Dite

Itinerario del descenso, tramo capital: se baja por el camino, se cruza bajo la puerta de hierro, se atraviesa la ciudad entera, y se sale río de por medio. No hay rodeo posible. El que quiera retroceder tiene que salir de la ciudad y pasar todo ese río. Dite no es una escala del camino: es el nudo que el camino no puede desatar.

La ciudad vista desde lejos

«No es una ciudad normal. Es una ciudad dibujada por muebles.» Plana en un punto, de pocos colores —unos cromáticos, rojo y azul—, a distancia se la ve «vibrar de rojez». Es la capital del Infierno, la ciudad de los círculos inferiores; en otros planos la nombran Dis, Diz o Dispater. Mide tal vez cien millas —mil seiscientas cuadras, «millas es 1,6»— y los que la comparan no dudan: es del tamaño de Buenos Aires.

Sus murallas son de triple adamantio y no pueden ser derribadas ni por dioses. El suelo está hecho de gomita y el aire huele a látex; nadie ha explicado ninguna de las dos cosas, y este cronista no va a forzarlas a una lógica que los registros no dan. Poco vuela sobre la ciudad: dragonoides, gárgolas y probablemente avilláis. De fondo, a lo lejos, se oye lo que puede ser un grito apagado — pero son puertas adentro.

Las dos bocas

Se entra de dos maneras, y las dos son bocas del mismo sistema. La ceremonial: la puerta principal, «la puerta gate iron» —puerta de hierro—, de hierro y treinta metros de altura, que abre a la calle principal y se vuelve a cerrar sola una vez que los visitantes pasaron. La discreta: un puerto de servicio sobre el río, por donde también se entra «pero con dignidad».

Los estandartes

La ciudad está dividida en barrios identificados por estandarte: el del perro agarrando una antorcha, el de la llave, el de la biblioteca, y uno oculto que es la forja. Leídos juntos, los cuatro reparten las funciones de una capital: la ciudad vigila, franquea, archiva y fabrica — y sobre ese aparato descansan sus legiones, sus catapultas y sus murallas.

Al visitante los barrios se le ofrecen para que elija dónde quedarse, sin tour previo, guiándose por el estandarte. Acá conviene pisar el freno: los itinerarios discrepan en la cuenta. Una versión habla de «cuatro grandes áreas principales»; otra, de «los tres distritos a los que nos ofrecieron». Puede que la forja oculta no se ofrezca, puede que las escuelas cuenten distinto; ninguna voz del archivo lo concilia, y las dos versiones constan.

La casa de juego

Dite es «un lugar de fortuna y de casino» donde se juega con destino, y es también la ciudad que «debe elevarse y tener puertas a tiempos y espacios». Se rige por burocracia: «más burocracia y sedes y llaves y salamandras y jerarquías». En las calles se venden cuadros de cosas que sucedieron; en la biblioteca, los libros están hechos de metal con cuñas clavadas, y muchos de sus empleados son ciegos o mal formados. En las tabernas caen desde afuera frutos prohibidos — de dónde caen y qué fruto es, el archivo no lo establece con claridad.

Hay un castillo de paredes de hierro, no de madera, levantado en tres días. Hay una arena de combates: el público mira desde las torres aledañas, adentro de la torre, mientras suenan arpas. Los espectáculos funcionan como pan y circo: mientras duran, las calles quedan desiertas.

La guarnición

Dite está bien patrullada: legiones romanas, soldados, sargentos obedecidos, comando, catapultas y cosas que parecen cañones. Está lista tanto para preparar una invasión si hace falta como para defenderse de un sitio. Con sus murallas inexpugnables incluso para dioses, la capital no es solo refugio del plano: es su base ofensiva.

El protocolo

Con los visitantes rige una regla que se nota apenas se cruza la puerta: la gente mira pero no a los ojos —«es como si alguien les dijo expresamente déjelos en paz y no los mires a los ojos»—, todos miran hacia abajo, y molestarlos acarrea castigo. Igual hay rumores. Los recién llegados son «los invitados de la reina». Entre los propios habitantes rige la costumbre inversa de la ayuda: «todos los diablos ayudan a los otros a subir». La señora observa desde su torre y suele dar dádivas a quien gana su favor, ella o su guardia.

El reloj de la ciudad

El tiempo dentro de Dite fluye de maneras muy diferentes según la proximidad a la catedral: cuanto más se acercan, menor la aceleración temporal. Esto la vuelve un accidente físico del mundo y no un mero escenario — cambiar de barrio en Dite es cambiar de reloj. Qué es la catedral, dónde está y por qué frena el tiempo a su alrededor, nadie lo ha puesto por escrito.

La salida

Río de por medio. Hay un barquito, hay un barco esperando. A dónde lleva y quién lo opera, los registros lo callan; lo que consta es que la ruta entera del descenso depende de esa travesía.

Advertencias del cronista

Que el viajero cargue estas dudas junto con el oro para el casino. No está dicho si la señora de Dite y la reina son la misma figura o dos cargos distintos; hay quien anota como probable un nombre antiguo para ella, pero ninguna voz lo declara y este cronista no lo va a firmar. No está dicho con qué se paga en el casino ni qué se apuesta exactamente cuando «se juega con destino» — y esa es, tal vez, la pregunta que más conviene hacerse antes de entrar. Del ward oculto de la forja solo consta que existe y que está oculto. De los gritos apagados detrás de las puertas cerradas, ni el dueño ni la causa. Y queda abierta la disputa de grafía: si la puerta principal se describe —puerta de hierro— o se nombra: Gateirón.

Véase además: Dis · Diz · Dispater — nombres de Dite en otros planos · la señora de Dite · la reina · la catedral · las salamandras del aparato de sedes y llaves.


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.