Pico della Mirandola

«Me considero amigo de quienes ustedes se iban a correr. Quiero explicarles por qué.» — presentación del hechicero ante desconocidos, según las voces del archivo

Hay hombres que son una ciudad, y hombres que son un puente entre ciudades que no se conocen. Pico della Mirandola, treinta y un años al momento de estos registros, fue lo segundo: el gran hechicero de la isla, «considerado entre los más grandes», cabalista, erudito y filósofo florentino que persiguió una sola cosa toda su vida — «la posibilidad de que todas las religiones se encuentren» — y que al final de esa vida la abandonó, junto con la hechicería entera, para pasarse al lado de Savonarola.

El cuerpo y el turbante

Quien lo vio lo describe así: «un hombre de tez clara, rubio», lampiño y alto, «vestido con unas túnicas largas. Bien occidental, pero sin embargo tiene una especie de turbante». El turbante se quita — y ese gesto dice más que cualquier tratado suyo. La prenda oriental es cosa puesta encima de un cuerpo y una ropa de Occidente: lo ajeno traído adentro, portátil, removible. La contradicción del personaje está en el cuerpo antes que en los libros. Lleva consigo unos pergaminos, «humanos que son muy suaves»; el cronista confiesa que esa frase le llegó turbia, y no sabría jurar si lo suave es el material del pergamino o quienes lo portan.

Casa, escudo y patrimonio gastado

En Florencia tiene «la casa y el escudo y todo»: casa propia y armas de patricio, no un mago errante sin sitio. Pero su radio verdadero excede sus muros. Opera en dos registros a la vez: como hechicero, de gran poder e influencia; como erudito cabalista, con un instrumento que no es el conjuro sino la reunión. Gastó su patrimonio en convocar y sostener encuentros de discusión — «esa cosa de cultos que quería llamar a los maometanos, a los budistas» — y sostuvo una red de amigos hechiceros y estudiosos de religiones integradas. Ese es el mecanismo por el que su saber circula: se paga con patrimonio propio y se cobra en convergencia religiosa. Los pergaminos son el soporte material de ese conocimiento integrador.

En él, hechicería y erudición cabalística no fueron oficios separados sino la misma empresa. Por eso, cuando abandonó «esa cosa de cultos», abandonó también la hechicería: ambas cayeron juntas.

La deserción

Quien lo conoció lo recuerda como «un muy buen hechicero, un muy copado, que estaba todo bien, estaba trabajando». Y su caída se cuenta como pérdida: «nos parece que nos dominó». Su paso al bando de Savonarola no fue un cambio privado. Fue la deserción del mayor hechicero de la isla desde el proyecto de convergencia de todas las religiones hacia lo contrario — y con ello el proyecto quedó sin su cabeza. Las voces del archivo lo tratan como bisagra, no como figura de fondo: el momento en que el puente eligió ser muralla.

Advertencias del cronista

Este cronista, que ha visto ciudades enteras sostenidas sobre lo que no se dice, debe declarar lo que aquí no se dice. Nadie ha explicado qué es la isla de la que Pico era el gran hechicero, ni cómo se relaciona con Florencia, donde tenía casa y escudo. No consta qué hechicería practicaba concretamente, ni qué quedó de su poder tras abandonarla. No consta quién es ese «nos» que se sintió dominado, ni si esa dominación fue un hecho del mundo o la creencia de quien lo cuenta. No consta cuánto era su patrimonio, ni cuánto costaban sus reuniones, ni — lo más grave — la causa de su cambio de bando. El archivo registra la bisagra pero no el gozne; el que quiera saber por qué el amigo de los maometanos y los budistas terminó junto al fraile, tendrá que preguntar en otra parte, o aceptar que hay conversiones cuyo motivo se llevó consigo el converso.

Véase además: Savonarola · Florencia


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.