
Savonarola
Quien llega a Florencia por cualquiera de sus puertas no necesita preguntar quién gobierna: le basta con esperar la tarde. A esa hora, en el púlpito de la iglesia de San Miniato, «como todas las tardes», sube «el monje» —«un tipo que vivía en la congregación acá de Lombardía», «no muy lejos», desde donde «vino a predicar acá»—, y la ciudad entera se ordena alrededor de esa voz. De su cuerpo apenas se sabe que «tiene una estola jugosa». De su imagen, en cambio, todos guardan la misma: el hombre en el fuego. «Camina por el fuego y camina por el fuego»; «Savonarola estaba adentro de las llamas».
La ciudad como sermón
Savonarola predica que «solamente gobierna Dios a través de su palabra», y se ofrece a sí mismo como el conducto: pide que «todos lo sigan a él porque él tiene la palabra de Dios y es un profeta». Florencia, dice, es la Nueva Jerusalén, bastión de luz llamado a limpiar Italia. Y la ciudad le cree, entre otras cosas, porque lo ha visto obrar: «no solamente ha caminado sobre el fuego», también «ha curado leprosos, ha resucitado niños que extrañamente habían sufrido accidentes terribles». Cuando pasa, la multitud le grita «cúrame, no puedo ver». Que los milagros ocurren, nadie en Florencia lo discute; lo que se disputa —en voz baja— es de dónde salen.
El aparato
Su gobierno es un mecanismo de cuatro piezas que se legitiman en cadena. La prédica diaria de San Miniato impone en las conciencias lo que la constitución —escrita por su mano, porque «es el que termina dictaminando»— fija después en ley. Sus seguidores trabajan la ciudad casa por casa y «llevaban a todos a desprenderse de sus bienes materiales»; lo desprendido termina en la plaza mayor, en la hoguera que él mismo nombra «de las dañadas», donde arden las vanidades junto a obras de Miguel Ángel, de Donatello y de «un hombre que ustedes me hacen acordar, Leonardo». El fuego vuelve rito público lo que la prédica vació de las casas. Y el milagro sostiene la autoridad que Roma le quitó: porque Roma ya habló, en 1497, con la fórmula de la excomunión —«yo te excomulgo porque eres un maldito diablo»— «por su planteamiento con Roma».
Su programa declara pecaminosos «el arte, la gracia y, por supuesto, la magia en todas sus formas», suprime la libertad de culto y la de conciencia, y destina a los practicantes, junto con las vanidades, a la hoguera. La ciudad de arte y comercio se está convirtiendo, pieza por pieza, en teocracia.
Mañana
Todo pende de dos actos anunciados para mañana. En la Catedral de Florencia, la prédica extraordinaria que «muchos piensan que debería ser la última». Y una votación que decide su jurisdicción: si el monje queda unido a la congregación lombarda, debe, «bajo pena de ley eclesiástica, cesar en sus prédicas»; si queda libre, «tendría permiso de seguir predicando y hasta incluso de gobernar una propia facción política». Un solo hombre, y ese uno alcanza para inclinar una ciudad entera. Su fuerza no tiene más secreto que el vacío que la rodea: «porque nadie lo frena», «es tan potente su fe, su creencia, lo que él propone».
La prueba mayor de su alcance tiene nombre propio: Pico della Mirandola, el «gran sabio hechicero» que fue liberal y «buscaba incluso la posibilidad de que todas las religiones se encuentren», hoy está dominado por él.
Las tres lecturas
Sobre la naturaleza de la fuente, Florencia sostiene tres versiones que no se dejan reconciliar. Hay quien lo cuenta entre «los seres del bien», nombrándolo junto a Minaya. Hay quien susurra —hipótesis de conspirador, nunca probada— que lo habita una entidad demoníaca. Y hay una tercera escuela, más melancólica, que dice simplemente que «se le fue la mano»: que rompió el equilibrio entre «la parte majestuosa de Florencia» y «la parte humilde». Santo, poseído, o desmesurado: la ciudad no ha elegido, y este cronista tampoco.
Se agrega, entre los que miden esas cosas, una observación inquietante: «su presencia en este plano también generaba que había más presencia informal» — allí donde él está, la magia misma abunda más. Si eso es efecto del hombre o costumbre del plano, nadie lo ha establecido.
Advertencias del cronista
Registro lo que falta, para que nadie lo rellene por mí. Del hombre no tengo edad, rostro, altura ni voz; ni el color ni el estado del hábito; de la estola, solo que es «jugosa». Se dice que «a Savonarola lo están buscando», pero ninguna voz nombra a los que buscan. De la votación de mañana no sé quiénes votan, cuántos son ni dónde se reúnen. De la constitución que escribió no conozco una sola cláusula, ni el órgano que la aplica. Y quedan sin fijar dos fuegos: el que caminó por encima y el que lo tuvo «adentro de las llamas» — si son un mismo episodio o dos prodigios distintos, el archivo calla. Igual silencio guarda sobre si la hoguera de las dañadas y el festival de su prédica son un solo acontecimiento o dos que se rozan.
Véase además: Florencia · Pico della Mirandola · Minaya
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.