festival de sonido y luces para doce mil personas y a mediodía solo trabajaban los técnicos. Llegaron por el aire y corriendo, viendo desde arriba la ciudad fractálica —Manhattan emulando su propio mapa de 1928, retrónimo sobre retrónimo por mandato del alcalde, tecnología suprema disfrazada de máquina de escribir. Dos limusinas trajeron a Giles: cuarenta años muy bien llevados, un aristócrata que se hacía traje de nanotecnología con lanza y escudo, y que prefirió caminar entre los senderos, escoltado por un guardia y por la propia Clay.

La conversación fue el duelo cortés que Olimpo había vaticinado que saldría mal. Giles sostuvo que él solo había pedido, como amigo de Olimpo, que juntara gente capaz de resolver un problema; que la ambrosía servía para afinar a la humanidad y devolverle su antigua divinidad, y para resistir el mundo en decadencia frente a peligros de adentro y de afuera. Los héroes le opusieron lo que habían visto: los chicos que se morían en la calle, la masa de carne del laboratorio, la sustancia derramándose y haciendo daño. Giles fingió sorpresa por que dudaran de él y no del “otro” —el que se había ido al planeta— y dejó caer, con una sonrisa, la puñalada: Rand había muerto una semana atrás, en Buenos Aires, y sin embargo lo habían visto vivo dos días después. Solo su hermana, mal alimentada de la miel, tenía una capacidad muy especial para sostener a un muerto. Al oírlo, Olimpo partió volando a la casa de la muchacha a comprobar que estuviera bien; volvió sin encontrarla.

Giles les dio una semana para elegir de qué lado están. Cuando ya se iba, el Mono Blanco le tiró a la cara la carta guardada: tenemos un comentario, ojo con la foto. El director se frenó en seco, negó saber de foto alguna, pero devolvió la amenaza con hielo —tenía cuatro razones para hacerles quitar sus derechos de persona humana— y una alusión venenosa a una vieja compañía de aventureros de la que el Mono Blanco había sido, alguna vez, aprendiz. Se supo entonces que las cuatro razones eran los cuatro superhombres nacidos en Alaska, ya en poder de Marte.

La segunda consulta a Dédalo

De vuelta, entraron otra vez en contacto con Dédalo por holograma —su rostro azul y negro de proyección orbital—. El artífice los felicitó por Alaska, pero traía malas nuevas: la ambrosía que custodiaba seguía estabilizada, mas no podría retenerla mucho más. La materia era viva y agresiva, cargada de sentimientos confusos por la soledad de la estación; y había visto espías de las corporaciones acercándose a su órbita. Propuso llevarla a un refugio más seguro y estable que una estación espacial: los subterráneos de la Luna —cavernas que fueron de los nazis y que ahora los suyos tomaron, en el lado oscuro—. Los héroes le pidieron además que rastreara el paradero de los cuatro superhombres de Alaska; Dédalo prometió buscarlos, y dejó la última lectura de ellos en la propia torre de Marte, en el Distrito Financiero.

Los seis días de preparación

Se abrió un descanso de casi una semana en la ciudad platónica, y cada uno tejió su vida.

Ifrit volvió a su doble vida de estudiante: un pibe becado que corre despacio a propósito, cursando ciencias e informática en el college, hostigado por Doc Otaku —un compañero genio y creído, políglota de cinco carreras, que se pavonea con las chicas y sueña con construir su “meca”—, a quien Ifrit empezó a mirar como a un futuro enemigo. Se mandó a hacer, además, una máscara y un traje de héroe con una costurera hábil de aire japonés, la Crimson Katana, que le cortaba el atuendo con su propia espada.

El primo de Ifrit, feliz con su nuevo contrato de shawarma para Marte, quiso armas para “encajar en América”: el velocista lo acompañó a un galpón de traficantes —al que confundió, cándido, con terroristas de su tierra— y le consiguieron un chaleco antibalas manchado de sangre ajena y un arma que no necesitaba, pues Ifrit pega con el puño y vuela más rápido que el viento.

El Mono Blanco, entretanto, se dedicó a investigar a fondo el negocio de los gladiadores —cómo entrar como lanista con una escudería propia al circuito— y a completar el rastreo de los cuatro. Se enteró por la televisión de que las corporaciones Errantes —Marte, Júpiter y Mercurio— habían cerrado sus contratos de defensa, y de que Doc Monroe prometía erradicar el terrorismo no ya solo en la Tierra sino más allá, con proyectos militares de alta tecnología.

El descenso al Circus Maximus

Pasados los seis días, la data cerró el círculo: el Circus Maximus era un lugar de Madison Avenue, una arena subterránea escondida bajo los sótanos de una New York disfrazada de los años treinta. Allí peleaban superhombres recién fortalecidos como Schwarzeneggers a fuerza de mutágenos, cibernética y nanotecnología; y allí, se sospechaba, se quemaba a la gente con la droga adulterada, bajo el ojo de August Roman y su hija Saturnalia. Decidieron entrar desde dentro, como invitados: el Mono Blanco haría de manager y de coro; Ifrit pelearía. Para acceder a la categoría mayor —el main event, uno contra uno— había que superar antes al guardián de la puerta.

El guardián era el Curator Drone: un autómata azul de guantes y rostro amarillos, alto y flexible, verdugo silencioso que humillaba a quien no sabía dar espectáculo, y cuyos colores —se descubrió con un escalofrío— eran los del traje del propio Centurión. Ifrit lo desafió en la jaula. El combate se libró sobre la misma mesa teomórfica del cono de silencio, aquella sobre la que, cuentan, había gente que murió cabalgándola como a un toro. Guiado por el master plan que el Mono Blanco había ensayado en simulaciones —quebrar el patrón del robot obligándolo a golpes que jamás daría—, el velocista ganó la iniciativa y midió su furia contra la coraza del dron: se repartieron ganchos y magulladuras, el metal quedó mellado, la carne resistió. Y con la refriega en pleno vértigo, cayó el telón de la jornada.

Coda: la miel devuelta al frío y la mujer que no se cambia

La crónica se cierra en dos escenas de color. Una: el director de Marte, a solas en su oficina, sentado sobre la mesa-toro como quien monta el peligro, tramando con impresión tridimensional de sigilos mágicos una ciudad de ciudades, una megápolis que cubra los mundos; los cuatro autómatas ya se habían retirado. Otra, más íntima y más triste: la ingeniera Clay —la mujer del pelo azul que jamás se cambia la ropa y siempre quiere saber que la están mirando— cayendo en su cama al alba, mientras desde la órbita se oye moverse levemente la armonía de las esferas. Y, a las tres de la madrugada, la luz de una laptop sobre el rostro insomne del Mono Blanco, que empezaba a intuir que en todas las realidades se abre la misma posibilidad vertiginosa: que las cosas podrían no ser más como son. Vale todo.


Vínculos

  • Ifrit — el velocista; su doble vida de estudiante, su nuevo traje, el duelo con el Curator Drone
  • Olimpo — el inmortal que negoció con Giles y corrió a socorrer a la hermana de Rand
  • Mono Blanco — el inventor simio; la oficina invertida, el rastreo de los cuatro, el master plan de la jaula
  • Samuel Giles — el director de Marte que los cita en el campo de golf y amenaza sus derechos de persona
  • Marte — la corporación que cobra la ambrosía no entregada y guarda a los cuatro superhombres
  • Errantes — Marte, Júpiter, Mercurio, Venus: el conglomerado planetario que cerró sus contratos de defensa
  • ambrosía — la miel viva que Dédalo ya no puede retener y hay que llevar a la Luna
  • Dédalo — el artífice de la Icarus que propone mudar la sustancia al lado oscuro de la Luna
  • Icarus — la estación orbital cuyo entorno rondan los espías corporativos
  • Luna — el refugio subterráneo propuesto para la ambrosía inestable
  • Cannonball_MYM — la esfera Mark II con que se llevó la carga a la órbita
  • Rael y Rey — Rand, muerto en Buenos Aires y sostenido por su hermana mal alimentada de miel
  • Saturnalia_Roman — la hija de August Roman, señora del circuito, contacto de la muchacha
  • August_Roman — rival de Centurión, amo del Circus Maximus
  • Circus_Maximus_MYM — la arena clandestina de gladiadores empoderados bajo Madison Avenue
  • Coronel_Jackson — el oficial del silo de Alaska donde se abrieron las cuatro cápsulas
  • Doc_Monroe — el presidente entongado con Marte, que promete erradicar el terrorismo más allá de la Tierra
  • Centurión — el campeón caído; sus colores viven, siniestramente, en el Curator Drone
  • Terminus — el enemigo cósmico de cuyas incursiones mana la ambrosía
  • Búhos Nocturnos — los guardianes del tiempo cuya academia sopesan integrar
  • New York — la ciudad fractálica de retrónimos sobre cuyo doble suelo transcurre todo

Capa lúdica [R]: Sesión 4 de Never 9-11 (Mutants & Masterminds 2e), campaña MYM. Presentes: Ifrit (velocista), Olimpo (inmortal) y el Mono Blanco / Gatnik (inventor). El Paragon (strongman) estuvo ausente. Continuación directa de la Sesión 3. Arco: reunión en la oficina “invertida” de Gatnik (mesa teomórfica / cono de silencio) → cobro de la paga por Elizabeth “Eli” Clay → confrontación con Samuel Giles en un campo de golf junto a Central Park (revelación de la muerte de Rand y de la capacidad necromántica de su hermana; ultimátum de una semana) → segunda consulta a Dédalo (mudar la ambrosía viva a la Luna; encargo de rastrear a los cuatro superhombres de Alaska) → downtime de seis días (college de Ifrit y su némesis Doc Otaku; máscara de la costurera Crimson Katana; compra de armas del primo Habibi) → infiltración al Circus Maximus e inicio del combate de Ifrit contra el Curator Drone (en curso al cierre).