Tiamat
Este nombre vive en 2 mundos del archivo. Las versiones no se funden: sus diferencias son canon, y leerlas enfrentadas es la mitad de lo que el nombre significa.
En ANTITERRA
«Diablo y dragón, demonio y creadora, ser demonio primigenio.» — así la fija el archivo, sin decidir por cuál de los cuatro nombres empezar
De todas las potencias del multiverso, ninguna acumula tantos títulos ni tantos estados como la de cinco cabezas. Los babilonios, «muy antiguos en mi tierra», adoraban «a la serpiente creadora aquí, la Diabla»; los que le sirven la invocan como Takishi o Takishis, la Artemisa Negra, «la señora de la noche», «la reina de la oscuridad», «la reina oscura». Este cronista, que ha aprendido a desconfiar de las entidades con un solo nombre y más aún de las que tienen diez, advierte desde el principio: es una sola. Una entidad, muchas máscaras, y bajo todas ellas la misma pregunta —quién posee el destino y quién posee a los dragones.
De sus formas
Cinco cabezas de dragón: eso es lo que el archivo se atreve a describir de la forma primigenia, y nada más —ni tamaño, ni color de escama, ni voz. Cuando quiere andar entre los mortales se manifiesta por avatar, y el avatar desconcierta a los exégetas: una «mujer dragón buena, gobernando» ciudades, forma benévola y política, exactamente opuesta al epíteto infernal. Su alma tiene soporte material: «su alma en una gema la primera vez» —fórmula que obliga a preguntar, en voz baja, si hubo una segunda.
De sus obras
Tres veces creadora, tres veces dueña. Creó a los dragones, y no los tuvo como hijos libres: «Tiamat esclavizó a los dragones», y por eso los dragones son objeto de pacto para terceros, que tratan «con algunos de ellos, pero para volver a liberarlos». Creó, en sociedad con un archiduque —«uno de estos titanes»—, la raza de los abishai: blanco, azul, rojo y verde, y no todas las variantes vuelan; esa estirpe busca en el infierno «al que va a dar a luz a un hijo varón destinado a regir todas las naciones con centro de hierro». Y como pieza del orden cósmico, suyo es el acto que quedó en imagen: «cuando colgó las tablillas del destino». Las Tablillas cuelgan porque ella las colgó; «las tablas de destino de Tiamat» siguen bajo su control.
Después de que ella hiciera a los dragones, una deidad —el propio orador confiesa «no me acuerdo quién»— creó al hombre «para matar a los dragones y a los monstruos». El hombre, en esta exégesis, es la respuesta; Tiamat es la pregunta.
De su caída y su cárcel
Fue guardiana de Avernus, y fue echada. Fue juzgada: «en la condena de Tiamat, que podía haber sido muy culpable, hubo una situación cósmica» —fórmula jurídica que absuelve y condena en la misma frase, y que este cronista transcribe sin pretender entenderla del todo. Tras su expulsión y muerte, Barbatos entró en Avernus. Bajo su dominio como reina oscura «se inició el drenaje de los mundos», y la magia dual del mundo se explica por «la muerte de una diosa de Tiamat».
En el infierno ocupa una caverna cuya única entrada es un macho dragón: «el consorte blanco, el que ella tenía predilecto». Repárese en la arquitectura: el amante predilecto es la puerta. El acceso a la diosa pasa por su vida amorosa, y quien quiera llegar a ella tendrá que vérselas primero con lo que ella más quiere.
Del procedimiento de su muerte
A una primigenia no se la mata donde se la encuentra: se la traslada. El rito prescribe llevarla «a morir en el plano astral» para «que se vuelva piedra». Y sobre su captura está redactado, literalmente, el destino del mundo primario: la alianza con las entidades del Plano Astral se sostiene o cae según se la capture —si se la captura, se crea un mundo nuevo; si no, Tiamat entra al mundo primario. Pocas veces el archivo formula con tanta crudeza que una diosa es una bisagra: cuando ella cambia de estado, cambia lo que es posible en el resto del sistema.
Advertencias de Paulus
Tres versiones de su estado conviven en las voces del archivo, y las tres se dicen con la misma seguridad: que «supuestamente no existe, fue devastada, fue destruida»; que «estaba encerrada y no podía salir» por sus propios medios, tras la puerta que es su consorte; y que «salió Tiamat, hubo huevos» en Jerusalén. ¿Estados sucesivos del mismo ser, o escuelas que no se hablan entre sí? Este cronista, que ha visto morir imperios por menos, no ordena lo que las fuentes no ordenaron. Tampoco sabe cuántos huevos, de qué, ni quién los custodia.
Queda dicho que manda «un ejército de Tiamat, de Takishis, la diosa». Queda dicho, y marcado como duda, que es «la reina de Aragón» —si ese Aragón es tierra de Antiterra o un eco de otro mapa, el archivo no lo establece. Queda una voz suelta, «Tu Dios asesinó a mi marido hace tiempo», que no se puede atribuir con certeza: no se sabe si habla ella, ni quién es ese marido, ni cómo se concilia con el consorte blanco. De la gema no se sabe dónde está ni quién la tiene. Del avatar, no se sabe qué ciudades gobierna la mujer dragón buena, ni si sigue gobernando mientras su dueña está muerta, encerrada, o poniendo huevos en Jerusalén. Del archiduque coautor de los abishai no hay nombre; del drenaje de los mundos, solo que ella lo inició. Los dioses de un solo dogma se refutan; los de muchos huecos, sobreviven. Tiamat sobrevive.
En VALA
Levante el lector la vista en una noche clara de Vala y cuente lo que falta: entre las constelaciones —el carnero y las demás bestias clavadas en lo alto— hay un hueco. Falta «la constelación de Aragón, la de Tiamat». No es creencia: es un dato observable. «Su constelación no existe más», y esa sustracción es la marca en el cielo de la muerte más grande que registran los archivos: la de la Diosa Dragona del caos primigenio, «Señora de dragones», «la madre de la sal», vencida en la cosmogonía y despedazada para hacer con su cuerpo el mundo.
La despedazada
«Tiamat con los cinco colores, las cinco caras»: dragona de cinco cabezas, potencia de las aguas saladas —de ahí su título de madre de la sal—, nombrada a la vez como dragón rojo y como la de los cinco colores. Pero su figura entera no está en ninguna parte, porque el mundo es sus pedazos. Toda materia de Vala es despojo divino, y por eso el despojo puede jurarse: «evitaré que el cuerpo de Tiamat sea mal utilizado». De ella se extrae o se invoca, además, una «esencia de Tiamat» — sustancia cuya naturaleza exacta las voces del archivo no fijan.
Pertenece a la época antigua, la de Toth, y se la nombra junto a Bemot entre las potencias del caos primigenio. En el panteón de Ardis Vala figura entre los tres dioses babilónicos de la creación, y «Tiamat fue la primera».
El cielo como derrota
El firmamento de Vala es, literalmente, un ejército derrotado puesto a la vista. Los monstruos que Tiamat invocó fueron vencidos y «exiliados a los cielos», y ahí forman las constelaciones — incluida la que hoy rige, el carnero. En ese mismo cielo, la propia figura de la diosa falta. «Hay una ausencia de Tiamat»: el cielo registra su muerte por sustracción, y hay quienes leen esa falta como agravio pendiente — la conjetura de que algo, en algún lado, busca venganza.
Kingu y las Tablillas
Antes de ser vencida, Tiamat colocó las Tablillas del Destino en su amante Kingu, «el aliado de destrucción», portador de su poder. Por Kingu, el poder de la diosa se prolonga fuera de ella: lo que no quedó en la materia del mundo quedó en él.
La ira y su causa
La exégesis insiste en un punto que el vulgo olvida: Tiamat «no era malvada». La malevolencia fue «la percepción de Tiamat» en este mundo, no su naturaleza. Su cólera tiene causa moral declarada: «es una diosa que se enoja mucho con los hombres», con los hombres «que se han jodido la vida» y que «mataron a su marido».
Pero aquí las escuelas discrepan, y este cronista no arbitra. Una versión sostiene que los hombres mataron al marido de la diosa, y que ese es el crimen primordial que encendió su ira. Otra sostiene lo contrario: que fue ella quien se vengó matando a su esposo Absu. Dos exégesis del mismo cadáver, sin conciliación posible en los registros. Ni siquiera la grafía del nombre del esposo está fijada.
La profecía del retorno
Su regreso no sería una batalla: sería la cancelación del mundo. La profecía se repite en los mismos términos cada vez que alguien la pronuncia: «Si aparece Tiamat, se destruye todo. El mundo se va a destruir. Hasta el último objeto mágico. Todo destruido». Ni ejércitos, ni héroes, ni resto. Y la constelación ausente funciona como reloj de esa amenaza: mientras el hueco siga siendo hueco, la diosa sigue vencida.
El culto de los restos
Lo que queda de Tiamat es un sistema de restos: cuerpo, cielo, séquito y culto, atados por una sola necesidad — mantener vencida a una diosa cuyo retorno anula el mundo.
Los ritos de Año Nuevo cierran el circuito repitiendo la victoria: en ellos se vencen «los malevos de Tiamat». Y en el coliseo, la memoria de la diosa tomó escala humana: hay «unos campeones locales que son las cabezas de Tiamat. Son cinco» — cinco, como sus cabezas, sus colores y sus caras. Si son un culto, una imitación ritual o criaturas efectivamente ligadas a ella, nadie lo ha establecido.
En las runas antiguas se menciona, además, una deidad dracónida de otra edad — mención que los estudiosos vinculan a ella, aunque el trazo es dudoso.
Advertencias del cronista
Este cronista deja anotado lo que el archivo no resuelve. Primero, el género de la deidad: las mismas voces que dicen «la diosa Dragona» y «Señora de dragones» dicen también que «es el señor de los monstruos» y que «Tiamat fue vencido»; hay escuelas para ambas letras, y ninguna ha prevalecido. Segundo, el vencedor: se repite que «fue vencida en su momento» y que con su cuerpo «hicieron el mundo», pero nadie nombra la mano que la despedazó ni el procedimiento. Tercero, «los malevos de Tiamat»: si son sus monstruos, sus aspectos, o una pluralidad de la propia diosa, el rito no lo aclara. Cuarto, el cuerpo mismo: si «el cuerpo de Tiamat» es hoy el mundo entero, un resto localizable, o la esencia obtenible que llaman madre de la sal, no se especifica — ni qué constituye su «mal uso», ni quién lo vigila. Y quinto, la desaparición de la constelación: se registra que «vieron que desaparecía», pero no cuándo, ni quién miraba, ni si el cielo se vació en el momento exacto de su muerte. Quede todo esto como pregunta abierta, que es la forma honesta del hueco.
Véase además: Barbatos · Jerusalén · Ardis Vala — panteón de los tres dioses babilónicos de la creación, donde Tiamat es la primera.
▣ CITADO — entrada trazable al archivo: cada afirmación proviene de un registro con referencia. Donde el archivo calla, la entrada lo declara — LAGUNA — en lugar de completarlo.