Tierra

Una sola palabra, y el mapa se rompe en cuatro. El cartógrafo que reciba el encargo de dibujar «Tierra» debe preguntar primero cuál de ellas: el planeta que fue origen de ciertos compañeros y es contraparte de Antiterra; la Tierra que es persona y escucha; la región que las religiones del libro llaman Tierra Santa; y la tierra a secas, la material, la que llena los compartimentos y la que puede ser sagrada. Este cronista, que ha visto perderse expediciones por confundir la segunda con la tercera, las consigna por separado y advierte donde el archivo calla.

Tierra Santa: el mosaico de feudos

Hacia el año 1300, quien llega ve «un mosaico de feudos»: tierra repartida entre «tanta gente» y trabajada por «la ira desconfianza». Una parte está en manos cruzadas, y los compañeros se paran «en el borde del lado de los cruzados». Hay ciudad y hay campo alrededor —«tienen toda la ciudad y toda la Tierra Santa»— y sus poblaciones reconstruyen sus vidas después de dos siglos de guerra.

No es un país: es una frontera. Un territorio cruzado fundado hace unos veinte años, asentado encima de doscientos años de guerra continua, con un flanco oriental donde esperan los mamelucos —«los turcos mongoles, los turcos chinos»— y un solo cuello que la une a Europa: el condado de Edesa. La aritmética del lugar es brutal y simple: si Edesa cae, «quedamos aislados en Tierra Santa». Génova figura como puerto de partida hacia allí, y de Génova salió la expedición de mujeres armadas que va a buscar a los niños perdidos hace ochenta años.

Dentro del mosaico está Jerusalén, la plaza que nombra el objetivo de todos, aunque nadie lo diga sin ironía: «¿Vos pensás que vamos a conquistar Jerusalén?».

Por qué se pelea por ella

Porque es «lo sagrado, es aquello que le dio importancia a miles, a millones de personas», y es «Tierra Santa para las grandes religiones del libro». Eso la vuelve destino triple: de peregrinaje, de conquista y de reconquista, las tres cosas por el mismo camino. Ahí convergen las órdenes de caballería, la línea de frente contra el este, y las invocaciones involuntarias de Dante, que «están contaminando la política» de la figura llamada Federica.

Las condiciones del espacio octavo

Las expediciones hacia Tierra Santa no viajan libres. Una autoridad superior, llamada en el archivo «el espacio octavo», impone las condiciones: que «no se pueda establecer ningún puerto permanente y ninguna empresa comercial pueda acompañarlo». Se puede ir a pelear y a rezar; no a instalar comercio. Esa cláusula explica la arquitectura entera del lugar: mantiene la región como territorio de guerra santa y no como colonia, mientras el peregrinaje y la campaña militar comparten camino y las poblaciones reconstruyen entre ambos. Qué es exactamente el espacio octavo, y de qué potestad deriva su derecho a prohibir puertos, el archivo no lo declara.

El planeta tutelado

Del planeta Tierra —el mundo de origen, la contraparte de Antiterra— el archivo no da paisaje: ni aspecto, ni tamaño, ni cómo se llega. Da, en cambio, su condición: es un mecanismo, algo de lo que se puede «averiguar cómo funciona», y vive bajo restricción análoga a la de su región santa: «este planeta no tiene permiso todavía para tener naves propias». Un mundo tutelado, subordinado a poderes que no son de su plano.

Y está atado a Antiterra por un lugar que el archivo llama Tierra Apocalipsis, involucrado «para crear esa fusión» entre ambos mundos: un evento de escala cosmológica del que no se conserva ni una descripción. Un pasaje sitúa la Tierra «a un kilómetro» — medida exacta, marco de referencia perdido. Un kilómetro ¿desde dónde? El cronista lo transcribe como lo halló: una cifra flotando sin orilla.

La tierra que escucha

Hay una tercera Tierra que no se pisa ni se conquista: la persona. «No es reconocer la tierra entonces como un conjunto de hechos físicos sino una persona, un hecho esencialmente psíquico que no tiene lugar.» A esa Tierra no se la explota: se la escucha, porque «la tierra sabe de lo que estoy diciendo». De ahí sale la norma moral que atraviesa todo lo demás: «hay que enfrentar a quienes quieren destruir esta tierra, destruir este hogar». Si la tierra es sujeto y no cosa, todo daño al territorio es daño a alguien. Si esto es doctrina establecida del mundo o credo de una sola voz, el registro no lo distingue — y el cronista prefiere anotarlo como plegaria antes que como ley.

La tierra sagrada, por su parte, opera por apertura, y se dice como bendición: «tierra sagradas se te abran hacia ti».

La tierra bajo las camas

Queda la tierra material, la más humilde y la más extraña. Bajo las camas hay compartimentos subterráneos, y lo que tienen adentro no es escondrijo ni tesoro: «no, es tierra». Tierra guardada como quien guarda otra cosa. Para qué, el archivo no lo dice.

La Tierra de los Siete Ríos

Otra región lleva la palabra: la Tierra de los Siete Ríos, donde se alza Jóuterien. Quien viaja hacia ella llega a los Siete Ríos y a «distintas clases de montaña», y encuentra «un lugar bastante civilizado». El archivo la describe por relieve y nada más, como esas ciudades que se cuentan al emperador enumerando lo que el camino ofrece antes que lo que la muralla encierra.

Advertencias del cronista

Tres nudos que este escriba no va a cortar. Primero, quién domina Tierra Santa: una voz dice que está «tomado más que nada por los moros»; otra, que «fue conquistada por el infierno»; otra muestra el mosaico de feudos cruzados en cuyo borde se paran los compañeros. Pueden ser capas de un mismo hecho —un dominio infernal detrás del dominio moro—, etapas sucesivas, o versiones de escuelas rivales: el archivo no arbitra. Segundo, el tiempo: un territorio cruzado fundado «hace como mucho veinte años» sobre «200 años de guerra que hubo acá»; falta la línea que concilie ambas cifras. Tercero, el origen: cuando los compañeros dicen «venimos de la Tierra», en el contexto de la búsqueda de la Atlántida, ¿hablan del planeta o de una región? Suena a origen distinto del mundo local, pero suena no es consta. Añádase que la relación entre la Tierra Santa terrestre y el planeta tutelado no puede inferirse del material, y que sobre la restricción planetaria pende una duda de oído que se remite al registro. El viajero prudente pregunte dos veces; el cartógrafo prudente deje los bordes en blanco.

Véase además: Antiterra · Jerusalén · Dante · Jóuterien


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.