Luca de los Medici

En la Capilla Medici de Florencia hay una cripta con todas sus cosas dentro, con «el lugar de la mano», y sin cuerpo. Una tumba vacía no es un descuido: es un manifiesto. Quien deja su sepulcro preparado y no lo ocupa está diciendo a la ciudad, en el idioma de la piedra, que todavía no ha terminado. Esta entrada trata del hombre —o del linaje, que sobre eso hay disputa— que sostiene esa afirmación: Luca de los Medici, guerrero cruzado florentino, mutilado, martirizado, y sin embargo de guardia.

El tronco del que brota

La casa que lo produce no fue siempre grande. En 1201 un Medici, «conocido como clarísimo», entra al consejo de la comuna; siglos después la memoria de la ciudad todavía recuerda que hace unos ciento ochenta o ciento noventa años eran «una familia más, tal vez una que estaba en ascenso, pero no era importante». Mercaderes: importan especies y bienes suntuarios, y de ese comercio suben al poder. Ponen un gonfaloniere de justicia —Salvestro de Medici, tío de Luca, prior de especial autoridad entre los representantes de las artes, de barba bien cuidada con «la cicatriz que deshace esa cuidadez»—. Cosimo de Medici, abuelo de Lorenzo, forja la Paz de Lodi junto a Francesco Sforza, primer duque de Milán. Y la casa «protege a los suyos», incluyendo «a los que son supuestamente más bajas realidades, los chompi, los niños azules, los trabajadores», contra las represalias de las familias rivales.

Una familia mercantil que llega al poder necesita fabricarse legitimidad sagrada y continuidad de linaje, y los Medici lo resolvieron sin salir de su dominio: la vieja casa con salones, escudos cruzados contra la pared, hoguera y vitrales; la plaza que es de la familia; la Capilla donde se reza; la cripta donde se entierra. Vivir, negociar, rezar y morir bajo el mismo techo extendido. La heráldica dice lo mismo en miniatura: monedas —el origen mercantil— con caras de leones —la función armada— en un solo escudo. Seis monedas, «las seis borlas, la casa Medici»; aunque un escudo visto «tiene 5 puntos en vez de tener los 6», y las escuelas no han resuelto si ese ejemplar de cinco es marca de período, variante de rama o falsificación. El cronista consigna ambas cuentas y no elige.

El cuerpo, leído como inventario

«Un viejito pero bien plantado». Cara de cano, pelo canoso, cicatrices «en la nariz, en los ojos», y sangre seca encima que «todavía no se pudo terminar de limpiar del último combate»: así se lo ve casi siempre, «medio sangrientado y respirado», maltrecho, limpiando su espada. Según la ocasión viste una túnica de Rey Mago color roja, o el medallón grandote que indica su autoridad de canciller y senescal, y carga su escudo «de las 6 monedas, y las caras de leones».

Pero lo que define su cuerpo es lo que le falta. Le falta el ojo —«el ojo con el que veía el arcano»—. Le falta la mano —«la mano esa de Dios»—; sobre cuál, las versiones discrepan: un testimonio dice la derecha, otro la izquierda, y este cronista, que ha visto disputas de itinerario resolverse en un siglo y disputas de reliquia no resolverse nunca, deja las dos en pie. Le faltan los colmillos, «los colmillos juntos». Con el ojo y la mano le fueron sustraídos sus objetos mágicos y su espada. Léase el conjunto como debe leerse: no lo mutilaron como a un noble, lo desmontaron pieza por pieza como a un guardián. «Lo están dañando porque lo odian.»

Monta un pegaso al que no manda a gritos: «lo tocó, le hizo unas caricias, le dijo unas palabras, y el pegazo salió volando».

Los tres oficios de un solo hombre

Luca es la articulación entre dos aparatos que de otro modo no se tocarían, y opera en tres registros a la vez.

El civil. Es «antiguo de la familia», y cuando la crisis llega —Lorenzo de Medici, capo de la casa y anterior gobernante de Florencia, encerrado en su casa y muerto sin ser absuelto, con Savonarola mandando en la ciudad— es a Luca a quien se recurre: «vos tenés que ayudarme con el hijo y ponerte como el tío regente». En Dorotea porta los títulos de canciller y senescal y se lo nombra «el principal paladín, Luca di Florencia Medici». Su sola identidad basta como acto de autoridad: «Soy un Medici, boludo».

El guardián. Controla el paso a Fiji y otorga las autorizaciones para viajar allí; quien va, «seguramente tiene la autorización de Luca». Guarda también la plataforma de Leo, y está «sabonado» —ligado, vinculado— a defender la vanguardia del Monte Análogo si lo llaman.

El sacro-militar. Guerrero cristiano y cruzado, obtuvo la Excalibur, y en Tierra Santa frenó que la invasión de la sombra fuera peor: «si no ahí iba a ser el mundo con las condiciones de la sombra». Su norma la declaró él mismo, y de ella viene el título con que se lo recuerda: «entre mi vida y que triunfe la luz, elegí que triunfe la luz y sacrifiqué». Luca el mártir.

A estos tres oficios se suma uno más humilde y acaso más elocuente: «Luca y Medici, que era el médico, hizo parir a ese chico. Fue el partero». El brazo armado de la casa es también la mano que recibe a los recién nacidos — la mano, precisamente, que le quitaron.

La voz del muerto

Lorenzo, muerto sin absolución, no calla. Proyectado desde el estado de muerte como vicario, le habla a Luca: «Yo soy Lorenzo. Mi hijo, no sé si va a poder. Necesito que vos te encargues de lo que mi hijo, que se quedó del lado de los vivos, no va a poder hacer». Así se funda la regencia: por encargo de un difunto. Qué parentesco exacto une a Luca con Lorenzo —hijo, sobrino, hermano, ancestro— el archivo no lo establece; la genealogía, que en cualquier otra casa sería una tabla, en ésta es una pregunta.

Los enemigos de la casa no son menores. El Papa Sixto IV ordenó asesinar a los Medici de Florencia para instalar a su hijo ilegítimo, gobernante de Imola; hace diez o quince años el intento contra los hijos de Lorenzo se cobró la vida de uno. Savonarola, a quien Lorenzo condenó al infierno acusándolo de hechicería, duerme hoy en la cripta de los Medici y la vigila «con los cañoles» — criaturas cuyo nombre este cronista transcribe sin poder identificar. Echarlo de Florencia es condición del retorno de la casa.

Prisión, precio, retorno

Fuera de Florencia, Luca aparece donde el mapa se vuelve dudoso: prisionero en las estepas de Gran Cana, en Uyambala; en Tierra Santa; en Dorotea; tratando con las entidades Jalim y Ananta en un plano; y se afirma, sin más explicación, que «su familia Luca está en el centro de la tierra». Su rescate desde la prisión tiene precio fijado: 1.200.000 florines. Que una ciudad pague semejante suma por un solo hombre, y que su recuperación sea un evento con nombre propio —«es donde se recuperó a Luca el mártir»— dice más de su peso que cualquier título: el mundo cambia cuando Luca cambia.

Se registra, además, que anda en una obra cuyo sentido nadie ha explicado: «Luca, mecano que está construyendo la dualidad».

El problema del tiempo

Aquí el genealogista debe confesar su derrota. Hay quien pregunta «¿usted tiene algo que ver con el antiguo Lucas Medici?» y recibe por respuesta que «una centuria le ha pasado como si fuese…» —la frase quedó trunca—. Se afirma que «hace por lo menos 200 años que nadie nombra a un Lucas Medici» en Florencia. Y él mismo declara: «llevo recorridos varios miles de años». Una centuria, dos siglos de silencio, milenios recorridos, y sin embargo su presencia activa en la Florencia de hoy: estas cuentas no se concilian. ¿Un solo hombre que el tiempo no gasta? ¿Un nombre que el linaje reencarna? ¿Un retorno, una duplicación, una distorsión de los años? Las escuelas discuten; la tumba vacía, que sería el testigo decisivo, guarda silencio con las cosas de su dueño adentro.

Advertencias del cronista

Quien consulte esta genealogía sepa lo que en ella falta, porque este cronista prefiere el hueco declarado a la mentira prolija. No consta qué mano le falta —derecha e izquierda tienen cada una su testimonio—. No consta dónde rige exactamente su prisión. No consta si el escudo de cinco es error, época o impostura. No consta su parentesco con Lorenzo, ni quién, en el entorno de aquella muerte, se convirtió en lich y pactó con los diablos: el contexto sugiere alguien cercano, pero nadie lo nombra. No consta qué es «el lugar de la mano» en la cripta —reliquia, miembro conservado o disposición ritual—. No consta la mecánica de estar «sabonado», ni quién puede invocar esa ligadura. No consta qué es «la dualidad» que construye, ni qué hay del otro lado de Fiji y de la plataforma de Leo, ni qué se paga por entrar. Se afirma que «los Medici están contaminados, mal», sin que el tipo ni la causa de esa contaminación consten en parte alguna. Y sobre los «lucas» que circulan como cifra —quince un viaje a Chipre, veinticinco una gema, setenta y cinco de deuda— este cronista no puede jurar si son moneda del mundo o habla suelta de los que cuentan la historia; la única moneda de nombre indiscutido en estos registros es el florín.

Véase además: Salvestro de Medici · Savonarola · Monte Análogo · Dorotea


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.