Jerusalén
Tomá cualquier mapa del mundo y buscá el centro: ahí está. No es una convención de cartógrafos ni una cortesía de copistas — es que alrededor de ese punto «se jugaba todo». La llaman «la ciudad de la paz», y ningún nombre le queda peor ni le queda mejor: es la ciudad disputada entre cristianos y musulmanes, la sede de tres poderes que no caben en uno solo, y el suelo perforado por accesos al infierno y a otros tiempos. Una sola, e irrepetible. El que la pierde sigue llamándose su rey desde otra isla; el que la sueña ordena su vida entera hacia ella: «Quiere que tomemos Jerusalén».
La ciudad dispersa
El viajero que cruza sus puertas espera una capital y encuentra un eco. Cuatro mil personas viven en un casco que podría alojar cien mil como mínimo —doscientas mil, según otra cuenta—, de modo que «realmente parecía una habitación dispersa». Todos los barrios son barrios bajos y hay muy poca gente. Lo que quedó no es la población sino las instituciones y los accesos: una ciudad casi vacía que sin embargo conserva catedrales con protección contra el fuego, contra el dragón rojo; una Corte donde se presentan acusaciones contra figuras prominentes; un mercado donde se habla de las reliquias que entran y salen.
Sobre su estado exterior, los cronistas no se ponen de acuerdo, y este archivo declara la disputa en vez de esconderla. Unos registros la dan sin defensa: «Jerusalén no tiene murallas, no se puede mantener», las murallas destruidas, las cruces tiradas abajo, y en pie «solamente había el domo bronciño con la media luna» — el lugar donde Mahoma hizo su último rezo antes de ascender al paraíso. Otros la dan como «una gran ciudad con murallas» que ha recibido ataques, con las medialunas de las cúpulas reemplazadas por cruces. O son dos momentos de la misma ciudad —antes y después de una caída— o son dos escuelas de cronistas que no viajaron juntas. Las puertas, eso sí, están del lado este; pasándolas empieza el otro lado del Jordán, territorio de pueblos torcos.
Itinerarios
Quien quiera llegar, que cuente así: unos 20 kilómetros desde Jericó; un día de viaje desde Belén; dos o tres días desde Tiro en caravana, en línea directa; una semana desde Masada; por lo menos cuatro días desde los Cuernos de Hattin, que están camino a ella, por terreno que no es tan sencillo; unos días desde Damasco, desde donde se acantonan tropas y se reúnen fuerzas para atacarla. La ruta terrestre desde Europa lleva un año fácilmente. Un ejército cruzado marcha hacia ella durante semanas y la sitia durante meses.
Y hay maneras de llegar que no se recuerdan: Dante «llegó a las afueras de Jerusalén, lo había hecho de manera extraña, y no recordaba el viaje». Con él se busca el portal.
Los tres que mandan
Ninguna autoridad sola alcanza para gobernar un lugar así, y por eso manda una tríada: el rey, el patriarca y el gran maestre. El rey es «el ungido rey de Jerusalén». El patriarca es un enviado del Papa y tuvo que ver con la fundación de los Templarios. Al Gran Maestro de Jerusalén, autoridad máxima de la Orden en Tierra Santa, se lo informa de todo suceso importante en un plazo de dos días. Los hospitalarios «quedamos un poco del otro lado»: fuera de la tríada.
La ciudad tiene además reglas propias de convivencia entre cristianos y musulmanes, sostenidas por un sistema de tributo, y esas reglas se citan como modelo exportable a otros lugares: hay que hacer vivir a todos en el mismo recinto, y Jerusalén es donde primero se aprendió cómo. El reinado tiene su propia Cruz, distinta de la de los Templarios, y los cruzados la llevan encima. Ante la Corte de Jerusalén se planea, entre otras causas, declarar contra Hugo de Payns.
Las tres ciudades que no son la ciudad
Por encima corren los tejados, escenario de combate nocturno; en primavera la noche tiene ahí «una frialdad natural». Por los techos vive un demonio que reconoce la Moneda de Judas como divisa: «Ah, por fin está el cambio, jefe». Por debajo, las alcantarillas dan sobre unos ríos y sobre el «Pantano del sotobosque interno». Y afuera, sobre territorio semidesértico, hay «un cierto bosque extraño, tenebroso, pero al mismo tiempo sobrenatural»: un lugar mullido de verdor, un golpe de frescura contra el desierto árido, «una selva oscura de esas flores de Jerusalén», que concentra portales y reliquias. Cerca hay una colina donde se supone que está el purgatorio.
Tres capas de ciudad que no son urbanas, y por donde se pelea, se huye y se cruza. La economía de lo oculto tiene su plaza en el mercado de sombras de los elfos, en los Wells, donde se habla de las reliquias que entran y salen.
El lugar por donde se sube y se baja
La lógica de Jerusalén es la superposición. Es donde murió Cristo, y donde Mahoma, sobre el muro del templo de Salomón, montó la criatura alada que despegó desde allí y dejó una señal: «Jerusalén es el lugar en donde se accedió a los celestes». Y un lugar por donde se subió al cielo es también un lugar por donde se baja al infierno y se sale del tiempo: hay un portal al infierno —ya en la puerta hay problemas—, hay un portal para acceder a distintos tiempos, y están los portales del bosque oscuro. Fue en esta ciudad, en el templo, donde ocurrió el escándalo fundacional del ciclo templario: «quién permitió la entrada de los diablos, de los demonios, en el templo de Jerusalén».
La caída y el peso
Perderla reconfiguró una región entera. Hay un rey que reside en Chipre y no está contento: «es el rey de un lugar que no está en su poder». Cuando la ciudad cayó —hace nueve años según un registro, «casi diez años» según otro—, los vencedores destruyeron todas las fortalezas de la costa «para que los cruzados no puedan volver a hacerse pie». Sobre quién la tomó, los registros dicen mamelucos, mamelucos de Egipto, y también «Isfatimitas»; el archivo no fija la identidad, y este cronista tampoco. Cien o ciento cincuenta años atrás, en otro capítulo de la misma guerra larga, un desembarco en Jerusalén usó como distracción la Ebony Fly. En la tradición de los francos perdura la figura legendaria de un Rey Hugo de Jerusalén. Y corre una frase —«Jerusalén será tomada por impíos»— que nadie ha establecido si es oráculo del mundo o dicho de un hombre.
Existe además otra Jerusalén, que no está en el mapa porque no está todavía en el tiempo: la Jerusalén Celeste, que va a llegar el día del fin de los tiempos. La ciudad de abajo es su borrador disputado; la de arriba, el término de toda la cuenta.
Advertencias del cronista
Este mapa tiene bordes que se deshacen, y conviene decirlo antes de que el viajero los pise. Se afirma que existe «la cajuela de Jerusalén», pero nadie ha dicho qué es. Se habla de un regente de Jerusalén, «un chabón con unas llamas, con un rostro», sin nombre, sin facción, sin lugar en la tríada. Los nombres propios del patriarca, del gran maestre y del último rey exiliado en Chipre no constan. De los Wells no se sabe si son pozos o fuentes ni dónde caen dentro del recinto; de los ríos de las alcantarillas, el nombre registrado —«Ríos Yael»— es dudoso, y nadie sabe adónde desembocan ni qué tienen que ver con el sotobosque interno. Del bosque verde en medio del semidesierto no se establece por qué existe, ni si su carácter sobrenatural depende de los portales que guarda; de los portales mismos, no se dice si son uno, tres, o quién los abrió. Del tributo que sostiene la convivencia se conoce el sistema pero no las tasas, ni quién cobra, ni a quién obliga. Y hay una ruta interior —por Betzem, Siquem, Silo, el monte Jersim, Sebastien o la vieja Samaria, y Nazaret— cuyos topónimos no tienen forma fijada y de la que ni siquiera consta si es terrestre o «del aire». El que viaje, pregunte dos veces; el que escriba, no invente.
Véase además: Chipre · Jericó · Tiro · Damasco · Cuernos de Hattin · Templarios · Hugo de Payns · Dante · Moneda de Judas
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.