Jericó

El que marcha hacia Jerusalén no elige pasar por Jericó: la ruta lo decide por él. El camino «pasa por Jericó y llega a las alturas de Jerusalén», y así toda gesta que aspire a la Ciudad Santa debe primero atravesar a su madre — porque Jericó es «la primera ciudad, el primer lugar», y existía «antes que exista Jerusalén». Este itinerario la registra tal como se la halló en el último mes: ruina y jardín a la vez, y las dos cosas ciertas.

Las dos ciudades superpuestas

Hay una Jericó de piedra caída. «Se han caído las murallas por los efectos de antiguos conjuros», y sin embargo lo que queda derribado sigue siendo lo más viejo que se conoce en pie o en escombro: «es el muro más antiguo y viejo». De ese esqueleto sobrevive al menos una puerta — «la puerta principal de las murallas de Jericó» se levanta emitiendo luz dorada — y sobrevive el trazado: jardines, calles con nombre, bulevares por los que se entra.

Y hay una Jericó de savia reciente. En el término de un mes «creció la vida allí y se formó una especie de bosque, más de jardín de las delicias, con huertos, con olores, cantos de pájaros», con mariposas y granjas. Hay quien vio «una ciudad perfecta también», como si el lugar «hubiera crecido» solo, sin mano de albañil.

No se trata de mezcla sino de superposición: el hueso arqueológico provee las calles; la carne vegetal provee la comida. Por eso Jericó puede acoger sin que nadie construya nada — ya tiene las calles de la primera ciudad y ya tiene los frutos del último mes.

Los bulevares y el bautismo de los que llegan

Se entra a Jericó eligiendo un bulevar, y los bulevares llevan escrito lo que hicieron los que pasaron. Cuando una compañía entró, el Narrador dispuso: «elijan un bulevar y le vamos a poner el nombre de cada uno de los tuyos». Así la nomenclatura urbana quedó como acta: bulevar de la victoria, calle de los Templarios, Avenida de los Visiles —grafía dudosa que este cronista no se atreve a enmendar—, bulevar de la conquista, bulevar de la gloria, bulevar de la traición, bulevar de la condenación. Siete nombres, y entre ellos la traición y la condenación conviven con la gloria: las calles de Jericó no absuelven a nadie, registran.

El granero de la guerra

Sobre la ruina productiva descansa hoy un cálculo que no es decorativo: «acá podrían vivir los refugiados de guerra porque tenés fuerza alimentada 5.000». De mínimo, «están los lugares para los huertos preparados». En un solo mes, un montón de muros caídos se convirtió en la única capacidad alimentaria declarada de toda esta guerra. El que planifique el destino de los desplazados anote esto: si Jericó deja de alimentar, no hay dónde ponerlos.

Hoy la ciudad está vacía de población estable. Lo que ofrece es capacidad ociosa: huertos listos, granjas, calles nombradas esperando pies.

Lo que corre por debajo

Bajo la traza corren los acueductos de la primera ciudad, vía de ingreso alternativa para quien no quiera bulevares. Están señalizados: allí se encontró «algún tipo de trampa, o por lo menos una advertencia», con cartel. El viajero prudente lee el cartel dos veces y baja una sola, o ninguna.

El sitio y sus coordenadas

Una sola Jericó hay, punto fijo del mapa de Tierra Santa: en el borde del río Jordán, más cerca del río que de Jerusalén, a unos kilómetros de ésta, en sus afueras — y antes que ella en el tiempo. Es además lugar de prueba para lo que no tiene lugar: allí se fue a ver si podía invocarse la torre evanescente.

Advertencias del cronista

Mucho quedó sin establecer, y este itinerario prefiere confesarlo a rellenarlo. Nadie ha vinculado la caída de las murallas «por los efectos de antiguos conjuros» con el rebrote del último mes, ni nombrado al agente de uno u otro prodigio: que crecieran juntos en el registro no prueba que crecieran de la misma mano. No consta que los refugiados ya vivan allí: solo que «podrían». No se sabe qué nombra la Avenida de los Visiles, ni qué dice exactamente el cartel de los acueductos, ni si «la ciudad perfecta» es un barrio de Jericó, la ciudad entera o un lugar contiguo al bosque. La puerta de luz dorada se levanta — ¿sola, o alguien la abre? ¿y qué anuncia esa luz? Y queda abierta la cuestión de la torre evanescente: si Jericó es su sitio propio o apenas un lugar donde se probó llamarla. El archivo calla; el cronista también.

Véase además: Jerusalén · Tierra Santa · Torre evanescente · Templarios


▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.