Alguien quiso darle a los mortales la comida de los dioses. Nadie le advirtió que la miel, mal repartida, es la más dulce de las venenos.
El botín en el laboratorio muerto
La noche encontró a los tres compañeros todavía en las entrañas de aquel laboratorio subterráneo, bajo el galpón de maniquíes que llaman Barbie’s Warehouse, en un barrio perdido del norte de la ciudad. La batalla anterior seguía humeando en sus cuerpos: quemaduras, oídos rotos, el cansancio del que acaba de deshacer a un monstruo. Sobre el suelo agonizaban aún los restos del engendro de bocas y ojos que había devorado a un científico y al metal de sus armas; en una pileta del fondo quedaba, como un molde vacío, un poco de aquella sustancia embreada, fluorescente y anaranjada —lo que habían venido a buscar.
El Mono Blanco se puso a trabajar. Con su ciencia química y su don de tocar la gravedad separó las densidades de aquel légamo como quien aparta el agua del aceite, lo elevó contra el techo en una red antigravitacional y logró, al fin, aislarlo y encerrarlo en un contenedor criogénico de alta tecnología. Mientras tanto Ifrit montaba guardia a velocidad imposible y Olimpo —el inmortal de rostro de mármol— vigilaba las puertas del recinto saqueado.
Los chicos que venían por su dosis
No estaban solos. Del otro lado de una pared, dos figuras jóvenes desintegraron el muro y entraron: un muchacho y una muchacha de aire retro, casi hermanos en el rostro, vestidos de fucsia y de una armadura ágil de placas oscuras. Eran Rael y Rey, dos consumidores que buscaban, como todos, “la fuente” de la que manaba la droga. Venían maltrechos: la ambrosía adulterada que habían tomado en el Powerhouse los estaba matando por dentro.
Ifrit intentó primero disuadirlos —el after lo pueden seguir en otro lado—, pero los chicos no se comían una y, midiéndose, soltaron su poder: una distorsión oscura que dobló la realidad alrededor de los héroes y los tomó por sorpresa. El muchacho descargó un grito sónico que a punto estuvo de dejar sin sentido a Ifrit; la muchacha, bailarina, hacía desintegrarse la materia con un gesto. Ifrit, recobrado, se descorporó en su carrera y llenó el lugar de una fuego azul —cien pies de bruma que solo los suyos podían atravesar con la vista— y, cuando le tocó, tumbó al muchacho de un solo cachetazo a mano abierta, el torbellino que —dice— aprendió del mismísimo Centurión. Sonó la columna entera; cayeron dientes al suelo.
La chica quiso arrastrar a su hermano lejos, gritando que solo la droga podía salvarlo. Y allí la refriega se volvió otra cosa. Porque no eran villanos: eran dos pibes que se morían.
La piedad y la sospecha
Los héroes bajaron las manos. El Mono Blanco, con su química, coció un sedante suave —un punto caramelo, un mellow que dejara de temblar a las piernas de la muchacha— y estabilizó en ambos el veneno que llevaban en la sangre; según su arte, ya no morirían. Con los chicos dormidos, los tres se juntaron a pensar en voz baja, y la trama empezó a complicarse.
Ataron cabos: aquel laboratorio era de la corporación Marte, y de sus tubos se filtraba a la calle la ambrosía convertida en droga que mata. El hombre que los había contratado, Samuel Giles —director de Marte, conocido de Olimpo, un aristócrata apasionado de lo antiguo—, juraba querer afinar a la humanidad y reconectarla con sus ancestros divinos. Pero alguien estaba haciendo llover esa miel sobre el mundo de los mortales, y no todos los mortales la sobrevivían. La muchacha, entre brumas, llamó por teléfono a su contacto: Saturnalia Roman, la hija consentida de August Roman —viejo rival de Centurión, hoy señor de un circuito clandestino de gladiadores empoderados, el Circus Maximus de Madison—. Era ella quien mandaba a los chicos a robar bancos y a buscar la fuente.
Con el botín asegurado y los durmientes a cuestas, los tres se replegaron al departamento de Ifrit: un piso rentado en un edificio de crímenes nunca resueltos, sellado por los guardianes del tiempo, con su silueta de tiza en el suelo y un catálogo de antigüedades rituales entre reliquias olvidadas. Allí acostaron a Rael y a Rey a dormir la mona.
La consulta a Dédalo, en la órbita
Quedaba la gran pregunta: ¿a quién entregar la ambrosía? ¿Al de la corporación, que decía querer sacarla de la calle? ¿A los Búhos Nocturnos, esos guardianes del tiempo que Olimpo tenía por fascistas pero que salvaron la ciudad? Fue Olimpo quien recordó a alguien más antiguo y más responsable: Dédalo, el artífice, que se había retirado del mundo a una estación en el cielo. El Mono Blanco calculó su órbita con pura arqueoastronomía —cuentas finas sobre el vuelo de un satélite— y la ubicó allá arriba, cerca de la Luna, sobre la costa del Pacífico.
Con la gravedad y la técnica, el inventor trazó una nave esférica, sin propulsión, para que Olimpo la llevara en sus brazos fuera de la atmósfera: la bautizaron Cannonball. Olimpo salió primero, solo, disparado como un meteoro —su bufanda ardió y cayó apenas cruzó el cielo—, y llegó a la Icarus con cuatro cañones de plasma apuntándole, un intruso no invitado ante las defensas de la estación. El Mono Blanco, desde tierra, hackeó las comunicaciones y desvió cualquier rastreo incómodo; y así entraron en contacto con el dueño del lugar.
Dédalo —que se presentó como el Doctor de la Luz, con casco a un tiempo de héroe griego y de astronauta— reconoció la sustancia: ambrosía, materia alienígena venida de los puntos de incursión de Terminus, el enemigo cósmico contra el que se sacrificó Centurión. Aceptó custodiarla y neutralizarla lejos de la Tierra. Ofreció a los tres una carta de recomendación para la academia de la Liga de la Libertad —él mismo es hijo del fundador—, y dejó abierto un canal para comunicarse, aunque descartaron la idea de un teletransportador (una tecnología que un viejo enemigo suyo, Dominotauro, usaba para el contrabando). Y reveló el dato clave: la lluvia de ambrosía había caído en Alaska, donde Marte poseía la concesión de un antiguo silo. En el camino, el Mono Blanco aprendió también de ONNI, la inteligencia artificial del conglomerado de los Errantes —Marte, Júpiter Corporation, Venus Unlimited, Mercurio— que se les había ido de control.
El descenso a Alaska
Resuelto el destino, partieron al norte. Olimpo cruzó el continente por su cuenta, corriendo sobre el hielo y el agua (en el camino, un extraño autoestopista de buzo blanco le ofreció viaje y le arrojó unas monedas). Ya en Alaska, a dos kilómetros de una instalación clasificada, los recibió el coronel Jackson, de la Agencia Ícaro —una fundación más libre que la Liga, ligada a la estirpe de Dédalo—. La Agencia los reclutó en misión de prueba: les dio contadores Geiger afinados para la ambrosía, credenciales de expedición científica y condición de contratistas independientes. La tapadera oficial de los militares era neutralizar una vieja ojiva nuclear del siglo XX con cargas de X-Pis IV; la misión verdadera de los tres, hallar el meteorito de ambrosía.
Mientras las fuerzas especiales volaban el muro principal en un asalto de distracción, los héroes se colaron por un flanco menos vigilado: Olimpo saltó a los dos por encima de un muro de piedra, envueltos en la niebla de Ifrit, invisibles, siguiendo el Geiger hacia el edificio del sur. Ante una enorme puerta blindada, sellada con cierre electrónico, Ifrit se volvió insustancial y la atravesó como una nube de luz; desde la órbita, Dédalo, viendo por su cámara, liberó el cerrojo y la puerta se abrió. Dentro los aguardaba un laboratorio de frío atroz, con tubos de contención humanoide y computadoras que hilaban cuentas al modo de Matrix.
Saltaron las alarmas. Cuatro mercenarios de armadura de poder los enfrentaron con blásters de energía. Ifrit, más veloz que sus disparos, los desarmó a los cuatro de un solo golpe —las armas, prendidas a los trajes, les quedaron colgando— y desvió sus rayos como quien aparta copos de nieve; mientras tanto el Mono Blanco se lanzaba sobre la red de computadoras para desconectarla, arrancando cables en una tarea que le llevaría varios asaltos. Con la refriega en pleno fuego, quedó suspendida la noche.
Coda: la piba de la escoba
Antes del cierre, la crónica vuelve a New York, al departamento de Ifrit, para una escena más íntima. La muchacha, Rey, se despertó del sedante y no tenía adónde ir. Ifrit le ofreció techo —si puedo salvar a una persona, una persona sigue salvada— y se propuso volver su piso una pequeña granja de rehabilitación. La chica, creyendo al principio que ganaría con qué drogarse, terminó barriendo la tiza de los cadáveres, y luego atravesando el infierno del síndrome de abstinencia: rompió un vidrio, vomitó, gritó por una dosis que ya no habría. Su hermano vino a buscar su campera y a maldecirla. Y Ifrit, con paciencia de héroe callado, la sostuvo del brazo mientras pasaba lo peor —dispuesto a todo con tal de arrancarle un alma más a la miel envenenada de los dioses.
Vínculos
- Ifrit — el velocista; fuego azul, insustancialidad, el cachetazo de Centurión
- Olimpo — el inmortal que voló la ambrosía a la órbita en la Cannonball
- Mono Blanco — el inventor simio; aisló la ambrosía, calculó la órbita, construyó la nave
- Rael_y_Rey — los dos chicos consumidores que buscaban la fuente
- Samuel_Giles — el director de Marte que los contrató en nombre de lo divino
- Marte — la corporación cuyo laboratorio filtra la ambrosía a la calle
- Saturnalia_Roman — la contacto que manda a los chicos a la fuente
- August_Roman — su padre, rival de Centurión, señor del Circus Maximus
- Circus_Maximus_MYM — el circuito clandestino de gladiadores empoderados
- Dédalo — el artífice que acogió la ambrosía en la Icarus
- Icarus — la estación orbital, refugio de Dédalo
- Cannonball_MYM — la nave esférica del Mono Blanco
- Agencia_Icaro — la fundación que recluta a los héroes para Alaska
- Coronel_Jackson — el oficial que los guía en el asalto al silo
- ONNI — la IA descontrolada del conglomerado de los Errantes
- Errantes — Marte, Júpiter, Venus, Mercurio: el culto planetario corporativo
- Dominotauro — viejo enemigo de Dédalo, contrabandista de teletransportadores
- Liga_de_la_Libertad — los Búhos Nocturnos; academia a la que Dédalo los recomienda
- Centurión — el campeón caído contra Terminus, maestro del cachetazo de Ifrit
- New York — la ciudad platónica sobre cuyo doble suelo transcurre todo
Capa lúdica [R]: Sesión 3 de Never 9-11 (Mutants & Masterminds 2e), campaña MYM. Presentes: Ifrit (velocista), Olimpo (inmortal) y el Mono Blanco / Gatnik (inventor). El Paragon (strongman) estuvo ausente. Arco: estabilización de la ambrosía en el laboratorio de Marte → enfrentamiento y rescate de dos dealers (Rael y Rey) → viaje a la estación Icarus a entregar la sustancia a Dédalo → reclutamiento por la Agencia Ícaro → asalto al silo de Marte en Alaska (combate en curso al cierre). Coda: Ifrit acoge a Rey para desintoxicarla.