Milán
Quien llega a Milán por los canales que la unen a Padua ha cruzado ya, sin saberlo quizá, aguas que «son unas entradas al infierno» — las mismas que se asocian al viaje de Eneas. Así que el viajero entra dos veces: una a la ciudad de los herreros, otra a la ciudad «llena de diablos, de demonios». Ambas son Milán, y ninguna desmiente a la otra.
La ciudad de las dos moles
Milán se reconoce desde lejos por su par de piedras: «el Duomo de Milano donde estaba la Catedral» y «el Castelo Forcesco». Uno guarda magia, el otro guarda linaje.
La Catedral es de fábrica antigua, «alrededor de los 1300», y sus materiales «los trajeron de China»: no es solo edificio — es un artilugio mágico poderoso, aunque nadie ha dejado dicho qué hace ni por qué su piedra viene de tan lejos. En su puerta está el chico, el monaguillo, tocado por el muro prismático: petrificado, dicen unos; aunque la misma voz sostiene que «no quedó petrificado porque se ve que por algún motivo se logró almacenar». Las dos versiones conviven en la puerta, como el monaguillo mismo, ni del todo piedra ni del todo guardado.
El castillo ostenta «el símbolo de los antiguos Visconti que también está dentro de la heráldica de Sforza que es ni más ni menos que una serpiente como comiéndose a un bebé»: el Biscione, la bisagra que muestra que el poder pasó de una dinastía a otra sin cambiar de emblema. Y adentro de la fortaleza del poder hay un reverso íntimo: una cámara secreta de diez por diez pies — un estudio con dos pianos, uno blanco y uno negro, almohadones, un escritorio y «una especie de lugar donde podías dormir». Quién duerme ahí, quién toca, y por qué los pianos son dos, el castillo no lo dice.
La plaza y la guerra
Milán es capital de armería: sus herreros son los mejores sin discusión, y quien busca armas de calidad viene acá. De eso vive, y por eso compite con Florencia, su rival comercial; se la enumera junto a Nápoles cuando se cuentan las grandes plazas de Italia.
En la guerra imperial, Milán está del lado del emperador y de los gibelinos. Pero su propia casa arde: muerto Filippo María, «los republicanos, que quieren hacer una república ambrosiana en Milán, se rebelan» contra el dominio de los Sforza, herederos heráldicos de los Visconti. Tres pretendientes para una sola serpiente: dinastía vieja, dinastía nueva, república.
La puerta y el destino
Hacia afuera, los canales y ríos que van a Padua desembocan en zonas de álamos negros, y esos canales se ofrecen como vía de transporte para llevar viajeros a costas lejanas — el tramo intermedio, ya se dijo, es entrada al infierno. Milán es así, a la vez, mercado, bando y puerta.
Su destino se consulta por adivinación y vuelve en forma de dilema cerrado: «enriquecerse o perecer». Ninguna otra ciudad recibe del oráculo una bisagra tan desnuda. Y los itinerarios del ciclo la registran en dos estados que no se dejan reconciliar: entre las ciudades que «deben estar arrasadas», y a la vez como la ciudad «que liberar». Ruina u ocupación — en cualquiera de los dos casos, Milán es objetivo declarado de acción, y su suerte arrastra al mapa entero.
El contacto
La ciudad tiene un individuo singular que la representa: no-humano, de piel azulada «como de alguien que estuvo viajando en el desierto», tez azul pronunciada, pelo «negro, negro, bien oscuro», con vestiduras italianas medio pesadas y buen acento italiano. De qué pueblo es, y qué función cumple en la ciudad, es cosa que la ciudad calla como calla la cámara de los pianos.
Reparos del cronista
Este cronista deja constancia de lo que no pudo cerrar. El monaguillo de la puerta: ¿piedra o almacén? La misma cita afirma ambas. La ciudad arrasada y la ciudad por liberar: ¿dos momentos del ciclo o dos versiones? Nadie ha dicho quién ocupa Milán ni contra quién habría que liberarla. Los diablos y demonios se declaran en cantidad — «llena» — pero sin censo, sin origen, y sin que nadie haya establecido si guardan relación con las entradas infernales del corredor a Padua. Los materiales de China y los demonios en las calles indican que Milán está conectada a algo más lejano de lo que su geografía italiana declara; con lo dicho no alcanza para afirmar cuál es esa conexión, y este cronista no la va a inventar. Faltan, además, las medidas del viajero prudente: la distancia a Padua, el número de canales, el precio de una espada milanesa — que siendo el rasgo definitorio de la plaza, nadie anotó. Hasta la grafía disputa: el oráculo dijo «Milano»; el uso dice Milán.
Véase además: Florencia · Padua · Nápoles · el Biscione de Visconti y Sforza.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Lo que el archivo no fija, no se inventa.