Cristo

«Cristo no se bajó de la cruz. Cristo murió en la cruz.» — sentencia recogida entre los que sirven a su nombre

Yo, que he pasado la vida contando años ajenos, sé que todo cómputo es una confesión. El que dice después de Cristo ya ha rezado, aunque no lo sepa: porque los años de Antiterra «son los de Cristo», y el origen de esa cuenta no es un decreto de astrónomos sino un misterio que el archivo enuncia sin explicar del todo: «Cristo tomó un pacto, marcó el paso del tiempo, la comunidad eterna». Medir el tiempo, en este mundo, es ya un acto de fe. Esta exégesis intenta ordenar lo que las voces dispersas dicen de él — y callar, con honestidad, lo que no dicen.

El que muere sin bajarse es el que puede tener

Tres cosas parecen sueltas y son una sola: el patíbulo, la piedra y el calendario. El nudo que las ata es la forma de su muerte. El que se dejó morir, el que no descendió de la madera, es por eso mismo el único habilitado: «justo como el Cristo que se sacrificó es el único que puede poseer la piedra». La piedra no se toma: se merece muriendo. Los poseedores legítimos son, por definición, uno. Y el calendario es la huella que ese morir dejó en el tiempo: si cambiara Cristo, cambiaría la cuenta de los años, porque la unidad de tiempo del mundo es él.

De los patíbulos

Cosa extraña y digna de meditación: su presencia no se localiza junto al altar sino junto a la madera de ejecución. Cristo «suele estar cerca de los lugares donde hay orcas y otros tipos de patíbulos» — la horca, la cruz, el cadalso. Donde se repite su forma de morir, allí ronda la potencia. Si esa cercanía es consuelo para el condenado, fenómeno que un testigo pueda ver, o piedad del vulgo que necesita creerlo, los registros no lo deciden, y yo no lo decidiré por ellos.

De las escuelas y las latitudes

No hay un Cristo por región: hay una misma potencia leída de distintos modos según la latitud, y las escuelas se distinguen por hasta dónde estiran el alcance del sacrificio.

En Florencia se lo invoca para curar. La fe se ejecuta allí como acto, no como sentimiento: se sana por imposición de fe, con la fórmula que las voces conservan entera — «Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieras» — y el hijo sanó desde aquella hora. El efecto es inmediato; el privilegio, no sé si florentino o general.

Entre los Templarios se le jura la espada, y el juramento es tan literal como la curación: «mi espada y mis habilidades están a disposición de Cristo». Las armas son el instrumento del servicio; una orden armada entera define su función por servirlo.

En Bizancio se lo nombra Cristo Kronamon — otros escribas fijan Cristo Cronomante, y la disputa de grafías sigue abierta entre los copistas —: el elegido que era la única manera de vencer al demonio. Las visiones orientales del cristianismo van más lejos todavía, y sostienen que hasta un demonio puede ser redimido; Occidente, contra Oriente, no admite esa redención. Ninguna institución conocida arbitra entre estas lecturas, y el archivo no dice si conviven en paz.

Circula además noticia de un culto evangélico, del que las voces solo alcanzaron a decir que profesa «un Cristo mucho más peligroso y con cabezas…» — y ahí la voz se corta. Qué son esas cabezas, dónde opera ese culto y en qué consiste su peligro, nadie lo completó.

Del libro que muestra el martirio

Su martirio no se cuenta: se ve. Quien lee el Cronomicón ve el martirio de Cristo. El libro no narra la muerte; la exhibe al lector, como si leer fuera asistir. También un tal Lázaro lo nombra en su parlamento —«cristo coronamos»—, palabras que consigno sin atreverme a glosarlas.

Lo que este cronista no sabe

Confieso los huecos, que es lo único honrado. No he hallado descripción física ni iconográfica alguna: si hay crucifijos en Antiterra, qué aspecto tiene su cruz, cómo lo pintan los que lo pintan — nada. Del pacto que marcó el paso del tiempo ignoro lo esencial: con quién se pactó, qué se prometió, y cómo un pacto puede convertirse en calendario. De la piedra sé la regla —solo el que se sacrificó puede poseerla— pero no el objeto. Y de los patíbulos sé que los ronda, no por qué. El que venga después de mí, que pregunte mejor; yo dejo las preguntas en pie, que es lo que un cronista viejo puede legar.

Véase además: Templarios · la piedra · Bizancio · Florencia


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.