Quisieron esconder el veneno de los dioses en la casa de la muerte, para que nadie lo bebiera. No contaban con que hay quien no busca la muerte de los hombres, sino su ascenso: y que a esa gente le basta con enviar la miel un siglo hacia atrás, para que el gusano tenga tiempo de crecer.


El suelo que no termina de fijarse

Venían de perseguir la fuga. La ambrosía adulterada que Marte había robado de la luna se les había escapado por un subte muerto —un viejo tubo neumático de la ciudad—, y ellos habían presionado por la grieta a pesar de todo: a pesar de las criaturas guardianas que allí moraban, unos fantasmas de cuchillos y de sombras a los que llamaron Jack-o’-Lantern, que quisieron mandarlos otra vez a la luna o a alguna prisión estelar. El hackeo de Gatnik los mantuvo dentro del sistema —siempre los quieren sacar del sistema—, y como osabuesos que son, pasaron.

Del otro lado no había un laboratorio. Había una New York de gaslight, de invierno, de finales del siglo XIX. No la de 2035, no la de ninguna de las iteraciones que conocían. Un lugar de alcantarillas humeantes al lado de la estación de policía, de cadáveres entregados a médicos sin escrúpulos para pruebas prohibidas, de cafés italianos y franceses recién plantados. Y algo se movía todavía bajo sus pies: de pronto un coche antiguo cruzaba a lo lejos, una luz cambiaba, y sentían que el suelo no estaba del todo fijo —que podían ser 1870 o 1890 de golpe—. El tiempo los había arrojado allí, y sus cuerpos aún no cuajaban en esa hora.

Cada uno cayó donde debía

No llegaron juntos. El pliegue del tiempo los repartió, y a cada uno lo dejó vestido de lo que en el fondo es.

Al pie del Puente de Brooklyn, junto al cartel más grande de la primera pizzería del mundo —Animal Dispixies—, estaban los doce hermanos Chisman: doce figuras idénticas, clones unos de otros, repartiendo pizza gratis a la gente para el frío, vestidos con trajes a rayas, saludándose entre sí como espejos. Un político de la vieja escuela, un Tammany Hall que gana elecciones repartiendo comida. Cuando se terminaba una pizza, uno se tocaba el codo y volvía a ser una sola persona.

En una barbería, el Mono Blanco —dos metros de cara medio robótica, futurista y fuera de época— compraba con toda naturalidad un tapado extra-large y se lo entregaba, envuelto, a una tal señora Calla, sin que nadie supiera por qué. (Esas vinculaciones bizarras suyas, ese modo extraño de tratar con Calla.)

Y a Olimpo lo vieron dándole a un inmigrante un billete de cien dólares —dos billetes, en verdad, a un hombre de tapado de piel—, un billete que en 1870 todavía no existe. Bienvenido a la pobreza de la época.

Pero hubo otro Mono. Porque el que cayó en el corazón de aquella New York cayó como lo que un simio abandonado por su dueño podría ser en ese siglo: un mono de circo, con sombrerito de belboy, una caja grande de ruedas pintada con arañas que hacían malabares —su artefacto Booster, mitad máquina mitad mente, metido dentro como en una casita— y un organillo. Nunca hablaba. Se hizo querer por los niños de la calle: les llenaba las manos de anillitos y de moneditas, unos trinquetes, y a cambio los miraba, los seguía, aprendía sus situaciones familiares. Un animal tierno haciendo su número mientras entendía, callado, el bajo mundo de la ciudad.

Apolo se acuerda

Fue Olimpo quien primero sintió la corriente del recuerdo. La luz del pasaje —aquella puerta de la luna que habían atravesado la vez anterior— había hecho en él un equivalente de cosas que ya había visto; no un cambio, sino una transformación, una inicialización. Y entonces se acordó del nombre.

Apolo, le decían. Apolo Fiesta, el famoso de New York. Y más atrás: uno de aquellos locos que hace cuatro mil años le puso su nombre a un dios y le levantó templos. Odolithio, sonaba. Su hermana era ArtemisaCarla—, la que baila para las estrellas, la que pone el lanzaperfume, la de la doble luz. Imágenes de otra vida asomando en el hielo de un invierno del siglo XIX, mientras alrededor se estabilizaban, uno a uno, los cafés y el jazz de una ciudad que apenas nacía.

El padrino que no vende

En el Parque de los Italianos —cerca de la calle Bleecker, con edificios antiguos ya en mal estado y otros recién plantados— la comunidad reconocía a los suyos. Y a Olimpo lo trataron como a un fundador, como a un padrino: un inmigrante generoso, de treinta y pico de años, que hace veinte que vive allí y ayudó a la gente a empezar. Después de la guerra civil, cuando las pandillas se confrontaron con la policía, terminaron haciendo una comunidad muy fuerte. El imperio romano que se fue de Italia y se refundó acá.

Le hicieron una oferta que no podía rechazar: comprarle todos sus locales para convertirlos en una cámara de inmortalidad. Él la escuchó con el repasador al hombro, como un actor de Hollywood, y dijo lo que había que decir. Nosotros no negociamos. No quería vender el negocio, por mucha plata que le pusieran encima. Que hicieran un panino, mejor. Que vendieran pizza como todos. Él ya tenía un trabajo. Saludable.

La casa de la muerte

Todo confluía en un punto, y ese punto era un monumento que se inauguraba en la University Place. Una fanfarria a la que asistían el gobernador de New York, el alcalde, el inspector general de policía, el presidente de los Estados Unidos, el director de Sanidad Pública, senadores, la guardia nacional, la flota del North River anclada cerca. Todo un Estado gastando sus recursos en levantar una sola cosa. Y los héroes, en el centro de esa plaza, conspicuos y a la vez como si nadie los viera —arrojados del futuro a esa hora, mirando sin ser mirados.

Las leyes que prohibían el suicidio habían sido derogadas. El gobernador hablaba de una muerte indolora que esperaba a quienes no pudieran soportar los dolores de la vida: si lo que quieren es la muerte, allí deben buscarla. El número de suicidios había aumentado, y el gobierno decidía instalar una Cámara Letal en cada ciudad, en cada pueblo, a lo largo del país. Un monumento imposible, surrealista, fuera de lugar: puertas de bronce por las que —cuando se entreabrían— parecían moverse cosas como los vampiros; una mujer de una belleza de otra época en la puerta; y una figura familiar, dorada, adentro. La asistente militar de la Casa Presidencial cortó la cinta: declaro inaugurada la Cámara. El silencio en la calle fue absoluto.

Pero Chisman ya había escuchado, a través de su lectura akáshica, la verdad que corría por debajo del discurso. La droga no era un opio cualquiera: era algo que abría la profecía, la posibilidad de pitonisar, el don del oráculo de Delfos. Y esa droga estaba escondida ahí adentro. Había sido donada al Estado como quien cierra una negociación: fue esa donación la que convenció a los gobernadores de construir la Cámara Letal —para que nadie pudiera usarla, para sellarla bajo el plomo de la casa de la muerte—. Cien garrafas de una misma sustancia negra —como las cien vasijas de los hijos de Duryodhana en la vieja epopeya, separadas y un día rotas y reunidas— que se habían fundido en una sola bola de néctar. La ambrosía que ellos mismos habían ocultado, ahora convertida en piedra negra gigante al fondo de la Cámara.

Mientras tanto, adentro de su caja, en una escena que Gatnik prefirió que nadie viera, Booster se metía una jeringa en un ojo al estilo de las viejas películas de doce monos, y arrancaba, boosteado, el dato del bajo mundo: dónde estaba la droga.

Las hilanderas

Antes de la puerta, había estatuas. Tres figuras afuera, seis columnas a la vista —y, según los ojos de rayos X, doce por dentro: doce pilares, doce monos, doce columnas—. Y Chisman, que puede hablar con los objetos, se acercó a las estatuas para preguntarles lo único que las estatuas pueden contar: quién entró y quién salió por esas puertas.

Eran las tejedoras. Klotho y sus hermanas, condenadas a mirar siempre hacia adelante, tres que son una: una hila el pasado, otra el presente, otra el futuro. Sus voces sonaban como telas del lugar, susurros que había que interpretar. Y lo que le dijeron, cuando las leyó, fue parte de la imagen del apocalipsis. Sintió el don triple, la luna hablando: desde la luna se traza un solo recorrido. Aquí entró algo semejante a lo que ellas llaman el don madre de la apocalipsis. Un don como el filo de una aguijada, como una gota que da la vida y otra que la quita, en proporción.

Detrás de todo eso, un nombre: Hécate. La diosa de la magia y del infierno. Y una revelación que le heló la sangre a los héroes: Hécate está desarrollando el gusano de la luna. La entidad que amenaza con comerse el satélite estaba siendo criada, aquí, en el pasado, por la hechicera —y adentro de aquel templo había alguien más cercano a ellos de lo que hubieran querido.

Hauberg y la armadura del Centinela

Mientras dos Chismanes cuidaban la puerta, los demás siguieron un sonido de golpes de herrero que venía de otro lado del tiempo: por la calle, hasta un pequeño taller donde un hombre remachaba una armadura antigua. Un hombre de pies bien plantados, de bigote sedentario, con cota de malla y coraza, que dejaba el mazo entre las piernas. Tenía una hija que, sin decir palabra, se ruborizó entera al verlos y se fue a su cuarto a pintar peras con forma de perro, membrillos, cosas del subconsciente.

El herrero se llamaba Hauberg. Reparaba sobre todo armaduras, aunque también alguna lanza y espada. Y la pieza que tenía entre manos —una grieva, una canillera con signos que, bien leídos, se reconocían— era una pieza perdida de una armadura famosa. Le habían encargado terminarla para la inauguración de la Cámara Letal, junto con una lanza muy especial de modelo antiguo y un escudo, para vestir con ellos una estatua del dios que se dirigía a la casa de la muerte. Gatnik le pidió que le contara la historia; Hauberg la contó.

Era la armadura del Centurión —la misma que lleva la estatua del Centinela, símbolo de la ciudad—. Y Hauberg les recordó de dónde venía aquel campeón: una cápsula, un lifepod, que cayó del cielo con un niño varón al que la ciudad adoptó y llamó Mark; un psíquico poderoso que, bajo identidad secreta, fue profesor de historia en la universidad de la Ciudad de la Libertad y miembro fundador de la Liga de la Libertad; el que se dedicó, para la nueva Roma, a acabar con la hostilidad de la caída del Términos. Un pasajero de otro mundo escondido en un tránsito humano.

Con la grieva reparada, la armadura del Centurión se completó. Y entonces —al reconocer un rostro, como por reconocimiento facial— empezó a imprimir dentro de sí un holograma: se ensambló sola, y adentro apareció el Centurión, rubio, perfecto, reconstituido en una gándara de nanobots. La imagen que Olimpo más había temido, la que él mismo —dijeron— había derribado alguna vez de un golpe en la cara: ahora de pie, con sistema de defensa propio, en la puerta del templo. Arde pero no te consumas, decía. Deus ex machina en marcha.

El templo de Medea

Y adentro estaba ella. Un lugar de culto con vapor de aguas antiguas, un fresco de violencia en el muro, un caldero al lado del cual una mujer parecía rejuvenecerse, y un carro tirado por dragones en un frontispicio. En el centro de la basílica ritual, una piedra negra gigante —del tamaño de toda la droga que los héroes habían escondido y metido en un camión—. El dinero. La cosecha entera.

La guardaba Medea: hija de Eetes, rey de la Cólquide, nieta del Sol, del país del Mar Negro donde estaba el vellocino de oro y el primer dragón. Educada en las artes mágicas por su tía Hécate; la que por amor a Jasón durmió al dragón, mató a sus propios hijos y luego fue engañada. Una hechicera inmortal, con su caldero y su mal de ojo. Y —el golpe más duro— familiar de Akasha: la que estaba adentro era de su sangre, su amada, aquello a lo que Akasha llamaba la escala.

Chisman entró primero, sonriendo, a pedirle la droga con malas palabras. Ella le contestó con un dolor de cabeza que era un estallido mental. Y la refriega empezó.

El plan de los que quieren ser dioses

Entre golpe y golpe, la hechicera —o la voz que hablaba por ella— les explicó el plan, y no como quien confiesa un crimen sino como quien invita a colaborar. El mundo, dijo, puede ser de los inmortales, de los que merecen, de los que tienen el ánimo suficiente y no son pusilánimes. Va a haber una mixtura en la luna. La luna, que fue parte de la tierra, es la Señora —no el sol de los patriarcas—; esa verdad embarazada les dará lo que les falta.

Su plan era simple y material: la luna necesita el combustible que le faltaba, el que los héroes le habían ocultado. Iban a enviar la piedra negra —el néctar, la ambrosía— al pasado, a la luna de 1890, para que allí el gusano tuviera siglos de cosecha, y estuviera listo para explosionar cuando los héroes volvieran a su tiempo. Para ese entonces, en 2035, el plan ya estaría hecho. La única forma —decían— de resistir al Términos que viene: divinizar a toda la humanidad, volver dioses a todos, para que solo sobrevivan los inmortales cuando llegue la incursión. Y ellos, los héroes, aunque han puesto palos en la rueda, también son los rayos de esa rueda: podían simplemente colaborar, hacerse a un costado.

Los héroes lo dijeron sin rodeos: no es eso lo que va a pasar. En la luna va a nacer una criatura que se va a alimentar de eso. El dragón que ella amenaza no es un dragón: es un gusano.

Y en la sombra de todo, un nombre viejo y un saludo terrible. Alguien —la sombra de Akasha, el viajero sin cuerpo— dijo: mi viaje ha sido mucho más largo que el suyo. No he estado en Noruega. ¿No has recibido un mensaje, Lotario? Y la respuesta: No eres tú. Disculpa, Rey Amarillo. Coronas, una entidad que sueña con reinar, y al fondo el nombre de una ciudad: Carcosa.

Perdimos y ganamos

La batalla fue una derrota con un solo consuelo. Medea desató todo su poder: dominó a los Chismanes, los volvió marionetas de una carne que ya no era suya, los hizo atacarse entre ellos, les quebró las columnas; invocó seis demonios para que empujaran la piedra negra hacia su destino e impidieran que nadie la detuviera; y al Mono de circo lo reventó contra un pilar, hecho pedazos. El Centurión nanobótico —ya no héroe, sino guardián de la puerta— cruzó como un sueño, cortó el hilo de las tejedoras con sus propias manos, y dejó que la esfera siguiera su curso: hombres o máquinas, es lo mismo; son máquinas de ser hombres. Después asintió y salió por la puerta.

A Akasha lo arrancaron de su host y lo teletransportaron a seiscientas millas; entonces, alma libre en el espacio-tiempo, se metió en el cuerpo de la propia Medea y la durmió por dentro, quedándose con su carne.

La piedra negra escapó por un conducto que bajaba hacia Battery Park, donde un cohete antiguo, de estampa de Julio Verne, esperaba con la puerta abierta para disparar a la luna. La esfera se cargó primero. Y entonces Gatnik —vuelto una masa densísima, una bola de su propia materia sin daño de caída— se arrojó tras ella dentro de la nave. La compuerta se cerró. El cohete partió. Uno se fue a la luna.

Abajo, en la casa de la muerte, quedaban un mono roto, la columna quebrada de un compañero, los primeros muertos de la ciudad entrando a la cámara. Perdimos y ganamos. La miel de los dioses iba camino de la luna del pasado; pero uno de los suyos iba con ella, y el gusano —les dejaron dicho— podría tardar todavía trescientos años en despertar.

Coda: la Tierra saliendo desde la Luna

La crónica cierra en dos escenas. Arriba, Olimpo sacó a los caídos del pozo; Chisman cargó al mono destrozado para llevarlo a curar, y recogió también la armadura muerta de Marte. Y en la Luna —donde no hay aire y por lo tanto no se escucha— dos figuras quedaron paradas sobre el polvo, poniéndose los auriculares, tratando en vano de prender un cigarrillo, viendo salir la Tierra desde el horizonte lunar. Habían pasado diez años. Había bacterias en la Luna que empezaban a sonreír, a conectarse. La Luna es queso, y el queso ya estaba puesto.

Y hacia allá se dirigía, por fin, una figura erguida con traje de batalla —el cuerpo-armadura de Marte que Akasha se llevó consigo, vestido como si fuera la piel del león de Nemea sobre un esqueleto de ballena cósmica—, dirigiendo objetos con un poder callado, camino del mundo satélite hermano. Esto va a tener consecuencias.

En esta realidad, entretanto, acababa de fundarse la dinastía imperial de Norteamérica. Y alguien, mirando lejos, dejó caer el augurio: algún día irán a Carcosa, a las Híades, a Hastur y a Aldebarán. Esto es Carcosa.


Vínculos

  • Olimpo — el inmortal que recuerda haber sido Apolo hace cuatro mil años; padrino de los italianos que no vende
  • Chisman — el mind-controller de los doce hermanos idénticos; leyó la Biblioteca Akáshica y habló con las estatuas-Moiras
  • Mono Blanco — el inventor caído como mono de circo, con Booster en su organillo; se arrojó tras la esfera hacia la Luna
  • Akasha — el viajero sin cuerpo; familiar de Medea, teletransportado y luego poseedor de su cuerpo; a él lo llama la sombra Lotario (troncal ATEM)
  • Ifrit — el velocista, arrastrado también al pliegue de la New York de gaslight
  • Medea — la hechicera inmortal, sobrina del Sol, discípula de Hécate; guardiana de la piedra negra y agente del plan lunar (entidad nueva)
  • Hauberg — el herrero del siglo XIX que reparó la grieva perdida de la armadura del Centurión (entidad nueva)
  • Centurión — reconstituido en nanobots a partir de su armadura; vuelto guardián que cortó el hilo de las tejedoras
  • el gusano de la luna — la criatura que Hécate cría en la Luna; su combustible es la ambrosía enviada al pasado
  • el Términos — la incursión cósmica que viene; excusa del plan de divinizar a la humanidad
  • Marte — la corporación que robó la ambrosía de la luna; su armadura de omnidrón queda como cáscara vacía
  • el néctar — la piedra negra, don-madre de la profecía; cien garrafas fundidas en una
  • la Biblioteca Akáshica — la lectura por la que Chisman supo la verdad de la Cámara Letal
  • la Liga de la Libertad — de la que el Centurión fue miembro fundador
  • la Luna — destino de la piedra negra y del Mono; se revela como “la Señora”, parte antigua de la Tierra
  • New York — cuyo doble suelo se pliega esta vez hacia el siglo XIX de gaslight
  • Calla — a quien el Mono Blanco trata con su vinculación extraña, aquí regalándole un tapado

Capa lúdica [R]: Sesión 10 de Never 9-11 (Mutants & Masterminds, 2ª ed.), campaña MYM. Sesión de pocos jugadores, jugada de modo experimental (el Narrador cedió más agencia narrativa a la mesa, tirando de lecturas compartidas del imaginario del siglo XIX). Presentes: Olimpo (inmortal/Apolo), Chisman/Metrópolis (mind-controller de duplicados), el Mono Blanco / Gatnik (inventor, con su device Booster) y Akasha (viajero sin cuerpo). Arco: persecución de la ambrosía fugada a través de una grieta temporal → los héroes son arrojados a una New York de gaslight (1870-1890) → descubren que la droga fue donada al Estado y sellada dentro de la Cámara Letal (guiño explícito a The King in Yellow de R. W. Chambers: la cámara letal, el Rey Amarillo, Carcosa/Hastur/Híades) → reparan la armadura del Centurión con el herrero Hauberg y la reconstituyen en nanobots → asalto al templo de Medea, que revela el plan: enviar la ambrosía al pasado para que el gusano lunar (criado por Hécate) tenga siglos de cosecha y estalle al volver ellos a 2035, con el fin de divinizar a la humanidad contra Terminus. Giro de arco (derrota parcial): los héroes NO logran detener la esfera; Medea domina y quiebra a varios PJs, el Centurión nanobótico corta el hilo de las Moiras, y la piedra negra es disparada a la Luna del pasado en el cohete de Julio Verne. Gatnik se lanza tras ella; Akasha queda poseyendo el cuerpo de Medea y parte también a la Luna con la armadura de Marte. Notas de canon: aparecen las tres Moiras/hilanderas como estatuas-oráculo; Hécate como cría-gusanos; se confirma el origen del Centurión (lifepod, niño “Mark”, profesor de historia, fundador de la Liga); y la sombra de Akasha es interpelada como “Lotario” por una entidad que se disculpa llamándola “Rey Amarillo” — resonancia con el anagrama-padre triple del ATEM (Lotario/Oratiol/Tailoor).