Dante Alighieri
«Cuando quise oír cómo sonaba mi poesía, que es algo que hacemos todos los compositores, puesto que mi poesía es rimada.» — palabras del propio Dante, recogidas cuando ya sabía lo que esa costumbre había costado
Yo, Paulus Alexandrinus, que he catalogado reyes que quemaron ciudades y sacerdotes que vendieron a sus dioses, no conozco caso más melancólico que el de este hombre: un poeta y Prior de Florencia que, queriendo componer una obra «de reunión para todos los cristianos», «lo que hizo fue abrir una puerta a los pozos más profundos». Corre en su mundo el año 1300 —«los muertos que visita Dante en el año 1300»—, y todo lo que hoy sube por las puertas del abismo cuelga de que este hombre siga escribiendo un canto por día.
La mano y las hojas
De su cuerpo el archivo no guarda nada: ni edad, ni voz, ni ropa. Lo que tiene forma es lo que su mano produce. Sus misivas llegan «firmada[s], con una letra de Dante»; los treinta cantos están «escritos con su letra». La mano es el sello: no existe copia impersonal de esta obra.
Y la obra misma no es un libro. Que quede dicho contra los que citan volúmenes que nadie vio: «no es un libro porque Dante no terminó el libro, son unas hojas de tonamino que son treinta, con treinta cantos». Treinta hojas, treinta cantos, treinta días — «un canto por día». Los treinta primeros «tratan sobre el infierno». Del único ejemplar, en su mano, salen copias de a una y por voluntad suya: «cuando termine este canto, yo se les voy a dejar una copia para que la lean». Las hojas se guardan —así se sostiene— en el cajón de Dante, «el cajón que tiene algún tipo de protección mágica»; si es mueble o pieza de arquitectura, quién puso la protección y contra qué protege, son cosas que el archivo calla.
La bajada y la culpa
El mecanismo del desastre es poético y literal a la vez. Dante bajó al infierno siguiendo «la sombra de un maestro mío» —de quien hoy dice, con amargura tardía, «cuán complicado con los diablos estaba»—, que lo llevó a través y lo sacó indemne. Escribió lo visto «como si fuera un testamento, una obra poética, porque yo soy un poeta». Hasta ahí, oficio. La ruina vino después, cuando quiso oír su verso: poesía rimada dicha en voz alta es invocación, y «Dante había recitado sus poemas y esas invocaciones» abrieron los portales del Infierno sobre la tierra. Por ellos entraron «unos diablos que habían sido traídos a esta tierra por la poesía preciosa pero terrible de Dante».
En el mundo se sostiene que fue engañado. Quién lo engañó, nadie lo nombra. Este cronista anota la acusación y deja vacía la silla del acusado.
El que se lavó las manos
Su conducta posterior quedó fijada en una frase que vale por un retrato: «él descubrió lo que había hecho y les dijo escuchen, hay una manera de cerrar. Sí, pero se lavó las manos. Nunca vino él a arrancar». Da el método, no la mano. Las primeras gestas de la compañía «tenían que ver con cerrar un portal del infierno que en realidad habían descubierto que Dante iba abriendo sin querer» — y el purgatorio y lo de Dante «es real». He aquí la paradoja que lo vuelve eje de toda esta cosmología: sin él no hay amenaza, y sin él no hay modo de cerrarla. Es un centro que no actúa. Fue él, junto con «alguien del Popolo Minuto», quien convocó a la compañía; desde entonces asesora, consulta, escribe. Afuera, otros arrancan.
El cuerpo administrado
Florencia sabe lo que tiene, y lo raciona. De los seis priores, nominalmente iguales, «el hombre que tenía más sabiduría y respeto de todos los demás es Dante Alighieri. Por lo menos en este trimestre» — cláusula prudente, como todo lo florentino. Pertenecía al Consejo Principal y «de alguna manera, sig[ue] perteneciendo al gobierno de Florencia». Del Palacio solo puede ausentarse con salvoconducto: el documento «le permite ausentarse de medianoche a mediodía o de mediodía a medianoche» — la libertad del hombre más respetado de la ciudad se mide en tramos de doce horas. Bajo protocolo de defensa, no sale de su habitación durante veinticuatro. Y en el conclave de torres «el señor Dante» está, pero no se sabe en qué torre.
Aquí las versiones disputan, y yo no las arbitro. Una escuela lo tiene por Prior en ejercicio y hombre de gobierno; otra afirma que, vuelto del exilio —regreso registrado, causa y vía perdidas—, «no está teniendo un cargo público». Acaso sean dos momentos de una misma vida; los registros no lo dicen. Tampoco concuerdan sobre de qué es prior: unos dicen Prior de Florencia, magistratura; el protocolo de defensa habla de «prior de la orden monástica». Ni está establecido si el Dante que se ve en el infierno —«es Dante. Dante está haciendo su viaje»— es este hombre, una sombra, o un tercero.
La casa de piedra roja
Vive en el castillo de piedra roja, «en las afueras de Florencia», con un rancho cercano donde para la compañía; Dante baja a visitarlo. El dispositivo es de guardia: el poeta adentro escribiendo, los compañeros afuera atendiendo lo que su escritura abre. Adentro hay régimen doméstico visible: escribe mucho a la mañana, «a la tarde se la pasa a los hijos».
La familia —«una mujer y tres hijos», dicho por él, aunque solo dos se nombran— es el flanco por donde se lo ataca: el mal entra por la casa, no por la política. Con su mujer «tiene un buen trato». Gemma figura como hija presente en el hogar —«a Gemma la conocen», y nada más; el nombre inquieta a los eruditos, pero el archivo solo dice eso—. Maneto es el hijo ausente «luego de que él produjo alguna inquina en la familia». Y el monje negro entró como nuevo confesor de la mujer «justo antes de que los niños se enfermen» — coincidencia temporal que el archivo reporta y se niega a convertir en causa; este cronista imita esa prudencia. Roma también ronda la casa: «recibió algo del Papa el legado», y Dante espera ser llamado tras una entrevista conciliatoria. «Los de Romana se supone que son aliados de Dante». En el mismo mapa donde figura el castillo está marcada la casa de Yoshi.
Advertencias del cronista
Mucho es lo que este archivo no sabe, y prefiero confesarlo a inventarlo. Qué es el tonamino de las treinta hojas —¿pergamino, papel, otro soporte?— nadie lo aclara. Qué es el V-80, período en que Dante fue conocido en el infierno, nadie lo traduce: ¿época, código, círculo? Cuál es exactamente «la manera de cerrar» que comunicó: el método existe en el mundo, pero no está enunciado en parte alguna. Cuántos portales abrió y dónde están —¿uno por canto recitado?— es cuenta que nadie hizo. Si escribió ya el Purgatorio y el Paraíso o solo el Infierno, las voces se contradicen: unas hablan de «tres libros fundamentales», otras de un libro no terminado. Quién es el maestro cuya sombra lo guió, y qué trato mantiene hoy con los diablos, es acaso la pregunta más urgente y la menos respondida. Si los niños de Alighieri sanaron, no consta. Y del cuerpo del hombre que sostiene y amenaza este mundo, repito: ni un dato. El poeta más consecuente de la tierra no tiene rostro en su propio archivo.
Véase además: Divina Comedia · Portales del Infierno · Florencia · Popolo Minuto · Romana · Monje negro
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.