Jacques de Molay

De los hombres que este cronista ha debido asentar en el registro, ninguno obliga tanto a escribir con las dos manos: con una, el jefe de armas; con la otra, la materia de un rito. Porque Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Templo, «el jefe de la Orden de los Templarios, el máximo comandante de ellos», es a la vez la cúspide de una cruzada y el cuello donde otra fe espera apoyar el filo. Y sobre ese cuello no hay una cabeza: hay dos.

El Gran Maestre en armas

Su Orden tiene sede en Chipre; él en persona no está allí. «Este señor Jacques de Molay está en Damasco y se ha cantonado y tiene tropas» — y una segunda voz, más escueta, lo confirma: «Molai está en Damasco». En Damasco, pues, se fija el peso de la cruzada. Bajo su mando marchan aproximadamente diez mil hombres, cuerpo mezclado como lo son los ejércitos verdaderos: «un par de cruzados, un par de chiquillos y demás», más «tropas de tártaros». Actúa como brazo del rey en la expedición, y el destino declarado es Jerusalén.

En el campamento no hace falta verle el rostro para saber dónde está: basta el estandarte del lugar donde acampa la comitiva del Estado Mayor, que se levanta cuando termina la reunión de Estados Mayores y las tropas empiezan a partir. Entonces se lo ve salir, «no solo con 20 templarios, con sus generales».

La liturgia que viaja con las tropas

Su autoridad es doble, militar y sacramental, y en este mundo ambas caben en el mismo hombre. Hay una fortaleza templaria con «una iglesia fastuosa» desde la que parten refuerzos hacia la isla de Arwa; allí un «señor Jacques» conduce la ordenación de los que se suman a la gesta, y celebra misa para los que parten. Que ese señor Jacques sea el mismo Gran Maestre, las voces del archivo no lo establecen — pero el cuadro es coherente consigo mismo: en esta cruzada el ejército necesita su liturgia adosada, y la conduce quien manda.

Las dos cabezas

Aquí el registro abandona al soldado y entra en el misterio. «Jacques de Molay tiene dos cabezas, y la falsa debe atraer a la verdadera, sin ser descubierta.» La verdadera se describe en relación a un asiento —«cuando está sobre sus hombros y viva»— y a un trono del que debe ser «separada». La falsa existe como señuelo, y su condición operativa es una sola: no ser descubierta.

Las dos cabezas quieren, y quieren jerárquicamente. La verdadera, viva y sobre los hombros, «desea conquistar Jerusalén». La falsa «también desea conquistar Jerusalén, pero para otros fines, y no es su objetivo primordial». Que un mismo cuerpo albergue dos voluntades sobre la misma ciudad, con fines distintos, es quizá la definición más exacta de este hombre que el archivo permite.

La regla ritual tiene fórmula, y la fórmula es explícita: «Para que nuestro culto se establezca, la verdadera cabeza debe ser separada de su trono»; y también: «la cabeza verdadera debe ser separada, y la falsa no debe haber» — aunque en otras voces la cláusula final se oye como «no debe arder», y este cronista, que ha visto cambiar el destino de reinos por una sílaba, se niega a decidir entre las dos. El culto que espera esa decapitación es el de Baphomet. De modo que la teología de Antiterra tiene un cuello concreto: el mismo cuerpo que dirige la cruzada es la materia prima del rito que la traiciona.

Traidor por dos bocas

De ahí, acaso, la doble acusación. Los emisarios de Nur al-Din lo declaran «un traidor de su causa» — traidor, nótese, de la propia. Y en boca de otros es «un terrible traidor y un pactador con demonios». Dos juicios enemigos entre sí que convergen en la misma palabra. Los términos del pacto, si lo hubo, no constan; pero un hombre con dos cabezas que desean lo mismo para fines distintos lleva la traición inscrita en la anatomía.

Muerte y eternidad: las dos escuelas

El archivo afirma su muerte: hay hechos que se fechan «Tras la muerte de Jacques de Molay», señal de que el mundo se divide en un antes y un después de él. Y el archivo afirma, en paralelo, que en un París de Antiterra vinculado a Notre-Dame «vivió eternamente por haber llevado a Baphometo a la gloria»: fue el último templario digno. Las dos escuelas no se han reconciliado, y este cronista no las forzará: puede que la vida eterna siga a la decapitación como el culto sigue al rito; puede que sea doctrina de los adoradores y no hecho del mundo. Queda además, colgando de ese París, una fórmula que el tiempo corrompió —«Ponente a Notre-Dame»— cuyo sentido nadie ha restituido.

De los otros Jacques

Que el lector no confunda linajes. Jacques Sautot, ligado a la balanza dodecagónica y a los Libertadurs, es tenido por nombre garbleado de un plan ajeno, no por este Jacques. Y Jacques el mayordomo es otro hombre por completo: «un muchacho de pelo azul y cabellos extraños, una especie de medio barro azul, inteligente hechicero visiro» — visorrey, probable vizir. Tres Jacques, y solo uno con dos cabezas.

Advertencias de Paulus

Confieso lo que el registro no da. Del rostro de este hombre, nada; de su edad, su estatura, su armadura, su hábito, nada: todo lo corporal que consta es la anomalía capital. No sé cómo se distingue la cabeza falsa de la verdadera, ni qué significa que la una «atraiga» a la otra — si es mecanismo del espacio, de la magia o de la corte. No sé si el trono del que debe separarse la cabeza verdadera es un asiento real, el cuerpo mismo, o el cargo de Gran Maestre; la diferencia decide si el rito pide un verdugo o una abdicación. Y entre la sede de Chipre, el acantonamiento de Damasco y la fortaleza que abastece Arwa, el archivo da tres puntos sin la línea que los une: el que quiera trazar el mapa de la Orden, que sepa que camina sobre conjetura.

Véase además: Damasco · Jerusalén


CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.