No hay que subestimar el tiempo. Si alguien murió en una explosión, no se deshace la muerte: se busca por qué murió, se lo transforma, y recién entonces se puede ir hacia adelante.
La cuarentena de los agentes grises
Volvieron de la Luna con lo peor encima: la sospecha de haber respirado algo que no era de esta Tierra. Por eso la Liga de la Libertad —los que la calle llama Búhos Nocturnos— los retuvo una semana entera, incomunicados, bajo un protocolo de seguridad que se aplica a quien vuelve de una exposición con lo alienígena. No eran prisioneros exactamente, pero no los dejaban irse; los mensajes iban mediados, nunca directos, siempre a través de Dédalo, que ya tiene rango entre los primeros fundadores de la Liga. Porque los tres nunca fueron oficiales: funcionan como agentes grises, casi blancos, financiados por Dédalo y por un militar suyo, el coronel Jackson. Un buen asset, les dicen con una sonrisa, mientras los tienen encerrados.
Adentro, la instalación es un laboratorio muy blanco, de esos con varias plantas hundidas bajo los cimientos, mitad hospital y mitad secreto: pantallas holográficas, teletransportadores de tubo para objetos pequeños, un patio común, un mess hall donde se come y se comparte, jardines y gente uniformada al estilo de una orden. A todos les hicieron un test. Olimpo lo soportó con bata de hospital que apenas le cubría el cuerpo de dios; el Mono Blanco —al que aquí llaman el mono dentro del hospital— rondaba con su gabardina inglesa, su sombrero de luces de neón rojas y su aire de detective del policial negro, más a la moda que la mismísima retromoda de la ciudad. Y Ifrit, el pibe flaco de rastas atadas, torso enfundado en kevlar flexible y tapabocas oscuro, paseaba fascinado por las instalaciones que siempre soñó pisar.
El único sobreviviente
Lo que los había traído de vuelta no era solo la cuarentena. En la ciudad había estallado algo. La droga que ellos mismos habían arrancado del mercado —la ambrosía vuelta veneno, destilada de los futuros que no fueron— seguía matando: una de sus cargas, extraviada tras el circuito que ellos creían haber cerrado, había ido a parar por error a una pizzería de Little Italy. Un delivery equivocado, unas garrafas, una conexión mal hecha, y la esquina entera se volatilizó. La noticia salió como accidente, un incendio cerca de Little Italy, una explosión sin mayor drama para el común de la gente.
Pero hubo un único sobreviviente, y de él no se informa. Un muchacho al que la sustancia le deshizo y le rehízo el cuerpo en el instante de la explosión: la carne le quedó corriendo como cera derretida, en zigzag, sin terminar de cuajar. La droga sigue destruyéndolo por dentro. Se lo llevaron —celda de aislamiento con respirador, como una burbuja de niño enfermo— al mismo distrito icónico de la Liga, cerca de las tres Torres Trípetas. Su hermana menor, que atendía la pizzería, murió en el accidente; él quedó vivo de milagro y con la mente rota por la culpa. El coronel y los médicos de Dédalo lo tenían en observación, y notaron algo peor: sus bacterias resonaban de manera cuántica con el resto del cargamento perdido, como una brújula de carne que apunta a la droga.
El estallido en el laboratorio blanco
Fue Ifrit quien reconoció al recién llegado y quiso ir a ver al sobreviviente. Y la escena tranquila se rompió. Del fondo del laboratorio, una figura vestida como una armadura griega de casco proyectado —la versión de esta Tierra del hombre de hierro— hizo desalojar a los últimos médicos: déjenos solos. Apenas se fueron, los que quedaron cerca empezaron a caer: el aire se volvió un miasma que revolvía las tripas, una náusea imposible de resistir, y varios se doblaron a vomitar en el piso.
En medio de la nube estaba el sobreviviente. Un tipo joven, flaco, de bigotito italiano y cabeza rapada, con los ojos completamente pelados y el cuerpo inestable, moviéndose casi por su cuenta. Estiraba los dedos y de ellos salían tentáculos largos como cuerdas de mozzarella, como queso derretido que se lanza y se estira. Mi hermana, ¿dónde está mi hermana?, gritaba, sin poder controlar del todo lo que le brotaba de las manos. Le tiró una mano de queso a uno, una pata que se estiró y lo dejó rengo; Ifrit, más rápido que el tentáculo, lo esquivó con una velocidad increíble. Nadie quería matarlo: querían contenerlo. Le hablaron desde la piedad —estamos todos para ayudarte, aprendé a controlarte, no dependas de otras sustancias— mientras el hombre-queso repetía el nombre de su hermana y les prometía, a su manera, que iba a intentar recuperarla.
Vendetta y mozzarella
Cuando por fin lograron calmarlo, la conversación se volvió el corazón de la noche. El Mono Blanco, con su superinteligencia, le explicó lo que ya habían atado: que la explosión que lo transformó y mató a su hermana la había causado una droga; que esa droga nacía del cráter de Alaska, de un meteorito caído del cielo que se refinaba en tres matices —el más bajo, cortado por la mafia en un combat drug pack para dar poderes de un rato; el medio; y la forma más pura, la ambrosía capaz de acercar a la gente a los dioses—. Y le dieron un nombre al culpable de fondo: Samuel Giles —o Samuel Shields, el que se hacía llamar así—, CEO de Marte Sociedad Anónima, bajo cuyos ojos se soltó la esencia para que otros, más abajo, la cortaran en droga.
El italiano, encendido de dolor, hablaba de venganza —vendetta— y de una hermana a la que juraba resucitar. Los héroes le ofrecieron otra cosa: no la venganza, sino el hilo. El principio de encontrar un cordel dorado que nos lleve fuera de la vida y de vuelta. Porque las sustancias grasosas, como el queso, dejan una huella marcada al pisar, y esa huella se puede rastrear hasta la fuente. Le prometieron seguir el rastro de la droga hasta antes de que ellos la sacaran del mercado, y encontrar el origen. La escena quedó bautizada, medio en broma medio en serio, como un capítulo: Vendetta y mozzarella.
El gusano de la Luna
Pero Dédalo, el caballero antiguo, arquitecto de la estación orbital y hoy lugarteniente de la Liga, los reunió a todos para plantear que había dos frentes, no uno. El primero, en la Tierra: los cuatrocientos kilos de droga todavía perdidos en la ciudad, y la deuda impaga con Samuel Giles y Marte. El segundo, mucho peor, en el cielo.
Porque en la última incursión a la Luna algo había salido mal. El módulo lunar que llevaba la esencia inicial —recuperada de un bridal shop del norte del Bronx— había sido interceptado en pleno vuelo por los soldados de armadura de poder, los mismos de los trajes al estilo Darth Vader, y por los drones centinela que atacaron en el espacio. Hubo combate sobre la Luna Navaja, y el módulo cayó dentro de un cráter: la esencia se perdió, y con ella la luz que custodiaban. De esa mezcla brotó algo. En el lado oscuro de la Luna se está conformando un gusano —un gusano adicto, hecho de la esencia derramada—, y ese gusano no es otro que Ray (el que llamaban Randy Rave), el consumidor que ya conocían, fundido ahora con el espectro de su propio hermano muerto: un organismo capaz de albergar más de una conciencia a la vez, que encontró a su hermano por pura resonancia de emociones. Su hermano había caído tiempo atrás en un asalto que salió mal, muerto por un superhéroe llamado Armagedón.
Dédalo lo dijo con números fríos: si nada lo detiene, la adicción de esa criatura la empujará a crecer hasta poner en peligro la unidad misma de la Tierra y su órbita, tal vez dentro de unos tres siglos. Cuanto más chico el problema, más fácil de resolver; cuanto más crezca el gusano, imposible. Y quedó flotando el temor de que los mismos marcianos de Marte, que se llevaron la droga, la usaran para alimentarlo. La revelación llegó envuelta en profecía: un libro de tapa antigua, La eternidad de las estrellas, fechado en 1872, con un agujero de la Luna en la portada, escrito por un revolucionario; una profecía dicha a media voz —van a caer lunas, van a aparecer soles— que a Dédalo lo dejó pensando en una sola cosa, la unión incestuosa de dos hermanos que salieron de un módulo y reventaron la Luna.
El viaje contra la corriente del tiempo
Ante los dos frentes, la mesa se partió. Unos querían descansar, ir a una fiesta, dejar que el gusano creciera; otros, con el italiano delante, insistían en que había una mínima chance de salvar a la hermana muerta —la gente muere; nosotros somos los que estamos para defender ese algo—. Y ahí entró en escena el nuevo compañero.
Porque en aquel laboratorio, encerrado desde hacía casi ochenta años dentro de una pared de un departamento vacío de Queens, había estado esperando un ser sin cuerpo propio: Akasha, un viajero del tiempo que habita hosts ajenos como un parásito y se hace llamar, en el cuerpo que ocupa, Acaya Paracitus. Los guardianes temporales lo habían emparedado como quien comete un asesinato del tiempo —el peor castigo para alguien que no tiene cuerpo y viaja por las eras: dejarlo en un cuarto sin ventana—, en un piso lleno de antigüedades de un catálogo de subastas, allí donde Olimpo también había vivido. Ahora, liberado, revelaba lo suyo: puede controlar el cuerpo de otro, y puede moverse contra la corriente del tiempo.
Contra todos los cánones de la Liga —contra la Carta Fundamental que prohíbe tocar la línea del tiempo—, decidieron intentarlo, siempre que nadie se enterara y nada se rompiera. El Mono Blanco calculó, dibujando vectores como un círculo del siglo, un álgebra temporal digna de Aristóteles. Akasha abrió su artificio: una mesa-artefacto de seis patas con una dimensión de bolsillo capaz de cargar quinientos kilos —espacio extradimensional dentro de un viaje temporal, cosa peligrosa: dos dimensiones anidadas, y entre dimensión y dimensión soplan vientos—. Se metieron adentro, con destino diez minutos antes de la explosión de la pizzería.
El pasaje fue por otro plano. Vieron un mar interior del tiempo, un cielo con las estrellas abajo como el revés del mundo, y una nave gigantesca navegando esas aguas prohibidas: un galeón pirata al mando del Capitán Kidd de Nueva York —Barba Negra de estos pagos, ser temporal vestido a la usanza del siglo XVII—, que los saludó desde la proa con una risa y una manzana, advirtiéndoles que iban contra la corriente. Debajo, un rayo tractor tiraba de las Torres Trípetas, como una memoria del atentado que en esta Tierra no fue. El capitán los dejó pasar.
Y de golpe, las calles de Nueva York en calma: taxis amarillos, chicas de moda que gritan fuck you, policías con onda, todo bello y antiguo justo antes de que la esquina se volviera un infierno. A diez minutos del accidente. Adentro de la pizzería estaba el italiano de entonces, gritándole al otro por el gas mal puesto; y a la vuelta de la esquina venía, en bicicleta, la hermana. Fue Ifrit, con su velocidad, quien se lanzó por el brazo a arrancarla de la trayectoria de la explosión.
Coda: la que no murió, y todos los caminos a Marte
Lo lograron. Una semana después, el mundo entero seguía creyendo muerta a la hermana —la pizzería destruida, el pizzero deshecho—, pero ella estaba viva: se fue con una túnica verde, cambió de identidad porque así se lo habían pedido para no romper el tiempo, y ocupó un lugar nuevo. Su nombre es Verónica. El italiano de las manos de queso lo supo: la huella de su hermana, transformada, seguía en el mundo.
Con el hilo del pasado tirado, el rastreo se completó. El Mono Blanco reconoció que su microscopía celular solo lee de cerca, y la del sobreviviente resonaba con la droga; sumaron que la sustancia también es un tipo de radiación atómica, y que en la ciudad hay muy pocas pilas atómicas, reguladas hasta el extremo. Todos los caminos —el camión donde habían dejado la droga, un viejo camión de Marte; las tres formas de la sustancia (el combat drug de los gladiadores de Saturnalia, la versión pura de la pileta de experimentos, la materia bruta de Alaska); los cuatro individuos creados con la esencia, de los cuales tres ya vieron en la Luna y el cuarto es el propio hombre-queso— llevaban al mismo sitio: el edificio principal de Marte Sociedad Anónima, en el centro de la metrópoli, a cinco cuadras, alimentado con pilas atómicas y refrigerado a temperaturas de laboratorio secreto. El corazón de la tormenta.
Ya lo habían entrevisto en una visión de frío: tubos de contención, cadáveres abiertos sobre mesas, los colores de neón de Marte, y dos figuras aguardando —una con lanza y escudo que decía ¡finalmente!, y una cara de basalto, una cabeza humana gigante hundida bajo el suelo como los rostros de piedra de los palacios antiguos, que celebraba: ¡viene a traerme lo que falta!—. Detrás de todo, la pantalla habitual: una de las mil agrupaciones que gobiernan este 2035 y predican que hay que mejorar al humano, acercarlo a los dioses. La Liga no puede tocar a las corporaciones sin pruebas; por eso, hasta hoy, solo actuaron por fuera, con Dédalo y sus combatientes de viejo estilo. El arco quedó abierto ahí, con el nuevo compañero ya enredado en la trama y la ciudad devuelta al punto en que empezaron a viajar en el tiempo —pero sabiendo, al fin, dónde golpear.
Vínculos
- Ifrit — el velocista; reconoció al sobreviviente y arrancó a Verónica de la explosión
- Olimpo — el inmortal de cuerpo de dios, inquieto tras una semana de encierro
- Mono Blanco — el inventor simio; superinteligencia, microscopía celular, el álgebra temporal del viaje
- Akasha — el nuevo compañero, viajero del tiempo sin cuerpo propio; emparedado 80 años, abrió el pasaje contra la corriente
- Dédalo — el artífice, lugarteniente de la Liga; planteó los dos frentes y estudió la sustancia
- coronel Jackson — el militar que financia a los agentes grises junto a Dédalo
- Liga de la Libertad — los Búhos Nocturnos que retuvieron a los héroes en cuarentena
- Samuel Giles — CEO de Marte, señalado como culpable de fondo de la droga
- Marte — la corporación; su edificio central, atómico y helado, es el corazón de la trama
- Saturnalia — señora del circuito de gladiadores que usaba la droga cortada
- Ray — el consumidor devenido gusano de la Luna, fundido con su hermano muerto
- Errantes — Marte, Júpiter, Venus, Mercurio: el culto planetario corporativo
- ONNI — la inteligencia artificial que a veces filtra dónde se guardan los secretos
- la Luna — donde se conforma el gusano adicto tras la esencia perdida
- la ambrosía — la esencia divina de Alaska, en sus tres matices, raíz de la droga
- Terminus — el origen cósmico de las incursiones de las que mana la esencia
- Capitán Kidd de Nueva York — el pirata de las corrientes del tiempo, cruzado en el viaje
- New York — la ciudad platónica; sus Torres Trípetas y su Little Italy
- Queens — el barrio del departamento emparedado donde esperaba Akasha
- Centurión — el campeón caído contra Terminus, entre los fundadores de la Liga
Capa lúdica [R]: Sesión 6 de Never 9-11 / Earth-212 (Mutants & Masterminds), campaña MYM. Presentes: Ifrit (velocista), Olimpo (inmortal) y el Mono Blanco / Gatnik (inventor); se incorpora un personaje nuevo, Akasha (Acaya Paracitus), viajero del tiempo que posee hosts. Buena parte de la grabación es charla de mesa (revisión del reglamento, comida) filtrada aquí. Arco: cuarentena de la Liga tras la Luna → hallazgo del único sobreviviente de la explosión de Little Italy (el hombre-queso, cuarto de los cuatro creados por la esencia) → revelación del gusano de la Luna (Ray fundido con su hermano) → viaje al pasado en la dimensión-de-bolsillo de Akasha para salvar a la hermana Verónica (contra los cánones temporales) → rastreo que apunta al edificio central de Marte como corazón de la trama. Continúa desde S03 (ambrosía, Alaska) y S02 (partición de la Luna).