Hay quien mide el tiempo por relojes. Ellos aprendieron a medirlo por los muertos: por el que no cayó, por la que volvió, por el que dejó su túnica vacía sobre el suelo. Un paso atrás, una sola semana; y la ciudad, que nunca deja de crecer hacia adelante, tuvo que aprender otra vez a doblarse.


El cuarto que huele a queso

La crónica los halla donde el mundo se pliega sobre sí mismo: el departamento de Queens, aquel piso de crímenes nunca resueltos con sus siluetas de tiza en el suelo —tres asesinatos por lo menos, marcados en polvo blanco— que los compañeros habían tomado por casa segura. Una semana entera llevaban allí, y el aire estaba espeso de un olor fétido que, con la costumbre, se volvía casi grato: el olor del queso. Porque en aquellas paredes vivía todavía el hombre de queso, el guardián que lee la Biblioteca Akáshica, y su presencia impregnaba el refugio como un fermento.

No era una guardilla ni una buhardilla: apenas un monoambiente con un par de altillos. Pero era, sobre todo, un lugar voltero —un sitio donde el tiempo no se comportaba—. Ya lo habían advertido antes: los pasillos que se alargan, las ventanas que desaparecen como en un sueño de Matrix, el instante que se estira en un mes. El Mono Blanco lo había comprobado en carne propia: voy a revisar el barrio, lo hago en un instante —dijo—, y volvió lavado del olor, como si hubiera pasado semanas afuera. No fue el único que lo hizo. En aquel bucle, entrar y salir era un pacto con el reloj.

Fue en ese piso, y no en otro, donde tiempo atrás habían encontrado a Acaya —el viajero sin cuerpo, el que habita conciencias ajenas—. Y es a él a quien la crónica se vuelve primero, porque en la semana que se cuenta se supo, al fin, qué cosa es.

Lo que es Acaya

Un joven de rasgos afilados, cabellera negra, aire indio, con vaqueros y torso desnudo, se activó en el refugio, y a todos les sonó de pronto conocido —no en la memoria, sino en la línea temporal misma, como si siempre hubiera estado insertado en su pasado—. Ya sé por qué me pertenezco, dijo, cuando los males del tiempo empezaron a apretar. Y quien narra le puso nombre a su naturaleza.

Acaya no vive un tiempo humano. Estuvo en la isla antes de que fuera ciudad; estuvo en Manhattan cuando era verde, cuando Long Island era una isla vacía, y esperó, y la urbe se edificó a su alrededor. Es, en algún sentido, parasitario de las conciencias: habita vainas —cuerpos de seres que le importan y que viven veinte, sesenta, treinta años— y las conserva. Ya lo había hecho: guardó el cuerpo de un muchacho a lo largo de un tiempo que no era el suyo. Para él, el tiempo es apenas una variable del pensamiento, y por eso —dicen— a su alrededor la realidad se aquieta un poco, como la gravedad de una masa enorme atrae hacia sí las cosas. Él vio el pasado y volvió, y en su rostro aún permanece esa línea donde las torres nunca cayeron. Porque esa es la verdad honda de esta New York: no que un día no ocurrió, sino que la idea misma de la ciudad —su futuro, su arquitectura, su técnica— creció hacia adelante y cubrió el mundo entero, y sigue creciendo.

El paso atrás

Y entonces, por primera vez, dieron un paso hacia atrás. No hacia el fondo del tiempo, como Acaya, sino una sola semana. Y lo dieron para rescatar a una muerta.

Mientras los compañeros se ocupaban de los asuntos de la Luna —de Rey, del gusano, de la esencia rescatada—, la sangre de Ifrit había caído en la calle. Su hermana, Aisha, extraviada tras la droga, había muerto en el estruendo de un atraco a un banco de Buenos Aires, destruida entre cristales. Todo parecía indicarlo; todos lo daban por cierto. Pero el bucle ofrecía una grieta.

El Mono Blanco rastreó las patentes del arma que la había matado —un diseño estructural emparentado con cierto disco eléctrico que ya conocían— y calculó, con precisión de relojero, la menor anomalía temporal posible. Clic, clic, clic, sintió el tiempo encajar. Y en el instante mismo en que los vidrios estallaban, arrancó a la hermana por la ventana, un latido antes de la muerte. La sacaron de su hora y la trajeron al único sitio capaz de guardarla sin que el mundo se resintiera: el departamento voltero de Queens. Un paso atrás, una vida recobrada, y el reloj apenas rechinó.

La Dama Esmeralda

Pero nada se arranca al tiempo sin que el tiempo cobre su precio.

Poco después de instalarse, los visitaron. Del otro lado de los muros apareció alguien de túnicas verdes que parecía verlos a través de la piedra, y que luego, sin más, atravesó las paredes —un poder que el Mono Blanco reconoció, porque lo había visto antes en los guardianes—. La figura no venía en son de paz: dejó caer una amenaza fría —esto no pasará desapercibido; ustedes tendrán que pagarlo al final— y avanzó.

Se resistieron. Y fue el cañón de anclaje del Mono Blanco —aquella arma de desplazamiento interdimensional, de aceleración y titanio, que dispara según una parábola de geometría no euclidiana— el que respondió. El inventor apuntó a un lado y la bala describió su curva imposible y golpeó a la aparición en la nuca; cayó, y no quedó de ella sino la túnica vacía. Mas la bala no dejó de acelerar. Masa por aceleración: una bala que no cesa alcanza la masa suficiente para quebrar el mundo, y por un momento la realidad misma se astilló. Se convocó entonces una guadaña de no se sabe dónde, y el filo del universo comprimido alcanzó también al hombre de queso, que fue partido —una compresión tan densa que amenazaba con precipitarse en un nuevo Big Bang—. Del guardián de queso quedaron ochenta kilos de muzzarella sobre el suelo, y lo que había que comer se comió, porque había manos para hacerlo.

Cuando el polvo se asentó, la crónica supo la verdad terrible: el sitio del guardián estaba vacío. Metrópolis —el Doctor Metrópolis, el que habitaba la ciudad y leía sus registros— había muerto. Sus últimas palabras fueron un adiós; murió, y se fue. Y quien había atravesado los muros no era un intruso cualquiera, sino la Dama Esmeralda: una de esas formas que la ciudad toma para sí, que se había ceñido el manto verde del guardián caído y ocupaba ahora su lugar. Muerto uno, la ciudad se dio otra máscara.

La túnica que salvó a Rey

Y hubo, en aquel baño del refugio, una escena que solo la distancia de una semana volvió inteligible.

Rey —la muchacha a la que Ifrit había acogido para desintoxicar— parecía perturbada; entraba al baño y se la oía reír, esa risa pasajera de la locura, y hablar con alguien que no estaba. Corría el agua de la ducha. Salió alguien de allí, y ella quiso cubrirlo con una túnica; pero después la túnica se la ciñó ella misma, y se la puso, y salió otra. Porque a Rey le ganó la batalla su propia partición: bajo el manto nuevo, la que era mala dejó de serlo, y dijo, por fin, que estaba bien. Tuvo que morir —socialmente, metafóricamente— para volver a alinearse: la vieja Rey, la del veneno y la búsqueda de la dosis, murió con una sonrisa, saludó y se fue, y en su lugar quedó otra que ya no haría daño.

Y así se explicó lo demás: por qué, desde entonces, no volvieron a caer sobre ellos los guardianes. El evento no debió ocurrir —el paso atrás, la muerte de un guardián, la dama de esmeralda— y sin embargo, una vez que todo se realineó, la vigilancia cesó. La costura del tiempo cerró sobre sí misma. Estaban libres.

Trece de agosto

Vuelven a sonar las bocinas. Afuera es de día —13 de agosto, un día de calor en New York— y por primera vez pueden salir sin que nadie los aceche. El refugio queda atrás, con sus dos siluetas de tiza restantes y su olor a queso ya sin dueño.

Se juntan a pensar en voz baja, y el mapa de sus deudas se despliega. Está la Luna, donde el gusano llamado Blanqui —Rey fundida con la droga, precipitada al cráter del lado oscuro— crece bajo la corteza a un ritmo que, calculado por lo que un gusano así consume, podría tardar trescientos años o mucho menos; un peligro dormido que reclama atención. Está la Conexión Shawarma, que se probó cooptada: uno de sus sondeos había terminado con una garrafa de helado en la tienda italiana de pizza del Bajo Manhattan, entre los pasteles que iban a celebrar los quince de la niña —y el que se había quedado en la ciudad pasó cerca, pero no pudo evitarlo, porque no podía saberlo—.

Y está, sobre todo, la cuenta pendiente con Samuel Giles y Marte. El director de Marte —aquel aristócrata de lo antiguo, amigo de Olimpo desde una noche en la discoteca Flax, que sueña con devolver a los hombres su divinidad perdida— les había confiado a ellos, y en particular al Mono Blanco, la misión de recuperar la esencia antes de que cayera en manos de otras dos facciones que él juzgaba nefastas: la de Dédalo y la del Bajo Mundo. Les dio un plazo de una semana. Y el plazo venció, y venció otro, porque en vez de entregársela la habían llevado a Dédalo, a su estación en el cielo. La despedida fue una amenaza en clave: hay cuatro razones, le dijo Giles a Ifrit, señalándolo por lo que no es del todo humano. Y la refriega en la que rescataron la esencia dejó su rastro: aquellos cuatro mercenarios de armadura de poder que enfrentaron en el norte olían a Marte, y en Alaska habían hallado la prueba de que Marte volvía a fabricar super-soldados, de la mano del ministro de defensa del régimen de Doc Monroe.

Sopesan opciones. Un asalto frontal a las oficinas de Marte en el Distrito Financiero es impensable —uno de los edificios más blindados de la ciudad, un bastión al modo de Matrix, y con el poder legal que la corporación esgrime—. Alguno propone, en cambio, una reunión: sentarse con Giles, con quien no hubo hostilidades abiertas, y que al menos con el Centurión guardaba respeto. Otro insiste en la Luna, en el gusano que no puede esperar: usar la esencia como cebo para atraer a Blanqui a la superficie y darle de comer una sola vez, para que no quede más droga en el mundo —y si sale mal, entregarla toda—. Recuerdan también que la ambrosía no es la única sustancia en juego: guardan todavía la otra droga, la más frenética, la que alimentaba las peleas de gladiadores del Circus Maximus de August y Saturnalia Román —aquel negocio que cerraron venciendo a un hulk rojo—, y que ni ellos mismos saben ya dónde la dejaron.

El periodista de King Kongta

Fue el Mono Blanco quien tendió el primer hilo. Recordó a la mesa que, desde hace años, sostiene su propia agencia de investigación —Monkey Business, un private eye de mono— y que en todo ese tiempo no había perdido sus contactos en el periodismo. Uno en particular: Ben Yuri, un hombre de patilla y sangre espesa, mitad reportero mitad criatura de la noche, al que apodan So Whisky.

La escena se abrió en King Kongta —un antro de comida donde uno come como quisiera comer, a las tres de la mañana—. Allí, entre el barullo y las luces, el mono del sombrero se sentó frente al periodista. Ben Yuri lo miró, reconoció al simio y a su compañero de patilla, y aceptó el trato: una cosa por otra. Y el Mono Blanco le deslizó, cerrado, un ejemplar del Daily Bugle —doblado, con algo entre sus páginas—, la moneda antigua con que se pagan las noticias que no salen en la primera plana. Con ese gesto quedó suspendida la noche, y la crónica.


Vínculos

  • Ifrit — el velocista; su sangre en Buenos Aires abrió la grieta por la que se rescató a su hermana
  • Mono Blanco — el inventor simio; calculó el paso atrás, partió a la Dama Esmeralda con el cañón, tendió el hilo con Ben Yuri
  • Olimpo — el inmortal, amigo de Giles desde la noche de Flax
  • Acaya — el viajero sin cuerpo; se reveló su naturaleza: habitó Manhattan cuando era verde
  • Metrópolis — el hombre de queso, guardián de la Biblioteca Akáshica; murió partido, y la ciudad tomó su lugar
  • Aisha — la hermana de Ifrit, arrancada de la muerte un latido antes de los cristales
  • Rey — la muchacha desintoxicada; murió a su vieja identidad bajo un manto nuevo y quedó en paz
  • Blanqui — el gusano lunar en que se fundió Rey; crece bajo la corteza de la Luna
  • Samuel_Giles — el director de Marte; venció el plazo, la amenaza de las cuatro razones
  • Marte — la corporación de las armas y los super-soldados; su fortaleza en el Distrito Financiero
  • Las_Cuatro_Razones_MYM — las cuatro razones con que Giles amenazó a Ifrit
  • Dédalo — el artífice a quien llevaron la esencia en vez de entregarla a Marte
  • Circus Maximus — el circuito de gladiadores cuya “otra droga” aún guardan sin saber dónde
  • August y Saturnalia Román — los dueños del Circus, negocio ya cerrado
  • Conexión Shawarma — la red árabe probada cooptada; el helado en la tienda italiana
  • Alaska — donde hallaron la prueba de los nuevos super-soldados de Marte
  • Doc_Monroe — el régimen cuyo ministro de defensa ampara la fábrica de soldados
  • Centurión — el campeón caído, ante cuyo nombre aun Giles guarda respeto
  • Luna — el mundo partido donde el gusano crece
  • Biblioteca_Akashica — los registros que Metrópolis leía y que su muerte deja huérfanos
  • New York — la ciudad platónica que crece hacia adelante y sabe doblarse hacia atrás

Capa lúdica [R]: Sesión 7 de Never 9-11 (Mutants & Masterminds 2e), campaña MYM. Sesión breve y de reagrupamiento (el registro se corta a los ~30 min): recapitulación extensa de las sesiones previas + puesta al día del nuevo integrante (Ben Yuri / la Conexión Shawarma) + planificación. Hechos diegéticos nuevos: (1) se explicita la naturaleza de Acaya/Akasha (habita conciencias, vio la New York “verde”); (2) salto temporal de una semana para rescatar a Aisha, hermana de Ifrit, muerta en un atraco en Buenos Aires; (3) aparición de la Dama Esmeralda, que atraviesa muros, ocupa el manto del guardián y provoca —junto con la bala descontrolada del Mono Blanco— la muerte de Metrópolis (partido; el PC/guardián cae y la ciudad lo reemplaza); (4) pacificación definitiva de Rey bajo un “manto nuevo”; (5) presente 13 de agosto: se planea recuperar la ambrosía de Marte (Distrito Financiero), cebar al gusano Blanqui en la Luna, y una escena en King Kongta donde el Mono Blanco (agencia Monkey Business) pasa un Daily Bugle a su contacto periodista Ben Yuri (“So Whisky”). Presentes: Ifrit, Olimpo, Mono Blanco/Gatnik, Akasha/Acaya (y en el relato, el guardián Metrópolis).