Chipre

Quien viaja de Occidente a la Isla del Cobre no llega: se detiene. Génova, luego Sicilia, luego diez días de barco, y al cabo el muelle — dieciséis amarras, la última piedra cristiana antes del mar que ya no es de nadie. Chipre es «el centro del Mediterráneo y del intercambio», y es también el borde: todo lo que hay más allá está tomado, incluida Jerusalén.

La isla vista desde el barco

La costa es «extraña, batida por los vientos y una tormenta». Aun en otoño el aire quema, «porque pese a que es otoño, es un viento caliente que viene de la costa». Adentro, la isla es bosque casi entero — «en este momento es la 70%» —, y al atardecer, cuando el sol cae al oeste, las sombras se alargan hacia el este, largas y con «algo rojo». Los antiguos dijeron que este es «el lugar de Afrodita», de los dioses; el viajero de hoy encontrará, en vez de templos, un puerto, una banca y una corte.

El puerto y la ciudad

El muelle alberga dieciséis barcos a la vez. Que los albergue no significa que los tenga: «16, ahora hay 8 nomás», y nadie ha dicho a dónde fueron los que faltan. Léase ahí que la seguridad de Chipre — «uno de los lugares más seguros en este momento» — es cosa reciente, y reversible.

En la ciudad hay una taberna de cuatro pisos, y hay banqueros genoveses y venecianos instalados, porque donde termina la cristiandad empieza el crédito: desde aquí se busca tender una ruta comercial hacia Tierra Santa. El intercambio es «un gran intercambio», al punto de que «algunos musulmanes vienen aquí». La ley religiosa es asimétrica y lo dice sin sonrojarse: «aquí no pueden profesar su fe no de manera libre, aunque tampoco los obligamos a convertirse». Se admite el comercio; no el culto. Las dos caras de la misma moneda de cobre.

El castillo y su rey

El castillo se recorre desde la barbacana — donde «los agujeros para asesinar o tirar aceite viendo desde arriba eran aprovechados» — hacia adentro: alcoba, barquetes, trono, y por último la sala de las maravillas, de la que solo consta que se llega cerca.

Gobierna la familia Lusignan, descendiente de los Poitiers, y su corona es doble: rey de Chipre y rey de Jerusalén, «solo que Jerusalén está tomada». Una monarquía en el exilio que reina desde su propio refugio. El monarca — «un rey un tanto irascible de mínimo y tal vez incluso enfermo», con trato con el Papa — decide en persona lo que en otras plazas deciden los usos: «Aquí solamente puede portar armas los que él considera que lo tienen». Y quien quiera negociar una expedición no tiene atajo: «En Chipre hay que hablar con el rey».

A esta corte se han retirado los últimos Caballeros Templarios y Hospitalarios. Lo que en otro tiempo fue vanguardia de Oriente es aquí retaguardia, y esta isla, su último cuartel.

Las gentes

La población es cosmopolita como su muelle: etíopes, griegos, ortodoxos, latinos, francos, germanos, y los descendientes de Logodo — pueblo del que el archivo dice el nombre y nada más.

Las aguas hacia Arwa

Arwa queda a unos 200 kilómetros, pero «de agua, de mar», y de un mar que no perdona: «Es probable que te mates ahí por la corriente». Los mismos vientos que baten la costa hacen de Chipre las dos cosas a la vez — refugio seguro y trampa. La isla protege como protegen las murallas: encerrando.

Advertencias del cronista

El que use esta carta, sepa lo que le falta. El nombre de la ciudad y del puerto principal no consta en registro alguno; el viajero desembarcará en un asentamiento sin nombre escrito. De la sala de las maravillas no se sabe qué contiene: solo que el recorrido del castillo termina cerca de ella. Sobre el nombre «Logodo» este cronista no pone la mano en el fuego: la voz que lo dictó pudo haber sido mal oída. Los ocho barcos ausentes del muelle no tienen destino ni dueño registrado. Tampoco está dicho qué fe es la que «no pueden profesar libremente» — si la ortodoxa, la musulmana, o ambas. Y queda la disputa de versiones sobre el trono mismo: unos hechos hacen del rey irascible y del rey de Jerusalén una sola persona, coronas gemelas sobre una sola cabeza enferma; otra voz habla de un «ex rey» residente en la isla, como si fueran dos. Las escuelas no se han puesto de acuerdo, y este cronista deja las dos versiones sobre la mesa. Hasta la cifra del bosque — ese 70% — llegó por boca poco clara, y como tal debe tomarse.

Véase además: Tierra Santa · Jerusalén


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